Rocha Moya, apenas el principio
Tras la entrega ante las autoridades norteamericanas de dos de los acusados en el caso Rocha Moya y el congelamiento de cuentas bancarias de algunos de los implicados, la obsesiva solicitud de pruebas por parte de la Presidenta tendrá que dejarle el paso a una nueva narrativa.
Por lo pronto, el sábado embistió contra quienes desde el exterior le quieren robar la transformación a los mexicanos y señaló que ni en su partido ni en su gobierno cabe la delincuencia.
Todo parece indicar que no habrá ningún cambio en la estrategia: se insistirá en negar el problema -el involucramiento creciente de la delincuencia organizada en la política-, no se reconocerá que el fentanilo es un agravio para Estados Unidos y se tratará de seguir capeando el temporal con retórica.
Y ahí tampoco hay buenas noticias. Si la concentración de Chihuahua pretendió medir cuál es el soporte callejero de la retórica presidencial, las cosas no pintan bien para el oficialismo. Acaso es también una llamada de atención de que el acarreo como método de acercamiento al humor social tiene límites.
Lo preocupante de darle la espalda a las evidencias e insistir en el negacionismo es que confirma que cualquier solución vendrá de fuera, con todo el descontrol que ello implica. Desde hace días es evidente que el ritmo de la agenda ya no se marca en Palacio Nacional y, además, nuestros vecinos insisten en alertar que esto es sólo el principio.
Y en lugar de buscar un entendimiento, se reitera la protección para quienes han sido señalados. El tamaño de la manta parece que ya no alcanza para arropar a todos y el escenario de la colaboración con la justicia norteamericana es un incentivo para más de uno. Pero aquí se ha optado por vivir al filo del escándalo y seguramente habrá muchos personajes que viven con los nervios de punta. No es el escenario más estable para solucionar las cosas.
En fin, renunciar a encontrar puntos de encuentro con la justicia norteamericana e insistir en negar que en México sí tenemos un grave problema en el enraizamiento de la delincuencia organizada en la vida pública es precipitar una crisis que puede ser tan desordenada como acelerada.
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El autor es consultor internacional en materia electoral.