Viste lo que yo vi

Fernando García Sais
01 julio 2026

Hay frases que, con el paso de los años, adquieren un significado distinto al que tuvieron cuando fueron pronunciadas.

Nací en 1975. Debí tener unos 10 años, quizá era 1985, cuando los domingos mi papá solía llevarnos a pasear en la “guayina” después de terminar su jornada.

Era médico cardiólogo y, como ocurre con muchos médicos, el día nunca terminaba del todo: siempre había un paciente en el hospital, una llamada pendiente o una urgencia que revisar. Pero cuando lograba liberarse cerca del mediodía, le gustaba subirse al carro, Pacífico en mano, y recorrer con la familia el malecón de Mazatlán.

Vivíamos en Olas Altas. Salíamos del centro y tomábamos rumbo al norte, hacia esa ciudad que entonces parecía abrirse poco a poco frente al mar: la Zona Dorada.

En aquel tiempo Mazatlán tenía otra atmósfera. Había una presencia visible de turistas norteamericanos, hombres y mujeres; entre ellas, muchas jóvenes, probablemente de California o de otros lugares de la costa del Pacífico estadounidense, que caminaban por las banquetas con la naturalidad de quien se siente de vacaciones y a gusto en una ciudad de playa.

Llevaban esa forma relajada, californiana, despreocupada de vestir para el calor: shorts, blusas ligeras, trajes de baño, bikinis, sandalias. Para mí, niño de 10 años, aquello era parte del paisaje. No le prestaba demasiada atención. Mi papá sí.

Tremendo el “Tapón”, como le decían por su corta estatura. Mientras manejaba, volteaba a verme y preguntaba con una sonrisa cómplice: -Oye, Nando, ¿viste lo que yo vi? Y yo, sin entender del todo el alcance de la pregunta, respondía: -Sí, sí vi lo que viste.

Ahora, 40 años después, comprendo mejor qué era lo que él veía. No era solamente a una mujer atractiva caminando por la calle. Veía una ciudad viva, cosmopolita, abierta al mundo, conectada con una idea de vacaciones que entonces Mazatlán sabía vender muy bien: sol, mar, libertad y alegría.

Mazatlán tenía algo de California, no porque quisiera copiarla, sino porque compartía con ella una vocación natural: el Pacífico, la playa, el clima y la posibilidad de vivir hacia afuera. Había hoteles llenos, restaurantes que trabajaban para visitantes extranjeros y condominios que empezaban a ser comprados por personas que regresaban año con año. Algunos de aquellos jóvenes que venían en grupos universitarios, en vacaciones de primavera o simplemente a divertirse, terminaron convirtiéndose después en residentes, propietarios, empresarios y vecinos.

No todos, y quizá ni algunos, venían a rezar ni a comportarse como si estuvieran en una biblioteca. Venían a divertirse. Bebían, iban a fiestas, se reunían entre ellos y hacían ruido. Como lo hacen los jóvenes de casi cualquier parte del mundo cuando llegan a una ciudad de playa.

Sin embargo, en algún momento Mazatlán comenzó a verlos más como una amenaza moral que como una oportunidad turística. Tuvimos gobiernos y autoridades locales que, desde una visión conservadora y moralizante, parecían convencidos de que los llamados college tours y los spring breakers venían a corromper los valores de la ciudad. Se fue instalando la idea de que había que poner distancia entre Mazatlán y ese turismo: limitarlo, dificultarlo, hacerlo sentir incómodo, como si su presencia fuera una vergüenza que debía esconderse.

No se trataba de tolerar delitos ni excesos. Ninguna ciudad debe hacerlo. Pero entre exigir orden y expulsar una forma entera de turismo hay una diferencia enorme. El resultado fue que Mazatlán dejó de competir por ese visitante internacional joven, espontáneo y de larga tradición vacacional. Perdimos una parte de nuestra conexión con Estados Unidos y Canadá. Perdimos presencia cultural, inversión inmobiliaria, hábitos de hospitalidad y una cierta idea de apertura.

