Un reto social, el cambio cultural en México
Como consecuencia del prolongado fenómeno de la delincuencia, que se ha ido transformando desde una actividad ilícita que la sociedad no consideró grave, hasta una de cárteles internacionales catalogados ahora como “terroristas”, armados hasta los dientes, con explosivos, drones, carros blindados y aviones, dispuestos a todo, enfrentándose al Ejército mexicano y, en un momento dado, hasta al ejército y autoridades norteamericanas; todo ello está ocasionando un “cambio social” en costumbres, decisiones, deseos y vida familiar, en relaciones de amistad, trabajo, vecindad, educación y convivencia social.
Estamos enfrentando un reto vivencial, más allá de los retos que en esta columna se han tratado tales como los retos para los gobernantes, retos para la economía, e inclusive, retos internacionales; y es que se ha estado viviendo con experiencias negativas de abundancia, de una falsa economía con exagerado consumo, que están afectando a la sociedad mexicana, misma que, durante bastante tiempo ha sido complaciente con las actividades del narcotráfico, el consumo de drogas y los delitos que todos los días se contemplan y prácticamente se toleran, con la impunidad y con la falta de actuación de una autoridad a la que la sociedad no le tiene confianza, ante las noticias de complicidad o lenidad con los delincuentes.
Se está viviendo una sociedad cuya característica es “el miedo”, el miedo a salir a la calle, a transitar por carreteras y caminos rurales, a vivir en el campo y en las ciudades; se han perdido en buena parte el reconocimiento y respeto a los derechos humanos. Ya no se respeta el sagrado derecho a la vida; se perdió el derecho a criar y respetar a la familia; ¿dónde quedó el respeto a los mayores, a las mujeres y a los niños?; ya no existe el respeto a la propiedad; se contemplan pueblos y rancherías abandonadas, de donde salen miles de desplazados, quienes generalmente llegan a las ciudades a poblar colonias periféricas sin servicios públicos y en ocasiones, arrastran consigo los problemas y desavenencias de sus comunidades, sobre todo si son familias que han perdido hijos o esposos en las luchas locales, por los mismos delitos de los cuales huyen.
Ha sido dramático el cambio de una sociedad que todos los días sufre asesinatos por las luchas entre los grupos en pugna o por enfrentamientos con las autoridades; ya se ve como “normal” saber o leer en las noticias la cantidad de muertos diarios, muertos que además de la vida, se pierden padres de familia, hijos, hermanos y hasta mujeres y niños, sin que se sepa quién y por qué fue esa persona asesinada, y que además, quedan finalmente impunes ante una autoridad incapaz y contaminada.
Todos los días se entera la sociedad de desapariciones y del actuar de cientos de madres, hijos y viudas en busca de sus familiares, con tan sólo la esperanza de que sigan vivos, a sabiendas de que, finalmente los encontrarán en las fosas clandestinas ignoradas; y qué decir de los miles de familiares encarcelados a la espera de un juicio que puede tardar meses y años, mientras que sus familiares ven con sufrimiento el eterno encierro; igualmente habría que considerar los familiares que han tenido que huir, con razón o sin ella, o que permanecen escondidos en algún otro lugar.
Es esta una sociedad de viudas y huérfanos, de jóvenes que viven en el “sicariato”, es decir que quieren ser sicarios, porque “les pagan bien” por cada vida humana que quitan, jóvenes sin educación por falta de maestros y por escuelas en malas condiciones o por estar controladas por delincuentes. Se ha perdido el respeto a la ley y además se sufren tiempos de confusión con leyes contradictorias y por el desconocimiento de elementales principios jurídicos como el de la prisión sin juicio, el pretender revertir asuntos ya juzgados por la Corte y el de mantener presos a personas durante años, sin terminar sus juicios.
Se vive y se sufre pues una sociedad de miedo y con miedo, pero hay que seguir con las actividades de todos los días, porque la vida sigue, la vida tiene que seguir.
Se concluye esta columna con una anécdota de Anthony de Mello, quien relata que “la Peste informó que iba a una ciudad a ‘cobrar mil vidas’, aunque finalmente hubo 50 mil muertos, por lo que se le reclamó a la Peste que no fueron mil vidas, sino muchas más, contestó que ella sólo se trajo mil vidas, que el resto murieron de miedo” y así estamos, “muriendo de miedo” en Sinaloa y en México.