¿Todavía podemos construir juntos?

Isaac Aranguré
20 octubre 2026

Mientras el mundo parece desmoronarse entre bandos, ideologías y verdades irreconciliables, me pregunto si todavía somos capaces de hacer algo que durante siglos nos ha permitido avanzar como humanidad, construir juntos.

No me refiero a pensar igual, votar por los mismos candidatos o compartir una interpretación del mundo, me refiero a algo aparentemente más sencillo, pero quizá mucho más difícil, reconocer que, nos guste o no, compartimos una misma realidad y que ninguno de nosotros podrá transformarla por sí solo. Vivimos tiempos en los que parece indispensable tomar partido, las conversaciones se convierten en trincheras, las diferencias en amenazas y las opiniones en declaraciones de identidad, ya no basta con estar de acuerdo en algunas cosas; pareciera que debemos coincidir en todo para reconocernos como parte del mismo grupo y en medio de esta confrontación hemos comenzado a olvidar algo fundamental, una sociedad no se construye solamente con quienes piensan como nosotros.

Me preocupa que hayamos confundido tener razón con encontrar soluciones, que dediquemos tanta energía a demostrar que los otros están equivocados y tan poca a preguntarnos qué podríamos hacer juntos, que celebremos la derrota de nuestros adversarios incluso cuando nuestras condiciones de vida permanecen exactamente iguales, porque ganar una discusión no significa resolver un problema, y tener la última palabra no construye una escuela, no recupera un espacio público, no mejora un hospital ni devuelve la tranquilidad a nuestras calles.

Quizá el problema no sea que estamos divididos, las diferencias siempre han existido y, en buena medida, son indispensables para el desarrollo de cualquier sociedad, el problema podría ser mucho más profundo, hemos dejado de creer que necesitamos unos de otros.

Nos hemos acostumbrado a imaginar que el futuro será mejor cuando finalmente prevalezcan nuestras ideas, cuando los otros pierdan influencia o cuando quienes consideramos responsables de nuestros problemas desaparezcan de las decisiones colectivas, pero ¿qué ocurre si ese momento nunca llega? ¿Cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar para comenzar a construir?

Una comunidad no puede permanecer suspendida hasta que todos sus integrantes estén de acuerdo, la vida continúa mientras discutimos, los niños siguen creciendo, las ciudades siguen transformándose, las oportunidades se pierden y los problemas se acumulan. Por supuesto, construir puentes no significa renunciar a nuestras convicciones, existen principios que debemos defender, injusticias que debemos denunciar y diferencias que no pueden resolverse mediante acuerdos superficiales, tampoco todas las posiciones tienen el mismo sustento ni todas las conductas merecen justificarse en nombre de la unidad, pero entre renunciar a nuestros principios y negarnos a colaborar con cualquiera que piense distinto existe un territorio enorme que quizá hemos dejado de explorar.

Ese territorio se llama convivencia.

Y la convivencia democrática no exige unanimidad, exige reconocer que las personas con quienes discrepamos también forman parte de nuestra comunidad, tienen intereses legítimos y poseen experiencias que podrían ayudarnos a comprender problemas que nosotros solos no alcanzamos a ver y pienso particularmente en nuestras ciudades, en las organizaciones civiles, los colectivos culturales, los clubes deportivos, las instituciones educativas, las asociaciones profesionales, los grupos comunitarios y tantas personas que todos los días hacen algo por mejorar el lugar donde viven.

¿Cuántos de esos esfuerzos permanecen aislados? ¿Cuántas personas trabajan por objetivos semejantes sin conocerse? ¿Cuántas posibilidades de colaboración se pierden porque nadie se ha detenido a tender un puente?

Tal vez construir una mejor ciudad no consista necesariamente en inventar grandes proyectos, sino en comenzar por reconocer, conectar y fortalecer lo que ya existe, identificar nuestras coincidencias sin negar nuestras diferencias, construir objetivos compartidos sin exigir adhesiones ideológicas, establecer compromisos concretos, responsabilidades claras y mecanismos que permitan evaluar si nuestras acciones realmente están mejorando la vida de alguien.

Porque la esperanza, por sí sola, no transforma nada, necesita organización, trabajo, confianza y una disposición permanente a colaborar.

Y la confianza no aparece mágicamente, se construye mediante experiencias compartidas, compromisos cumplidos y la posibilidad de comprobar que, a pesar de nuestras diferencias, podemos hacer algo valioso juntos.

Quizá debamos abandonar la fantasía de que algún día todos estaremos del mismo lado, tal vez el verdadero desafío sea aprender a construir una sociedad en la que podamos vivir dignamente sin necesidad de estarlo. Después de todo, compartimos mucho más que un territorio, compartimos las consecuencias de nuestras decisiones, de nuestras omisiones y de nuestra incapacidad para organizarnos.

Cuando una ciudad fracasa, sus consecuencias difícilmente distinguen entre quienes tenían razón y quienes estaban equivocados y cuando una comunidad consigue mejorar sus condiciones de vida, sus beneficios pueden alcanzar incluso a quienes nunca estuvieron de acuerdo sobre cómo lograrlo.

Por eso me resisto a pensar que la polarización deba condenarnos a la inmovilidad, todavía podemos encontrarnos alrededor de aquello que nos importa, siempre que estemos dispuestos a escuchar, ceder cuando corresponda y asumir responsabilidades que trasciendan nuestros intereses particulares. No sé si seremos capaces de construir un futuro mejor todos juntos, tampoco sé si alguna vez lo hemos conseguido plenamente, pero sospecho que la pregunta más importante no es si podemos ponernos de acuerdo, sino si estamos dispuestos a reconocer que nos necesitamos.

Porque quizá no necesitamos estar de acuerdo en todo para hacernos responsables de algo juntos y si todavía existe alguna esperanza de construir una sociedad mejor, seguramente comienza por aceptar que nadie puede construirla solo.

Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

Es cuánto.