Violencia doméstica y futbol: cuando los goles dejan de llegar
En un Mundial cuyos boletos se volvieron inaccesibles para la persona trabajadora promedio, la alegría ha encontrado su expresión en las calles. Un maremoto verde ha inundado el Zócalo, Paseo de la Reforma y plazas públicas de todo el País para celebrar los triunfos de la Selección Mexicana. Por unas horas, las preocupaciones cotidianas parecen quedar suspendidas y cientos de miles de personas se funden en una misma celebración alrededor de un equipo tricolor que ha hecho de su localía su principal fortaleza y de cada victoria una auténtica fiesta nacional.
Pocos acontecimientos logran capturar la atención de la población mundial como lo hace una Copa Mundial de Futbol. En 2022, el torneo reunió más de 5 mil millones de personas a través de distintas plataformas y dispositivos, y se espera que este año la audiencia sea aún mayor. En el deporte siempre hay quien gana y quien pierde; sin embargo, poco se habla de que un partido tiene más de dos tiempos, pues algunas de sus consecuencias apenas comienzan cuando concluyen los 90 minutos. En países de Latinoamérica y Europa, distintos estudios señalan que los casos de violencia íntima de pareja aumentan durante y tras partidos de futbol, tanto en ligas nacionales como en competiciones internacionales. Existe un grupo que siempre termina perdiendo, sin importar el resultado en la cancha: las mujeres víctimas de violencia doméstica.
¿Qué tienen que ver un gol, una derrota inesperada o un penal fallado con la violencia dentro del hogar? Desde hace más de una década, especialistas en economía, criminología y psicología han investigado la relación entre los partidos de futbol y la violencia íntima de pareja, y han encontrado patrones que hoy se repiten en distintos países y competiciones.
La violencia doméstica comprende cualquier acto de agresión física, psicológica, sexual, económica o de control ejercido entre integrantes de una familia o una pareja íntima, y constituye una de las manifestaciones más persistentes de la violencia contra las mujeres. Lejos de ser un problema exclusivamente privado, hoy se reconoce como un asunto de salud pública, derechos humanos y desarrollo social.
Aunque durante mucho tiempo se intentó explicar estos episodios a partir del temperamento o personalidad de la persona agresora, distintas investigaciones han mostrado que la violencia íntima de pareja es un fenómeno multifactorial, en el que interactúan factores psicológicos, sociales, económicos y culturales. El consumo de alcohol, el estrés económico, las normas tradicionales de género o cambios abruptos en el estado emocional pueden modificar temporalmente el riesgo de que ocurra un episodio de violencia.
La violencia no ocurre de manera aleatoria ni aislada, y ello ha llevado a la pregunta si determinados acontecimientos que son capaces de movilizar emocionalmente a cientos de miles de personas también podrían modificar temporalmente la probabilidad de que ocurra un episodio de violencia. Comunidades con gran afición a un deporte se convierten en laboratorios ideales para responder esta pregunta. No es el deporte, en sí mismo, el detonante de la violencia, sino un canal que concentra expectativas, identidad, frustración y euforia en un momento específico y compartido.
Desde la psicología experimental se ha documentado que emociones intensas como la frustración pueden reducir el autocontrol y favorecer respuestas impulsivas. En economía del comportamiento, por su parte, se ha observado que las personas experimentan las pérdidas con mayor intensidad que las ganancias. Una derrota inesperada, un penal fallado o un gol recibido en los últimos minutos pueden generar una sensación de pérdida mucho mayor que la satisfacción provocada por una victoria esperada. Cuando esas emociones se combinan con otros factores de riesgo, como el consumo de alcohol o normas tradicionales de masculinidad, pueden incrementar la probabilidad de que se produzcan episodios de violencia.
Lo que inicialmente parecía una percepción alimentada por anécdotas comenzó a encontrar respaldo en la evidencia científica. En las últimas dos décadas, investigaciones sobre la relación entre la violencia doméstica y el futbol han crecido en distintos países. Uno de los primeros estudios analizó los partidos de la selección inglesa durante las copas del mundo de 2002, 2006 y 2010. Los resultados mostraron que los reportes de violencia doméstica aumentaban un 38 por ciento cuando Inglaterra perdía, mientras que una victoria o un empate se asociaban con un incremento del 26 por ciento. En Escocia, investigaciones posteriores encontraron que los clásicos entre Rangers y Celtic incrementaban los casos de violencia doméstica registrados en las 24 horas posteriores, independientemente del resultado del encuentro. A diferencia del caso inglés, el simple hecho de disputarse uno de los partidos con mayor rivalidad de la región parecía ser suficiente para elevar el riesgo.
Lejos de tratarse de casos excepcionales, la evidencia también se muestra en distintos contextos, ligas y competencias. En Colombia, durante los mundiales 2014 y 2018, cuando la Selección jugaba, se incrementó la violencia de pareja entre un 26 y un 39 por ciento. En la ciudad de Cali, otro estudio encontró que los días de futbol se relacionaban con un mayor riesgo de homicidios, especialmente cuando los encuentros se disputaban como local.
