Un mundo después del petróleo: la hoja de ruta que se empieza a construir

Fundar
22 marzo 2026

En el marco de la pasada COP30, el Gobierno de Colombia lanzó un llamado contundente a la presidencia de la cumbre para avanzar en una hoja de ruta global que permita la eliminación progresiva de los combustibles fósiles.

En esta declaratoria se señaló que, para que el multilateralismo climático fuera exitoso, se deberían ofrecer resultados contundentes para mantener el objetivo de no rebasar los 1.5 grados Celsius.

Para lograrlo, la declaratoria exige incluir una hoja de ruta para una transición justa, ordenada y equitativa que permita dejar atrás los combustibles fósiles. Dicha implementación debe estar respaldada por resultados concretos en financiamiento, tecnología y creación de capacidades. Esta carta a la presidencia fue firmada por más de 30 países, entre ellos México.

En este escenario, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva defendió la necesidad de una salida ordenada y justa de los combustibles fósiles. Pese a que esta iniciativa logró el apoyo de al menos 86 países para avanzar en una hoja de ruta global, las delegaciones no lograron acordar menciones directas en los textos formales.

Para dar seguimiento a esta propuesta, los gobiernos de Colombia y Países Bajos coorganizan un encuentro de alto nivel que buscará trazar rutas concretas hacia economías descarbonizadas y acelerar la transición energética global.

La primera conferencia internacional para la transición más allá de los combustibles fósiles se llevará a cabo del 24 al 29 de abril en Santa Marta, Colombia. Esta reunión es resultado del trabajo diplomático en la COP30 de Belém, Brasil, y buscará sentar las bases de una hoja de ruta para iniciar la eliminación de los combustibles fósiles, especialmente en economías con alta dependencia de su explotación.

Este esfuerzo pretende complementar los procesos multilaterales existentes y traducir compromisos políticos en acciones coordinadas y medibles.

La evidencia científica advierte que el planeta enfrenta riesgos irreversibles si no se acelera la reducción de emisiones. Actualmente, los combustibles fósiles son responsables de buena parte de los gases de efecto invernadero, lo que profundiza la crisis climática, la contaminación y la pérdida de biodiversidad.

Por lo tanto, es necesario alinear voluntades políticas, articular alianzas y promover transformaciones estructurales en los modelos económicos, productivos y fiscales.

En las últimas semanas, hemos visto con preocupación el derrame de petróleo en Veracruz y una explosión en la refinería Dos Bocas que cobró vidas humanas. Hoy más que nunca, México debe repensar su apuesta a un modelo fósil y a técnicas altamente contaminantes como el fracking, y redireccionar esfuerzos para impulsar la construcción de una hoja de ruta para la salida de los fósiles en México.

Esto cobra mayor relevancia porque el país ya ha asumido compromisos con la firma de la carta interministerial y, más recientemente, con la declaratoria de Belém, que exige planes viables y asequibles para un futuro que priorice el derecho a un medio ambiente sano para esta y las próximas generaciones.

Otra razón para dejar la dependencia fósil es el contexto geopolítico del cierre del Estrecho de Ormuz, una zona estratégica para el abastecimiento mundial de combustibles fósiles. Un escenario así podría representar precios altos del petróleo y alzas inflacionarias que terminarían afectando las cadenas de valor que dependen de la industria fósil.

Este escenario invita a pensar en estrategias alternativas y más armoniosas donde se usen cada vez menos los combustibles fósiles. Sin duda, no será fácil y requerirá la participación de todos los sectores del país, incluida la sociedad civil, que lleva años trabajando en una transición energética justa.

Hablar de un mundo después del petróleo ya no es un ejercicio abstracto. Es una discusión concreta sobre el futuro de México, su seguridad energética, su vulnerabilidad climática, su modelo de desarrollo y su capacidad para construir una economía descarbonizada y más justa.

La transición energética no solo implica dejar atrás los combustibles fósiles; también exige diseñar una ruta que proteja derechos, reduzca desigualdades y coloque en el centro el medio ambiente sano y el bienestar de las generaciones presentes y futuras.