Trump y el supremacismo blanco

Pablo Ayala Enríquez
10 agosto 2019

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Las declaraciones y acciones de Donald Trump en el terreno político, aunque lo niegue, reflejan las manías y odio que inflama las tripas de los fanáticos del supremacismo blanco.

Wikipedia lo define como una creencia racista que sostiene que “las personas blancas son superiores en muchos aspectos a las personas de otras etnias”, por ello deben dominarlas. “El término también se usa normalmente para describir una ideología política que perpetúa y mantiene el dominio social, político, histórico o institucional de los blancos”.
Y aunque a veces sucede, esta vez Wikipedia no se equivocó, debido a que la definición nos permite comprender, sin fisuras, la actitud vital y excesos xenofóbicos del Presidente de los Estados Unidos. Me explico.
Trump ha sido un ardiente detractor de todo aquello que-no-sea-como-él. En este aspecto ha sido muy democrático: detesta, denigra, ridiculiza y ataca por igual a amarillos, negros, prietos, pobres, homosexuales, indígenas y discapacitados. Su asco hacia etnias y “razas” no blancas le trajo réditos fabulosos en términos electorales; su incendiaria campaña de desprestigio y repudio contra los “ilegales invasores” fue música para los oídos de miles y miles de supremacistas que veían en cada latinoamericano a un parásito social, un delincuente o, incluso, a un asesino en potencia. Trump utilizó la misma fórmula que en su momento les funcionó a Hitler, Stalin, Mussolini o en la actualidad usan Bashar al Assad o Robert Mugabe.
El líder señala quién es el bicho despreciable, qué es lo que está arrebatándole al pueblo y, al instante, éste expresará su completa disposición a odiarlo con todas sus fuerzas. En la efervescencia del desencuentro racial, no faltarán los medios de comunicación a los que les entusiasme hacerle el caldo gordo al líder supremacista. La cadena Fox en los Estados Unidos es una prueba de ello.
El problema es que, por lo regular, las campañas de odio vienen acompañadas de un instructivo que en sus letras chiquitas explica algunas contraindicaciones. Como era previsible, después de verle operar, la “fiebre Trump” bajó llevando hasta el escritorio principal de la oficina oval un bonche de facturas que en su remitente decían “costo político”, “costo social”, “costo histórico” y “costo ético”. Las matanzas en el centro comercial de El Paso, Texas y la de Daytona son parte de esos costos.
Como lo referí esta semana en otro espacio, el objetivo de Patrick W. Crusius era “matar tantos mexicanos como fuera posible”. Su siniestra misión genocida le reportó 22 muertos y 26 heridos. Una cosecha sin mucho que celebrar para un supremacista blanco dispuesto a eliminar de la faz de la tierra a mexicanos y latinos.
En lo poco que hasta ahora se sabe, porque aún no ha declarado ante las cámaras, Crusius no ha mostrado ningún sentimiento de pena o dolor; mucho menos arrepentimiento. Entre el ir y venir de sus responsabilidades estudiantiles, diseñó un plan detalladísimo de lo que haría cuando llegara el momento. Esperó a cumplir la mayoría de edad para poder comprar las armas de asalto más efectivas, identificó espacios concurridos por migrantes mexicanos y, una vez localizado, condujo su coche por más de ocho horas para llegar justo a un sitio que rebosaba de mexicanos y escupirles la mayor cantidad de balas posible. Perpetuado el cobarde asesinato a inocentes, se entregó a las autoridades. No tuvo el valor de sumarse a la lista de muertos.
Su odio lo dejó por escrito en un breve manifiesto donde se asumía como un supremacista admirador de algunos xenófobos icónicos, entre ellos, Donald Trump.
En un breve discurso, Donald Trump repudió el hecho (acción que, espero, no sea otra de sus pantomimas) atribuyendo sus causas a la inestabilidad psicológica de Crusius. Lo sucedido no fue el epílogo escrito por un supremacista enfermo de odio que tiene al alcance de su mano pistolas de todo tipo, ametralladoras, rifles de asalto y granadas, sino su desequilibrio mental. De su rol como fuente de inspiración no hubo una sola palabra. El vendaval de declaraciones y tweets que hinchan la vena supremacista, no asomaron la nariz en su discurso. ¡Y vaya que su producción es vasta! Van unas cuantas líneas recogidas de la filosofía trumpeana, para que usted vea que hoy fue Crusius, pero mañana o pasado será otro:
“Muy interesante ver a las congresistas demócratas ‘progresistas’, que originalmente vinieron de países en los que sus gobiernos son una completa y total catástrofe, los peores, más corruptos e ineptos del mundo (si es que tienen un gobierno que funcione en absoluto), ahora le dicen a la gente de Estados Unidos en voz alta y de forma viciosa, a la más grande y poderosa nación de la tierra, cómo debe manejarse nuestro gobierno. Por qué no regresan y arreglan los lugares totalmente destrozados e infestados de crimen de donde vinieron”. En otro mensaje, mucho más breve, pero con el mismo tufo xenofóbico, dijo: “¿Por qué tenemos toda esta gente de países de mierda viniendo aquí?”. ¿Y qué tal esta joya que quedará impresa en las páginas de la democracia moderna?: “Pido el voto de cada negro que hay en este país. ¿Qué pueden perder? Viven en la pobreza, sus colegios son malos, no tienen trabajo, el 58 por ciento de su juventud está desempleada... ¿Qué demonios pueden perder?” Y como es de esperar nuestro país no podía quedar fuera del blanco de su odio: “México envía drogas, crimen y violadores”. “México no es nuestro amigo. Nos está ahogando económicamente”.
El eco supremacista de la voz presidencial ha calentado el tímpano de todos aquellos que últimamente han asesinado inocentes, con el único motivo de mantener “la pureza racial”.
Y si en el plano social estos son algunos de los efectos en términos de víctimas mortales, en el político el supremacismo trumpeano también ha cobrado muchas víctimas. “La invasión de ilegales” no solo le condujo a exigir a su congreso recursos para levantar el muro de acero entre México y los Estados Unidos, sino que le llevó a exigirnos un endurecimiento de nuestra política migratoria obligándonos a ser un tentáculo de segunda clase de la border patrol. De no hacerlo, como sabemos, nos pondrá de rodillas a punta de incrementos arancelarios.
Aunque se nos parta el alma, los asesinatos masivos en los Estados Unidos continuarán durante esta administración, por dos razones muy fáciles de comprender: los empresarios de la Asociación Nacional del Rifle financian las campañas políticas de candidatos presidenciables; la segunda, y quizás la más determinante, es que Donald Trump durante su campaña continuará echando leña a la hoguera del odio; la misma donde bailan y festejan muchos de los líderes y monigotes del supremacismo blanco estadounidense.
pabloayala2070@gmail.com