Variaciones al Amanecer
La última obra publicada en mayo por la poeta Cecilia Pablos se titula “Cántico al Amanecer”, compendio de poesía mística, que se complementa con la obra dramática “Amor en una esponja de vinagre”.
Es imposible comentar en pocas palabras el inmenso y rico caudal de palabras, metáforas, símiles y conceptos que enriquecen la poesía y prosa de Pablos. Sin embargo, me atrevo a hacer mi propia relectura y ofrezco estas variaciones surgidas sobre el “Cántico al Amanecer”.
Lo primero que debemos asentar es que, tanto la poesía como el misticismo, gravitan sobre la esfera del Absoluto. En efecto, ambos acercamientos lindan en los terrenos de lo abstracto, etéreo, espiritual, trascendente y, a la vez, cercano, devocional, hierático e inmanente.
Cecilia entabla un diálogo con un Dios casi tersura, casi paso de ciervo, pero sin olvidar que es un Dios que pende de la cruz casi como basura y vilipendiado siervo.
Un Dios que se ha partido como un pan en la cumbre de todos los misterios y se juega el absoluto en una tarde. Al comerlo, nos come, y lenta, apaciblemente, lo devoramos. ¿Es lo más por lo menos?
Es amor, sí, pero es un duro amor que anuda y desata. Yo sigo entre guerras todavía, no me sueltes la mano ni de tu mano. No soy sin ti, mi identidad es selva y el enigma del hombre viejo pende aún de mis pupilas. Pero, me pregunto: ¿Hay dramatismo amable?
Ante la inmensidad de Dios me contengo rebelado, para revelarme en el cerco de mi carne. Aquel hombre, en su hombro, carga la creación entera. El Gólgota -altar de los espantos- ha de forjar eternidades.
Dios es inmenso, es un amor transverberado. Estoy abrasado de amor y abrazado a su corazón (continúa).
¿Varío y desvarío?