Síntomas del desplazamiento forzado
en niñas, niños y adolescentes

Omar Lizárraga Morales
25 mayo 2026

De acuerdo a cifras del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en el mundo hay 123 millones de personas en condición de desplazados forzados. De esa cifra, se calcula que 43 millones son desplazados internacionales o que cruzaron alguna frontera nacional. Y del gran total, se estima que un 40 por ciento son niñas, niños y adolescentes.

Ocurre en países del Medio Oriente que están en guerra, ocurre en barrios conflictivos de Centroamérica, en campamentos africanos, pero también ocurre aquí en nuestro estado de Sinaloa. Los contextos geográficos son distintos, pero se trata de un fenómeno que manifiesta los mismos síntomas:

Por lo general se trata de una violencia estructural: quienes se ven “empujados” fuera de sus comunidades, viven previamente marginación, inseguridad y una gran desatención institucional.

2. En esos contextos, los niños y adolescentes son vulnerables al reclutamiento forzado para actividades armadas o delictivas; las niñas enfrentan riesgos de explotación sexual y relaciones coercitivas.

3. En los asentamientos improvisados o en las periferias urbanas donde terminan refugiándose las familias, la marginación y discriminación continúa. Ahí aparecen nuevas expresiones como: el niño “que viene de la sierra”, la niña “del pueblo conflictivo”, la familia “que llegó huyendo”, “de seguro algo deben”.

4. Uno de los efectos más devastadores es la deserción escolar. La escuela deja de ser prioridad cuando la supervivencia es lo primordial. Muchas familias no cuentan con documentos, dinero para transporte o condiciones emocionales para sostener la educación de sus hijos. Y mientras un niño abandona las aulas, aumenta la posibilidad de que termine atrapado en circuitos de violencia o pobreza permanente.

5. El desplazamiento también reestructura los roles familiares. En medio del caos, niños y mujeres asumen responsabilidades que antes no tenían. Hijos mayores se convierten en cuidadores de sus hermanos. Niñas participan en tareas domésticas o económicas para sostener el hogar.

6. Paradójicamente, muchos menores desplazados experimentan menos libertad en las ciudades que en sus comunidades rurales. En sus pueblos podían correr, jugar en las calles o moverse dentro de redes de confianza vecinal. En las ciudades predominan el encierro, el temor y la vigilancia constante. Los padres, marcados por experiencias traumáticas, restringen movimientos por miedo a perderlos.

7. Las secuelas psicológicas son también comunes en las víctimas. El estrés postraumático modifica conductas, relaciones sociales y formas de comunicación. Muchos niños desplazados se vuelven más silenciosos, retraídos y desconfiados. Aprenden a vivir en alerta permanente. Los hijos cargan también con la depresión, la ansiedad y la desesperanza de sus padres. Observan discusiones, precariedad económica y miedo constante.

8. Viven una deslocalización emocional. El desplazado vive entre dos mundos: ya no pertenece completamente al lugar que dejó, pero tampoco logra integrarse del todo al nuevo espacio.

Por todo esto, el desplazamiento forzado infantil no puede abordarse únicamente como un problema de seguridad o asistencia humanitaria. Es también una crisis social, educativa y psicológica. Mientras existan comunidades condenadas a vivir bajo el miedo, la pobreza y el abandono institucional, el ciclo seguirá reproduciéndose. Romperlo exige voluntad política real. Se necesitan políticas públicas que garanticen protección, acceso educativo, atención psicológica, vivienda digna y reconstrucción comunitaria.

Es cuanto...

Hoy a las 10 de la mañana en el auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales de la UAS, estaremos presentando el libro “Solo nos dijeron que nos íbamos” coordinado por la doctora Séverine Durin, quien tiene amplia experiencia en el tema del desplazamiento forzado infantil. Por allá nos vemos.