Serrat en México

Juan Villoro
20 mayo 2022

Joan Manuel Serrat concluye su trayectoria con la gira El vicio de cantar: 1965-2022, y refrenda su pacto con un país que sufre cantando y sabe que ninguna melodía es tan triste como “Las golondrinas”.

A pesar de la fama, Serrat no dejó de ser un chico del barrio de Poble Sec, hijo de un anarquista de pura cepa y una portera aragonesa, que hizo estudios para tornero en Tarragona y en 1965 se convirtió en adalid de un idioma proscrito, el catalán del poeta Salvador Espriu y de millones de personas que susurraban en las calles lo que resultaba imposible decir en las aulas o el confesionario.

Fiel a sus raíces, el noi de Poble Sec tradujo al poeta mexicano Jaime Sabines al catalán y cumplió el mayor sueño de su vida al cantar el himno del Barcelona en el Camp Nou para celebrar el centenario del equipo. Sin embargo, fue en América Latina, tan predispuesta a los desórdenes del sentimiento, donde su música provocó la mayor idolatría. En Argentina es conocido como el “Nano”. Esas cuatro letras bastan para llenar el Luna Park.

Desde un principio, Serrat tuvo la sabiduría de entender la virtud de las limitaciones. Su voz no daba para el educado poderío de la ópera, el alarido del rock o la enjundia gitana del flamenco. Temblaba un poco, como agitada por el aire. En su inagotable Cuaderno gris, Josep Pla se ocupa de una Barcelona en la que todo mundo tiene gripe y el viento trae arenas que raspan la garganta. La voz de Serrat es un viento de ese tipo. No sirve para otras melodías, sino para algo inimitable: cantar las canciones de Joan Manuel Serrat.

Además de este tono único, el hijo pródigo de Poble Sec tenía la apostura del trovador de pelo largo, nariz fina, mirada melancólica y lunar exacto. Su sola presencia era un reclamo de libertad.

En un mundo contradictorio, decidió ser fiel a la realidad bilingüe de las calles barcelonesas, habitadas por gatos bravos y vagabundos que heredan los calcetines de su mejor amigo. En una letra escrita en castellano invita a compartir “sueño, catre y macarrones”. No hay mejor resumen de los pragmáticos placeres catalanes.

Las entrevistas con Serrat rara vez captan sus mejores ideas porque no es gente de declaraciones sino de comentarios breves, dichos de pasada, entre una cerveza y otra. Sus letras transmiten la sabiduría del conversador que no busca a las musas en Grecia, sino en la mesa de al lado, frente a un plato de aceitunas.

Hace un par de años viajé en camioneta con Rubén Blades por las carreteras en serpentina que rodean la ciudad de Medellín. En alguna curva dejó de hablar del tema que lo invade al menor pretexto (el Panamá que quisiera gobernar) y aproveché el silencio para preguntarle por Serrat. Como un beisbolista ante una bola rápida, bateó la respuesta: “¡Tiene una disciplina del carajo!”. No hablaba un caribeño amante de la siesta; hablaba un espartano que estudió Derecho en Harvard, brilló en Fania All Stars, fue ministro de Turismo y ha protagonizado un sinfín de discos y películas. Lo que le sobra a Blades es disciplina, y eso es lo que admira en Serrat. Hay momentos así, en que el agua se moja.

En los años setenta, el cantante que se despide de los escenarios para permanecer en la memoria, estuvo exiliado en México, donde se convirtió en asiduo comensal de las fabadas de la familia Taibo y en hincha del Atlante, cuyo uniforme le recordaba al Barça. Aquí cultivó la nostalgia que ahora cultivaremos con su nombre y que será, como los viejos discos, “de larga duración”.

Entre las muchas anécdotas que vinculan a mi familia con el repertorio de Serrat, elijo una. El 3 de noviembre de 2012 mi padre cumplió 90 años y la UNAM le rindió un homenaje por su trayectoria filosófica. Fue su último acto público. Luego de oír los halagos que siempre lo pusieron nervioso, dijo que la lucha política es un continuo aprendizaje: “Se hace camino al andar”, concluyó.

De jóvenes, los filósofos llevan guitarra. Mientras mi padre citaba a Machado, unos alumnos lo acompañaron cantando a Serrat. A sus 90 años, un filósofo nacido en Barcelona concluía su andadura escuchando la música del hijo de un anarquista.

Al final de sus conciertos, Serrat decidió hacer un gesto que se volvió canónico. Después de recitar a Machado, el caminante salía del escenario y la música seguía.

Joan Manuel Serrat se va sin irse. Su legado son sus huellas.