Sociedad algofóbica

Rodolfo Díaz Fonseca
28 agosto 2026

Vivimos en una sociedad algofóbica, con un alto grado de resistencia a la experiencia del dolor. Preferimos inmensamente los momentos de alegría y satisfacción, pero no podemos desdeñar los instantes o temporadas de dolor, ya que gracias a esas épocas de miseria y sufrimiento nos despojamos del egoísmo, abriendo nuestro corazón y nuestra mirada empática a Dios y a los demás.

Etimológicamente, el vocablo algofobia deriva del griego álgos, que significa dolor, y phóbos, miedo o temor. Otros prefieren llamarle odinofobia, porque odyne también significa dolor. Por tanto, la algofobia es un miedo irracional y enfermizo a experimentar dolor; no obstante que, lo hemos dicho, es la herida que abre el caudal de nuestra generosidad y misericordia.

El pensamiento místico de Simone Weil ilumina admirablemente la incomprendida y prodigiosa dosis del dolor, que tiene la capacidad de eliminar la indiferencia hacia el prójimo: “El dolor físico se siente directa e inmediatamente como misericordia. La compasión desgarra la carne. O, mejor dicho, el desgarro de la carne obra un singular efecto: permite que la compasión penetre en el alma”.

Para Weil, tanto el dolor como la alegría son necesarios e indispensables para conservar el equilibrio espiritual: “Sólo con la alegría no podríamos ser amigos de Dios, como no se puede llegar a ser capitán con el solo estudio de manuales de navegación”.

Añadió: “El cuerpo tiene su lugar en todo aprendizaje... el dolor es el único contacto con la necesidad que constituye el orden del mundo, pues el placer no encierra la impresión de necesidad”.

Y, concluyente, reforzó: “Para que se forme en nosotros un sentido nuevo que permita escuchar el universo como la vibración de la palabra de Dios, las virtudes transformadoras del dolor y la alegría son igualmente indispensables”.

¿Comprendo el valor terapéutico del dolor?