¿Sabotea el crimen eventos en Sinaloa?
Culiacán y Mazatlán: teoría del complot

Alejandro Sicairos
21 enero 2026

Coincidencias o acciones planeadas, llaman la atención los hechos de violencia en Culiacán y Mazatlán con apariencia de respuestas premeditadas a eventos o acciones de Gobierno, que si no lo son dan para echar a rodar miedos y sospechas en redes y medios de información, o en caso de tratarse de sabotajes exponen la necesidad de prevenir con mayores medidas de seguridad en torno a tales actividades oficiales.

Siempre ha sido práctica repetitiva, mitad consternación y mitad suspicacia, que a crímenes de fuerte impacto le sobrevenga la búsqueda de explicaciones que únicamente existen en supuestas conspiraciones contra los poderes legítimos o fácticos. En todo caso lo interesante sería que en la mayoría de tales presunciones de complots los sinaloenses han tenido razón.

En tal coyuntura de duda, dos sucesos de nota roja registrados en menos de 72 horas, y perpetrados en la víspera de acontecimientos de interés social, tendrían que ser revisados con acucioso esmero: uno es el asesinato a golpes de un capitán de la Guardia Nacional, en Mazatlán, en el contexto donde el General Guillermo Briseño Lobera es llamado a asumir el mando de la corporación en el País. Lo otro tiene que ver con el asesinato de un hombre y las heridas causadas a una mujer en el centro de la ciudad capital, al amanecer del día en que se realizó el Maratón Internacional de Culiacán.

El reconcomio generalizado que busca hallarle motivaciones, móviles pues, al doloroso saldo de la llamada narcoguerra, aquella que inicio con la ruptura en el Cártel de Sinaloa y continúa con altibajos y códigos indescifrables, opera para lanzar al aire eventuales escenarios que según determine la realidad son como inofensivas burbujas de jabón de corta y larga duración, al igual que terminan siendo bombas de tiempo que cimbran al tejido social.

Desde que un grupo de sicarios atacó en noviembre de 2024 la zona de taquillas de la Feria Ganadera de Culiacán, con la clara intención de evitar que se realizara la exposición pecuaria, objetivo que logró, quedó en el imaginario colectivo la percepción de que el choque entre narcos incide en permitir o boicotear actividades de disfrute popular que de realizarse darían la impresión de que Sinaloa está en paz.

Sin embargo, en el caso del capitán de la Guardia Nacional ultimado el 15 de enero en el estacionamiento de un complejo turístico de la Zona Dorada de Mazatlán, tendría que haber un ingrediente de tipo político para vincular el homicidio con el ascenso de quien había desempeñado desde octubre de 2024 la Comandancia de la Tercera Región Militar con jurisdicción en Sinaloa y Durango. De existir algún mensaje de contexto ¿éste sería para la Secretaría de la Defensa Nacional o para la Guardia Nacional?

La agresión letal contra el joven Fernando Alan que aconteció en la madrugada del 18 de enero en el cruce de la calle Mariano Escobedo con la avenida Vicente Guerrero, que es parte del centro citadino, sí invade el cinturón de seguridad que debió establecerse en torno al Maratón Internacional de Culiacán, ¿pero es de descartarse que pretendiera el ataque directo a más de 3 mil participantes que lograron competir pacíficamente por los premios y pódiums, así como al público que asistió a presenciar la justa deportiva?

No obstante, sí hace falta la investigación exhaustiva y la información proporcionada en tiempo real que le permita a la gente adoptar medidas conforme a las condiciones de seguridad que prevalecen. La corriente de opinión pública que elucubra el reto sistemático al Estado detrás de cada hecho de sangre adquiere sustento en la sicosis cotidiana que quita el sueño y decanta la fe en las instituciones y estrategias de protección ciudadana.

Lo más posible es que la muerte del elemento de la GN que sucedió en Mazatlán y el lamentable ataque bestial contra la pareja en Culiacán encuadren en el parte diario del salvajismo que acecha sin distingos a todos y a todo, así haya o no agendas de eventos masivos o movimientos de piezas trascendentales en el ajedrez nacional y estatal de la seguridad pública.

Y a nadie se le culpe por inducir en la conversación pública presunciones que disparatadas o no provienen de vivencias en que predominan las intrigas y tramas que tarde o temprano el pueblo sabio desentraña. Será mejor, siempre, ser huraños que caer en excesos de confianza.

Reverso

Y también Sinaloa sospecha,

respecto a otra maquinación:

el crimen a todos nos acecha,

porque siempre halla la ocasión.

Dos veces víctimas

Por cierto la sociedad sinaloense exige el esclarecimiento total de las circunstancias que le quitaron la vida a Fernando Alan, estudiante de Derecho y persona totalmente ajena a círculos delincuenciales, lo cual apremia a las instituciones de seguridad pública y procuración de justicia a que abandonen la cómoda práctica de etiquetar como facinerosos a aquellos que son víctimas colaterales en el infierno por la violencia que es Sinaloa. Es el colmo que aparte de vivir las dolorosas pérdidas, las familias tengan que pasar por el suplicio de aclarar que se trata de personas de bien las que al estar en el momento y lugar equivocados se agregan a la estadísticas de inocentes inmolados. No la amuelen.