Salvamos a la tortuga en la playa, pero la amenaza está en el mar
En 1947, Andrés Herrera filmó desde una avioneta una arribada masiva de 40 mil tortugas lora en un espacio de tan solo 1.5 kilómetros de playa. Ese registro marcó el inicio de un cambio en la política pública binacional entre México y Estados Unidos en materia de protección que, sin embargo, casi 80 años después, tiene a esta especie en peligro de extinción debido a la contaminación por derrames de petróleo, la pesca incidental y los efectos del cambio climático: de miles de hembras se pasó en apenas 30 años a 374, según el reporte del Programa de Acción para la Conservación de la Especie de la CONANP.
En vísperas de los 60 años del establecimiento del primer campamento tortuguero en el principal sitio de anidación de la tortuga lora en el mundo, ubicado en esa playa que dio lugar al Programa de Manejo del Santuario de Rancho Nuevo, en Tamaulipas (y que hoy conocemos como Programa Nacional de Conservación de Tortugas Marinas), es importante recuperar el papel que juegan las tortugas para sostener el océano.
Como señala Oceana en el reporte Why Healthy Oceans Need Sea Turtles: The Importance of Sea Turtles to Marine Ecosystems, las grandes disminuciones de sus poblaciones ocurrieron hace siglos y con ellas perdimos de vista algunas de las funciones ecológicas que estas especies desempeñaban. Aun así, incluso con poblaciones muy reducidas, siguen cumpliendo un papel vital en los ecosistemas oceánicos de nuestros días.
Las tortugas marinas conectan el mar con la tierra no solo en su desplazamiento: sus huevos aportan una fuente concentrada de nutrientes de alta calidad que sostiene la vegetación, la distribución de las especies y la estabilidad de las costas arenosas. Mar adentro mantienen sanos los pastos marinos y controlan la proliferación de esponjas y medusas. Son ingenieras ecológicas, con beneficios específicos según la especie. En ese sentido, México es fundamental en su conservación.
Seis de las siete especies que existen en el mundo llegan a desovar en las costas mexicanas, en ambos litorales. Entre esas seis está la lora, la más pequeña de todas las tortugas marinas y una de las que enfrentan mayor riesgo de extinción. Al anidar únicamente en el Golfo de México, su rango de distribución es muy limitado: de acuerdo con el Programa de Manejo del Santuario Playa Rancho Nuevo, alrededor del 90 % de la anidación mundial de la especie ocurre en esa playa.
Esa playa, sin embargo, operó casi cuatro décadas sin un instrumento que ordenara su manejo. El programa citado se publicó apenas el 31 de julio de 2024 en el Diario Oficial de la Federación y, de acuerdo con la Semarnat, es el primero elaborado para un santuario de anidación de tortugas marinas en el país: 38 años después del decreto que identificó 17 playas prioritarias, apenas una de ellas cuenta con reglas claras de operación.
Con la publicación de este documento no solo se reconoce el trabajo, el tiempo y la experiencia de innumerables personas que a lo largo de casi seis décadas han dedicado su vida a proteger esta especie; también queda claro que aún hay mucho por hacer. Un programa de manejo ordena lo que ocurre en la playa, pero la tortuga lora pasa casi toda su vida en el mar. Ahí, frente a Rancho Nuevo, no hay instrumento equivalente que la proteja de la contaminación por derrames de petróleo, la pesca incidental o los efectos del cambio climático.
Y esas amenazas no son hipotéticas. El derrame ocurrido en febrero de este año en el Golfo de México lo demostró: Pemex reconoció su responsabilidad meses después y, a la fecha, las autoridades siguen sin informar el volumen derramado. Sin ese dato es imposible dimensionar el daño, planificar la remediación o determinar las compensaciones que corresponden.
La anidación de la lora pasó de unos cuantos cientos de nidos en los años 1980 a cerca de 12 mil por temporada. Ese avance es real, pero frágil: lo que se recuperó en 60 años sigue dependiendo de una sola playa y de un solo mar. Por eso ningún episodio como el derrame puede tomarse a la ligera.
El pasado y el futuro de nuestros océanos están entrelazados, y en ese escenario las tortugas marinas son actores fundamentales. No son un adorno: sostienen el océano y sostenerlas exige que la protección deje de detenerse en la línea de playa.
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La autora es Claudia Carrillo, especialista en comunicación sénior de Oceana en México.