En Costa Rica, por su parte, las denuncias por violencia doméstica también aumentan después de los partidos televisados, independientemente del resultado. Más recientemente, en Brasil, investigaciones mostraron que las derrotas inesperadas incrementan los reportes policiales de violencia doméstica en un 66 por ciento cuando se enfrentan equipos de la misma ciudad, reforzando la idea de que las expectativas de los aficionados desempeñan un papel central en este fenómeno.
Diferentes regiones, diferentes culturas, diferentes ligas y competiciones, pero una misma dirección en los resultados: los partidos de futbol pueden actuar como un canal a través del cual ciertos detonantes temporales activan episodios de violencia, exacerbando reacciones, sentimientos e impulsos frente a una herida social ya existente. La pregunta surge inevitablemente para el caso mexicano, donde la euforia por el Mundial ha inundado nuestras calles, y el Tricolor ganó todos sus tres partidos iniciales: ¿qué puede ocurrir cuando los goles dejan de llegar?
En México, la violencia contra las mujeres dista mucho de ser un fenómeno desconocido. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), en 2021 siete de cada 10 mujeres habían experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. En cuatro de cada diez casos, el agresor había sido su propia pareja. En un contexto donde la violencia ya representa una realidad cotidiana para millones de mujeres, resulta inevitable preguntarse si el futbol, el deporte de mayor afición en el país, también puede actuar como detonante temporal de estos episodios.
Un primer acercamiento sobre esta pregunta proviene de una investigación realizada para México con datos de la Liga Mexicana de Futbol y registros administrativos de lesiones y defunciones de mujeres asociadas con violencia dentro del hogar. Sus resultados deben leerse con cautela, ya que el objetivo de la investigación es explorar si ciertos resultados deportivos pueden coincidir con variaciones temporales en estos episodios.
Los resultados mostraron un patrón que, aunque distinto al observado en otros países, apunta en la misma dirección. Cuando un equipo local empataba un partido que se esperaba ganar, las lesiones asociadas con la violencia doméstica aumentaban un 5 por ciento y las defunciones relacionadas con estos hechos crecían un 15 por ciento. En contraste, cuando el resultado esperado de victoria sí se concretaba, la violencia disminuía. Aunque esta evidencia representa apenas un primer paso para el caso mexicano, invita a mirar el futbol desde una perspectiva distinta, donde una problemática social profundamente arraigada puede hacerse más visible.
La violencia doméstica es una problemática profundamente arraigada en nuestra sociedad, cuya normalización ha contribuido a invisibilizarla durante décadas. Un reflejo de ello son los memes y publicaciones satíricas que inundan las redes sociales tras el ya conocido lema de “pierde mi equipo, pierde mi familia”, donde una realidad dolorosa termina convirtiéndose en motivo de humor.
Por ello, resulta indispensable visualizar el problema y fortalecer políticas y campañas que atiendan sus causas para reducir su incidencia. Si bien no es posible atribuirla a un único factor o erradicarla por completo, identificar los elementos que pueden detonar temporalmente un episodio de violencia resulta de enorme importancia, especialmente cuando algunos de esos detonantes provienen de acontecimientos de corto plazo, repetitivos y, más importante aún, predecibles.
Conocer estos patrones no busca limitar la celebración del futbol, sino aprovechar ese conocimiento para prevenir una violencia que, para miles de mujeres, comienza cuando el partido termina. Más allá de la narrativa sobre el futbol y la violencia doméstica, este fenómeno deja dos reflexiones importantes. La primera es reconocer que existen factores que pueden incidir temporalmente en la violencia. Solo a partir de ese reconocimiento será posible diseñar intervenciones que busquen prevenir o reducir estos episodios. La segunda es identificar a los actores que, de manera directa o indirecta, participan en este fenómeno. Reconocer esa participación también implica discutir las responsabilidades que cada uno tiene, no solo frente a los costos sociales de la violencia, sino también frente al papel que pueden desempeñar para prevenirla.
La violencia asociada al deporte no debe entenderse como un problema exclusivo del futbol. Lo que exige es una mirada más amplia: instituciones, medios, organizaciones deportivas, jugadores y gobiernos tienen un papel en la construcción de entornos de respeto y convivencia dentro y fuera de la cancha. Gritemos los goles, pero no dejemos que el ruido del estadio oculte una violencia que también ocurre. Porque para muchas mujeres, el partido no termina con el silbatazo final.
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El autor es Alejandro Parada, economista por el Tecnológico de Monterrey, matemático por la UNAM y doctorante en economía de El Colegio de México.
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Seminario sobre violencia y paz: Conocimiento aplicado sobre la violencia criminal y de la construcción de la paz desde el Colegio de México