Un poeta modernista: Ramón López Velarde

Juan José Rodríguez
28 junio 2026

En los últimos días, la vida cultural y política nacional ha tenidos dos polémicas con el caso de dos renombrados escritores, con epicentro en la Ciudad de México.

Uno es el zacatecano Ramón López Velarde, el último de nuestros poetas modernistas, cuya última casa en la que vivió, conocida como la Casa del Poeta, estuvo a punto de cambiar su nombre y misión para volverse un Cabaret Cultural.

Lo anterior no solo llevó a declaraciones y guerras cibernéticas, sino que se dieron dos plantones bastante representativos de la intelectualidad capitalina.

El otro caso es “el hombre ciudad”, Carlos Monsiváis, de quien surgió una entrevista vieja que resultó ser falsa, donde soltaba unas declaraciones muy facilistas en la que descalificaba al más reciente ex Presidente de diferentes y nuevas maneras.

Ya se disculpó El Universal con la familia Monsiváis y se despidió al reportero al no mostrar evidencias de ese escrito, empezando con la grabación.

López Velarde, el último de los afrancesados modernistas y el primero de los modernos, es un escritor bisagra entre dos mundos sociales y poéticos, al igual que su también polémico contemporáneo, José Juan Tablada.

Uno de los más grandes misterios de la literatura mexicana es la musa secreta del poeta Ramón López Velarde. Él le llamaba Fuensanta, nombre que provienen de la Virgen de Murcia, España.

La devoción del pueblo murciano por la Virgen de la Fuensanta data de la Edad Media, a partir de la aparición de la Virgen en un monte conocido como El Hondoyuelo.

Cuenta la leyenda que en esta sierra, y ya considerada como enclave sagrado por las primeras civilizaciones que habitaron la zona, la Virgen María había hecho brotar la “fuente santa” que dio nombre a la advocación.

El manantial aún hoy riega aquel paraje. Una ermita en su honor corona el lugar.

A la Virgen de Fuensanta le fue otorgado el rango militar de “Generala del Reino” a raíz de la invasión napoleónica, apelativo con el que muchas veces se refieren a ella sus fieles... algo similar a la Virgen de Zapopan, a quien aún se le llama así y desfila cada año con un ferviente ejército de charros.

Siendo López Velarde un católico zacatecano, que de haber vivido más tiempo hubiera sido quizás un ideólogo o hasta mártir cristero -un tío suyo sacerdote fue asesinado durante la toma de Zacatecas-, me llama la atención la elección de ese nombre para una mujer de la que aún discuten quién era.

Una de las candidatas a haber sido su musa fue Josefa de los Ríos. Josefa era una pariente lejana del poeta y ocho años mayor que él. Se conocieron en Jerez, Zacatecas, durante la adolescencia del poeta.

Ella inspiraría la creación de Fuensanta, el primer gran amor y la figura central de la mitología poética de López Velarde, inmortalizada en obras como “La sangre devota”.

Además de su vida como figura literaria, la juventud de Josefa estuvo marcada por la decisión de permanecer soltera y padecer una afección cardíaca. Falleció en el año 1917, antes de que López Velarde publicara sus libros más famosos

Su presencia marcó profundamente la transición del poeta desde sus días en el seminario hasta su consagración como una de las máximas voces de la literatura mexicana, tan fue así que por años los gobiernos del PRI usaron su poema “La suave patria” como estandarte cívico.

Otra candidata a ser la musa invisible de López Velarde es la mazatleca pero nacida en La Paz, Margarita Quijano, hermana del muy mazatleco escritor pero nacido en la Ciudad de México, Alejandro Quijano. ¿Quién no conoce esa calle a la hora de ir a un funeral o a comprar camarones en este puerto?

Margarita Quijano nació en La Paz, Baja California, el 11 de marzo de 1878, diez años antes que López Velarde y dos antes que Josefa de los Ríos, la otra posible primera Fuensanta.

Margarita a los 21 recibió su título de maestra y Justo Sierra la nombró titular de las cátedras de francés, literatura universal y lengua y literatura castellanas en la Escuela Normal.

Las desempeñó brillantísimamente hasta su jubilación en 1935. Entre sus amigas y discípulas figuraron las reconocidas académicas Palma Guillén de Nicolau y Carmen de la Fuente.

Pero López Velarde nunca concretó esos amores. Era bastante pasmado en ese asunto. Nunca pudo pasar más allá de la conversación y la conversión social.

A lo máximo que llegó con Margarita fue a coincidir con ella en el tranvía que pasaba por la colonia Roma, al cual subía ella muy guapa rumbo a sus clases y a veces, él ya venía sentado atrás.

Cuando lograba sentarse atrás de ella, era lo máximo irla viendo de espaldas todo el camino, admirando su blanca nuca y percibiendo su aroma. “Se la bebía toda mentalmente”, se atreve a decir uno de sus biógrafos.

Ya fuera una o las dos, Fuensanta es de un tiempo del ideal romántico. De cuando el poeta se asumía como un caballero andante de la palabra, armado solo con la pluma, y la mujer era erigida en un místico objeto de adoración A cuyo silencioso altar ofrendaba su poesía.

Ramón López Velarde murió a los 33 años en la Ciudad de México. Octavio Paz afirma que su poesía es tan buena que no es necesario lamentarse de aquella que no alcanzó a escribir.

En su lecho de muerte, se lamentó de no haber conocido nunca el mar. Quizás sólo lo conoció a través de los ojos de Margarita Quijano.