Relecturas al Amanecer
Había dicho que haría unas variaciones al poemario “Cántico al Amanecer”, de Cecilia Pablos, pero sería más conveniente denominarlas relecturas, para ser congruente con mi intrepidez y no desvirtuar la exquisitez de su poesía mística.
Pregunto a Dios: ¿Sabes Tú que es imposible no amarte? ¿Sabes que cuando ruedas hacia mí náufrago de tu sangre yo me revuelvo en aridez remota? La duda tiene alma y es mejor ponerse la armadura del silencio para no añorar aquello que por tener hacía falta. Sin embargo, qué profunda elegía habrá de acometernos cuando todo calle.
En esta contienda de amar y desarmar, aguardo a que se termine de cocer este barro. ¿Cuándo acercarse a la llama ha sido amor para salir ileso?
Las grandes cosas tienen su propio velo, su veladura grande, su altar de filigrana donde escupen los hombres su moral ecléctica.
En esta ciudad se intercambian consignas en un miserere ausente. ¿Cómo aprehender del alma su deleite si no es Contigo, dentro?
Veo la apología del desnudo triste en el tórax cobrizo de una niña, y descubro una gota de miel, hilo de seda frágil del Dios que está conmigo, señorío tan quieto al parecer sin nadie, al mismo tiempo en todo lo que asombra.
La función de los ángeles es cuidarnos, la nuestra, descuidarnos. Empero, aún así, nos permiten subir al columpio de su risa.
Hay sudores limpios, así como un sudor de alcurnia, que brota de las aguas de un Jordán profético, y un llanto anónimo, sin Dios ni tiempo.
Mis ojos aún sonríen, ¿ves? Sonríen, Tú abres invenciones extremas, abres en mí lo perfectible, algo de más allá para incendiar lo triste en el pedal imaginario, y en este ver y no saberte, estropeo tus líneas con mis actos.
¿Canto mi amanecer?