Un día sin... voluntarios

Pablo Ayala Enríquez
07 octubre 2017

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Recuerdo que fui a la fuerza. Se me retorcía el gesto y el estómago de pensar que me chutaría más de una hora, viendo una película protagonizada por actores de segunda con un título espantoso: “Un día sin mexicanos”. Más que la dirección de Sergio Arau, lo que me hizo dar el paso fue que aquella tarde no-teníamos-nada-más-que-hacer. Nada. Bovinamente nada por hacer (las caras de las vacas siempre me generan la sensación de que su único pendiente es el de rumiar y rumiar).
 
Sentado en mi butaca, e intentando aceptar lo que me deparaban los próximos 90 minutos, decidí acompañar mi frustración haciendo valer la promoción del rellenado de la cubetita de palomitas. A punto de levantarme para hacer efectivo el “re-fill “, la película dejó entrever su único guiño crítico: ¿qué harían los gringos sin los mexicanos indocumentados? Quizá en eso resida su puntito de interés.
 
Una sensación similar a la que me generó imaginar la devastación social de los Estados Unidos sin tener a los mexicanos sirviéndoles en modo semiesclavo, me generó una serie de fotografías de los edificios destruidos en el sismo del 19S. Las imágenes despertaron en mí ideas inquietantes, al punto que las soñé durante un par de días.
 
En mis sueños imaginé que, por alguna extraña razón, mientras un sismo de 9.5 grados sacudía con fiereza la Ciudad de México, yo me encontraba en un pequeño habitáculo diseñado para soportar desastres nucleares. Terminados los 190 segundos que duró la megasacudida, salí de mi búnker para presenciar algo muy próximo al apocalipsis. De mi barrio sólo quedaban escombros. Mi casa era una montaña de paredes rotas, varillas y humo blanco (tal como sucede en las pesadillas o películas hollywoodenses, tenía la certeza de que mi familia estaba a salvo y debía recorrer la ciudad devastada para encontrarme con ella). Centros comerciales en ruinas, humo por todos lados y gente corriendo desesperadamente por todos sitios. 
 
De nuevo, gracias al capricho de mi sueño, me vi en pleno centro de la Ciudad de México. Con claridad recuerdo algunos edificios icónicos totalmente derruidos. En un viraje extraño de la secuencia, giré la cabeza y vi la Cámara de Diputados y Senadores echas pedacitos. En un parpadeo, ya estaba haciendo un recorrido por otros edificios similares...
 
Lo que vi era el resultado de la furia de la sabia tierra contra todos los partidos políticos de México: las sedes del PRI, PAN, PRD, Morena, Verde,  Alianza, Movimiento Ciudadano y demás partidillos que los acompañan, habían quedado reducidas a escombros. En mi sueño, el desastre provocó que no tuviéramos ni un solo partido político en México. 
 
Llámeme desalmado, desgraciado, irredento, monstruo, insensible, bestia, negligente, cerdo, demonio o lo que guste y mande, pero lo que vino después de esta última escena fue una sensación de alivio.
 
Por un momento me sentí liberado de tener que ver y escuchar la manera en que la panda de ineptos que nos representan, buscan desesperadamente robar nuestra atención de los temas que hoy son los verdaderamente relevantes. 
 
Dada la emergencia que estamos viviendo en tantas ciudades y cientos de comunidades rurales, ¿a quién le importa la ridícula novela rosa que se inventó Margarita Zavala? ¿A quién le interesa si Ricardo Anaya, un día de estos, por fin confiesa sus verdaderas pretensiones? ¿Qué más da si los obsesionados por ganar la Presidencia buscan aliarse de una manera inverosímil con partidos que hace un par de días repudiaban? ¿Qué abona a la situación actual del país, si el Peje continúa aprovechando la coyuntura para despotricar contra todos, desvelándonos (según él) la farsa que está detrás de la renuncia de sus contrincantes al presupuesto operativo asignado para el resto del año? ¿En qué nos ayuda reafirmar que “El Bronco” no ha hecho otra cosa desde que fue electo que relamerse los bigotes soñándose Presidente? ¿Qué novedad tiene que el PRI se esté dando baños de pureza cuando chapotea en su propia crápula? ¿En qué nos ayuda saber que los “3 mil” candidatos independientes que se subirán al carro por la Presidencia, no harán sino dar más posibilidades a los mismos impresentables de siempre? Mi primera conclusión onírica ante el desastre fue que a los políticos, al menos yo, no los echaría en falta. Ante esa hecatombe, como fue en el 19S, estorbarían.
 
Por ello resulta indignante que los medios de comunicación le hagan el caldo gordo a la soberbia y el ego de gente como Margarita, El Bronco o El Peje. En estos momentos no está el país como para desviar la atención en cosas tan menores como que Margarita lleve al PAN en su corazón durante lo que le reste de vida, o si El Bronco mintió cuando dijo que la ciudadanía sí le “dio permiso” para postularse a la Presidencia. ¿Qué importa lo que hagan ella, él y sus iguales?
Lo que en este momento importa, y mucho, es que se tomen acciones más expeditas para hacer llegar los recursos y ayuda a las comunidades que al día de hoy siguen viviendo en el desamparo. Lo que importa es dar con los mecanismos legales para que todo lo decomisado a los gobernadores apresados, y a los que están en proceso de encarcelamiento, sea convertido en dinero constante y sonante para que a la de ya sea invertido en la reconstrucción. Lo que importa es armar una reforma profunda (al estilo Japón) de las leyes que regulan el uso de suelos y evitar la construcción de casas, edificios y centros comerciales en zonas de riesgo. Lo que importa es que todos los responsables de cada una de las afectaciones pague los platos rotos que les toque pagar.
 
Lo que más me aterrorizó en mi extraña película onírica de lo inimaginable, fue el pensar qué haríamos sin la solidaridad de los ciudadanos. En mi pesadilla torcida pensé: ¿qué pasaría si en cada una de las casas y edificios caídos, los afectados tuvieran que esperar por los servicios de la policía o Protección Civil porque desaparecieron los ciudadanos que hicieron trabajo voluntario? ¿Qué pasaría si no hubiera una mano amable que desinteresadamente sacara de los escombros a los caídos, alimentara a los rescatistas, organizara el tráfico, acopiara alimentos, medicinas, ropa, mantas plásticas, pañales y demás artículos sanitarios? En resumen, ¿qué pasaría si un día nuestro País se quedará sin voluntarios?
 
Lo que pasaría sería inefable.
 
Me resulta muy difícil describir la escena del día después del megasismo que algunos vaticinan, si ese día también desaparece la solidaridad, la empatía, la escucha, el compromiso, la ayuda desinteresada, la confianza, la entrega a una causa ajena. Simplemente no lo puedo imaginar, porque ese sería el final del fin.
 
Y como para eso de imaginar Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu se pintan solos, no sería mala idea que, a tres manos, hicieran una película buena muy buena del día en que la solidaridad no desaparezca. Esa, creo, sería la película de horror que se llevaría todos los óscares.
 

 

@pabloayalae