Una flauta de caña

Rodolfo Díaz Fonseca
12 agosto 2026

En la columna anterior hablamos del papel del escritor, deteniéndonos en el ejemplo de Albert Camus; hoy, incursionaremos brevemente en los ejemplos de Rabindranath Tagore y Juan Ramón Jiménez.

Partiremos de un poema de León Felipe, donde cifra su grandeza en ser un simple romero, para: “que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero”.

Rabindranath, en su poema 7 de Gitanjali (que en sánscrito significa ofrenda de canciones, el cual fue traducido al español por la esposa de Juan Ramón Jiménez, Zenobia Camprubí), le dijo con humildad a su creador: “Permíteme, solamente, hacer mi vida sencilla y recta, como una flauta de caña para que la llenes de música”.

¡Qué bella imagen!, ser una simple flauta de caña que no cante su propia alabanza, sino que se deje inundar por la sublime melodía de Dios.

Ya, en el poema 1 del mismo Gitanjali, había dicho: “Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida. Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla de caña, y has silbado en ella melodías eternamente nuevas”.

Y en el poema 99, señaló: “Cuando yo tenga que dejar el timón, sabré que habrá llegado la hora de que lo tomes tú. Lo que haya que hacer será hecho al punto”.

De manera semejante, Juan Ramón Jiménez utilizó también la imagen de la flauta y expresó: “Le he puesto una rosa triste a la flauta melancólica: cuando cante, cantará con música y con aroma... Y será cual si unos dedos finos jugasen con sombra por los leves agujeros de la caña melodiosa...”.

¿Entono mi flauta?