Sí importa quién pacifique a Sinaloa
Menos violencia o más calma tensa
Existen coincidencias en datos oficiales, análisis de expertos y percepción ciudadana respecto al decremento que presenta en Sinaloa la violencia en cuestión de homicidios dolosos, no lo suficiente todavía para sostener la certeza de que se aproximan lapsos de paz ni saber quién los instalará y por cuánto tiempo, después de año y medio de narcoguerra cruel e intimidante. El debate que viene consiste en determinar si nos sentiremos cómodos con la pax narca o mantendremos viva la exigencia por la tranquilidad como producto del Estado de derecho.
Es imposible que, después de 549 días y noches de atrocidades y horrores, los sinaloenses estemos en posibilidad de estructurar expectativas de seguridad fincadas sólo en números asignados a las víctimas sin indicios de que la acción de la Ley, aún con la efectividad creciente en las semanas recientes de los operativos militares y policiales, sea la que recupere la protección a ciudadanos.
Falta bastante agua por correr en el río de la certidumbre colectiva para que a través de hechos asertivos y sostenidos, y no por la estadística ajustada a las ilusiones populares, la realidad devele qué tipo de calma y orden serán restablecidas ya sea por designios de organizaciones del crimen que en supuestos “comunicados” se atribuyen la pacificación, o mediante la fuerza legítima del Gobierno posicionada encima de la delincuencia vertebrada.
En el informe presentado ayer en La Semanera que encabeza la Presidenta Claudia Sheinbam fueron manejados logros optimistas en cuestión de seguridad pública, tal vez a manera de confronta con las promesas que presuntamente hace una facción del Cártel de Sinaloa consistentes en “dar paso a una etapa de calma” y ceder terreno y acceder a peticiones que representan un costo importante “si eso sirve para que la sociedad vuelva a tener tranquilidad”.
La titular del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Marcela Figueroa Franco, expuso que en Sinaloa el índice de homicidios dolosos descendió en febrero de 2026 a 3.86 casos diarios, contra los 6.9 al día registrados en junio de 2025 cuando la incidencia de estos crímenes alcanzó el pico más alto. Consideró que se ha mantenido el período de estabilización de la violencia con la disminución del 44 por ciento en muertes perpetradas con armas de fuego.
Con ambas posturas soltadas al mismo tiempo, la oficial y la que en redes sociales hipotéticamente corresponde a uno de los frentes de la narcoguerra, será difícil prever escenarios a largo plazo aunque se tome en cuenta que en el contexto inmediato sí es corroborable la contracción en hechos como homicidios, privaciones ilegales de la libertad y despojo de vehículos con uso de armas de fuego. Inclusive ni caso tiene fincar en esa información disponible esperanza alguna de paz perdurable.
Otro balance útil para alentar la eventual atenuación de la violencia tiene que ver con el cálculo de un promedio móvil diario de siete días que realiza periódico Noroeste, arrojando en el más reciente período que hubo dos días seguidos sin homicidios dolosos y ocurrieron 3.4 asesinatos cada 24 horas. Pero la acumulación de agravios continúa siendo terrible: 2 mil 945 homicidios dolosos, 3 mil 483 personas privadas de la libertad y 10 mil 078 vehículos robados, con corte al 9 de marzo.
Importa insistir en que ninguna acción pacificadora, provenga de donde sea, ni por asomo repara el cruel golpe asestado a Sinaloa con pérdidas humanas, materiales y afectaciones a la salud mental indiscutiblemente irremediables. El terror dispersado, los inocentes caídos por el fuego cruzado y la devastación generalizada por la narcoguerra no permiten que nada ni nadie pueda colocarse laureles de pacificación, a no ser que se trate de hirientes coronas de espinas.
También el estado de cosas configura el exhorto a los sinaloenses para no volvernos a equivocar al agradecer la paz perecedera sujeta con alfileres de quimeras y utopías. De ser cierto que la narcoguerra se acerca a su fin, tomémonos la molestia de poner en la balanza qué modo de tranquilidad derivará: la paz positiva y duradera significaría planear el futuro con bases de seguridad, gobernabilidad y desarrollo a largo plazo.
¿Es ésta la tranquilidad que empieza a notarse en Sinaloa? ¿La que está fundada en certidumbres que sólo dan los adecuado sistemas de procuración e impartición de justicia, al margen de treguas o acuerdos entre corporaciones criminales?
Por la ilusión de vivir seguros,
Y de estar hartos por la violencia,
Nunca olvidemos la consecuencia,
De año y medio de golpes duros.
Otra visita a Sinaloa de Omar García Harfuch, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana del Gobierno federal, pero esta vez en el contexto de hechos de violencia a la baja y el mensaje que supuestamente emitió un ala del Cártel de Sinaloa comprometiéndose a hacer lo necesario para que finalice la narcoguerra. Los altos mandos del Gabinete Nacional de Seguridad seguramente disponen de información que confirme o descarte tal posibilidad del cese de la ofensiva entre los hijos de Ismael “El Mayo” Zambada García y los de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera. Ojalá que el popular “Batman” mexicano informe durante su estancia mañana en Mazatlán y Culiacán a qué nos atenemos los sinaloenses.