Terapia de la dificultad
No es lo mismo soportar tormentas en la vida, que arrastrar una vida atormentada. Las tormentas que se abaten sobre nosotros son benéficas y didácticas; es decir, tienen una finalidad terapéutica. Sin embargo, resulta lógico pensar que seríamos más felices si no estuviéramos a merced de probar algunos sinsabores. No obstante, tengamos presente que, si no soportáramos esos sinsabores, tampoco estaríamos facultados para disfrutar los sabores dulces.
Desde la antigüedad, los filósofos -sobre todo los practicantes de la sabiduría estoica- subrayaron la necesidad de soportar las tormentas para fortalecer nuestro carácter y voluntad. En su tratado Sobre la Providencia, Séneca señaló: “Ningún árbol se vuelve fuerte y firme sino aquel que el viento azota con frecuencia; pues con el mismo embate se tensa y fija sus raíces con más seguridad. Los que crecen en un valle protegido son quebradizos”.
Epicteto, en sus Disertaciones, también fue explícito en la recomendación: “Las dificultades son las que muestran lo que son los hombres. Por consiguiente, cuando te ocurra una dificultad, recuerda que Dios, como un entrenador de gimnasio, te ha enfrentado con un rudo contendiente”.
Por consiguiente, los problemas y dificultades no debilitan nuestras fuerzas, sino que vigorizan nuestro carácter y nos fortalecen. En efecto, estas experiencias a primera vista negativas, se convierten en pruebas que manifiestan nuestra fortaleza para encarar con resiliencia y adaptabilidad los baches, tropiezos y obstáculos con que nos topamos en la autopista de la vida.
Una vivencia semejante fue la que experimentó Heller Keller, a muchos siglos de distancia, cuando escribió: “El carácter no se puede desarrollar en la tranquilidad y la calma. Solo a través de la experiencia del juicio y el sufrimiento se puede fortalecer el alma, despejar la visión, inspirar la ambición y lograr el éxito”.
¿Soporto esta terapia?