Urge regular el ‘contenido chatarra’

Alberto Kousuke De la Herrán Arita
01 febrero 2026

Durante las últimas décadas, la humanidad ha librado una batalla feroz y visible contra la epidemia de la obesidad, aprendiendo a través de la ciencia y la política pública que no todas las calorías son iguales y que el entorno, saturado de azúcares y grasas, moldea nuestra salud. Sin embargo, mientras hemos logrado colocar sellos de advertencia en los envases de galletas y restringir la venta de refrescos en las escuelas, hemos dejado desprotegida la entrada más crítica de nuestro sistema biológico: nuestra atención, la cual hoy padece una nueva forma de malnutrición, no física sino neurológica, provocada por el consumo desmedido de lo que podríamos denominar “contenido chatarra” audiovisual.

Este fenómeno no ocurre solo en la privacidad de una habitación, sino que ha invadido el espacio público de una manera similar a como lo hicieron las máquinas expendedoras y la publicidad de comida rápida en los años noventa; hoy caminamos por ciudades donde las pantallas en la vía pública, elevadores, taxis, salas de espera y hasta en las gasolineras bombardean al transeúnte con fragmentos de información irrelevante, titulares sensacionalistas y videos de quince segundos diseñados para secuestrar la mirada, creando un entorno de “humo de segunda mano” digital donde la distracción es omnipresente y el silencio cognitivo se ha vuelto un lujo inaccesible.

Para comprender la urgencia de regular este bombardeo, es fundamental entender la neurobiología detrás del diseño de estas aplicaciones y contenidos, los cuales operan bajo mecanismos químicos precisos idénticos a los de la comida ultraprocesada. Al igual que una fritura está diseñada por ingenieros de alimentos para alcanzar el “punto de la felicidad” mediante la combinación exacta de sal y grasa, el contenido chatarra, caracterizado por su brevedad, cortes rápidos, saturación de color y recompensas inmediatas, explota el circuito de recompensa del cerebro, específicamente el núcleo accumbens.

Cada vez que consumimos la chatarra audiovisual, el cerebro libera una descarga de dopamina, no como una satisfacción profunda, sino como un pico efímero que genera la necesidad inmediata de repetición; esto debilita la corteza prefrontal, encargada de la planificación y el control de impulsos, y nos sumerge en un estado de “atención parcial continua” que fragmenta nuestra capacidad de concentración profunda, incrementa los niveles de cortisol y ansiedad, y nos vuelve cognitivamente sedentarios, incapaces de procesar narrativas complejas o tolerar el aburrimiento, tal como el paladar acostumbrado al azúcar rechaza el sabor sutil de un vegetal.

La regulación de este fenómeno, por tanto, no debe verse como un acto de censura sobre lo que la gente puede ver, sino como una intervención de salud pública sobre la arquitectura de la adicción, aplicando la misma lógica que usamos para regular la venta y consumo de productos nocivos en espacios compartidos.

Imaginemos un escenario donde, al igual que se prohíbe fumar en interiores o se limita la publicidad de alcohol cerca de escuelas, se establezcan “zonas libres de algoritmos” en espacios públicos y educativos; esto implicaría normativas que prohíban la reproducción automática de videos en pantallas públicas y la obligación de silenciar dispositivos en transportes colectivos para proteger la higiene mental del entorno, reconociendo que el ruido visual y auditivo constante es un contaminante neurológico.

Además, la regulación debe atacar el diseño mismo de las plataformas mediante un “etiquetado nutricional digital”, donde el usuario sea advertido explícitamente cuando una aplicación utiliza patrones oscuros o “dark patterns”, como el scroll infinito o las notificaciones de falsa urgencia, diseñados para maximizar el tiempo en pantalla a costa del bienestar del usuario, obligando a las empresas a introducir “fricción” en el diseño, como pausas obligatorias o la desactivación de la reproducción automática por defecto, devolviendo así al individuo la capacidad de decidir cuándo parar, similar a como los sellos octogonales en los alimentos nos obligan a pausar y considerar nuestra decisión de compra.

Ya existen precedentes que demuestran que domar a la bestia algorítmica es posible y necesario, marcando el inicio de una nueva era de responsabilidad tecnológica. El ejemplo más contundente proviene de China, donde la versión local de TikTok, Douyin, aplica un “modo juvenil” obligatorio para menores de 14 años que no solo limita el tiempo de uso a 40 minutos diarios, sino que altera radicalmente el “menú” del algoritmo, sustituyendo los bailes virales y bromas vacías por experimentos científicos, visitas a museos y contenido educativo, interviniendo directamente en la dieta cognitiva de la juventud; mientras tanto, en Occidente, la Unión Europea ha dado pasos gigantescos con la Ley de Servicios Digitales, que obliga a las grandes plataformas a evaluar y mitigar los riesgos sistémicos que sus algoritmos plantean para la salud mental y el discurso cívico, estableciendo que si un diseño es adictivo o dañino, la empresa es responsable de las consecuencias.

Así, la regulación del contenido chatarra audiovisual emerge no como una restricción a la libertad, sino como la única vía para recuperar nuestra soberanía cognitiva, garantizando que el entorno digital y físico deje de ser un buffet infinito de golosinas diseñado para explotar nuestros instintos más básicos y vuelva a ser un espacio habitable para la mente humana.