Y mientras rechazábamos, o al menos dejábamos de cuidar, esa vocación turística, la ciudad fue llenándose de otra estética y de otros códigos. Hoy Mazatlán vive un auge indiscutible. Hay más construcción, más visitantes nacionales, más desarrollos, más restaurantes y más movimiento económico. Sería absurdo negarlo. También sería absurdo despreciar la música regional, la banda o las expresiones populares que forman parte de nuestra cultura. Ni la banda, el sombrero o la troca son el problema.

Mazatlán debe poder escuchar banda, por supuesto, pero también reggae, rock, jazz, música electrónica, trova, música clásica y las innumerables formas musicales que hoy ya conviven en la ciudad. Una ciudad verdaderamente turística no impone un solo ritmo: deja que distintos públicos encuentren su espacio.

Pero cuando la ciudad parece renunciar a esa diversidad y comienza a enviar el mensaje de que sólo una manera de divertirse, de ocupar el espacio público y de mostrar éxito es bienvenida, empieza a presentar un problema que tenemos que resolver.

No podemos reducir nuestro puerto a un ruido permanente. Los vecinos del Centro Histórico, del Vigía y de la Nevería conocen ya todas las canciones que repiten las aurigas y pulmonías. Su sueño y su descanso parecen no importarle al policía en turno. Cuando la identidad turística se reduce al ruido permanente, a la ostentación, a la invasión sonora de las calles y a una lógica de “aquí mando yo”, la ciudad deja de ser cómoda para muchos de sus propios habitantes y también para visitantes que podrían aportar mucho más que una reservación de hotel o una cuenta en un restaurante.

Al visitante, nacional o extranjero, se le debe recibir no sólo por su dinero, sino porque, bien recibido e integrado, puede colaborar en la construcción de comunidad.

Basta mirar lo que ha ocurrido en el Centro Histórico y en distintos rincones de Mazatlán. Hay extranjeros que no llegaron solamente a tomar el sol unos días. Compraron una casa antigua, restauraron una fachada, ayudaron a sostener un negocio, se involucraron en actividades culturales, apoyaron causas sociales, participaron en la protección de animales, promovieron el cuidado de las playas o simplemente adoptaron una forma más consciente de relacionarse con el espacio público.

No se trata de idealizarlos ni de suponer que toda persona extranjera viene a enseñarnos algo. Mazatlán no necesita complejos de inferioridad frente a nadie. Tiene cultura, talento, hospitalidad, historia y una identidad propia muy poderosa.

Pero sí debemos reconocer que convivir con personas de otras ciudades y otros países puede ampliar nuestra conversación pública. Puede acercarnos a prácticas que en algunos lugares se han desarrollado con mayor intensidad: el cuidado ambiental, el respeto al peatón, la recuperación del patrimonio, la reducción del ruido, la protección de la fauna, la limpieza de las playas, el reciclaje, la cultura de comunidad y la exigencia de mejores espacios urbanos.

La ciudad no tendría que elegir entre ser mexicana, sinaloense y orgullosa de su música, o ser internacional, plural y hospitalaria con visitantes de California, Canadá, Europa, Sudamérica y el resto de México. Puede ser ambas cosas.

A veces recuerdo a mi papá manejando desde Olas Altas hacia la Zona Dorada, mirando de reojo aquel Mazatlán abierto, luminoso, lleno de visitantes que caminaban sin prisa bajo el sol. -¿Viste lo que yo vi?, me preguntaba. Hoy creo que sí. Vi una ciudad que no tenía miedo de mirar hacia el mundo. Una ciudad que recibía visitantes sin dejar de ser mazatleca. Una ciudad que entendía que el turismo no consiste solamente en llenar hoteles, sino en crear un ambiente donde distintas personas quieran quedarse, regresar, invertir, convivir y cuidar lo que encontraron.

La pregunta ya no es si Mazatlán puede crecer. Está creciendo. La pregunta es si podremos construir una ciudad en la que otros quieran vivirla y protegerla.

Ante Notario

El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.