Vivir en Culiacán: la ciudad que modifica nuestra biología humana

Alberto Kousuke De la Herrán Arita
06 septiembre 2026

Hay ciudades que cambian sin que sus habitantes se den cuenta. Se construyen nuevas calles, desaparecen terrenos baldíos, aparecen fraccionamientos, aumentan los automóviles, disminuyen los árboles y el clima se vuelve más extremo. Culiacán está experimentando muchos de estos cambios. La pregunta que pocas veces nos hacemos es mucho más profunda, ¿qué le está haciendo esta ciudad al cuerpo humano?

No se trata solamente de preguntarnos si Culiacán es más caliente, más violento, o más urbanizado que antes. Se trata de entender que el ser humano no vive separado de su entorno. El cerebro, el sistema inmunológico, el metabolismo, las hormonas y el reloj biológico están permanentemente interpretando las condiciones ambientales. Nuestro organismo recibe información del exterior y responde a ella. La ciudad, por lo tanto, también en un estímulo biológico.

Culiacán es un ejemplo particularmente interesante porque reúne varios estresores ambientales y sociales. Es una ciudad cálida, con una expansión urbana importante, rodeada por una intensa actividad agrícola y sometida en los últimos años a episodios prolongados de violencia e inseguridad. Estudios recientes han mostrado que la distribución del calor urbano no es homogénea y que las zonas con menor vegetación y mayor marginación pueden presentar una mayor vulnerabilidad térmica (Borbolla-Gaxiola y colaboradores).

Pero el calor no es simplemente una incomodidad. El cuerpo humano necesita mantener su temperatura dentro de un rango relativamente estrecho para funcionar correctamente. Cuando la temperatura ambiental aumenta, el organismo debe invertir energía para disipar calor. Se incrementa la circulación sanguínea hacia la piel, aumenta la sudoración y se modifica el equilibrio de líquidos y electrolitos. Si esta exposición es intensa o prolongada, puede convertirse en un estrés fisiológico importante, particularmente para personas con enfermedades cardiovasculares, renales o metabólicas.

Investigaciones realizadas en la ciudad han encontrado que, debido a su condición de agrociudad, las temperaturas superficiales pueden comportarse de manera distinta dependiendo de la época agrícola. La cobertura de los cultivos, la humedad del suelo y los cambios de vegetación periurbana pueden generar incluso fenómenos de “isla de frío urbano” en determinados periodos. Esto significa que el organismo humano que vive en Culiacán no está expuesto a un ambiente térmico estático, sino que vive dentro de un ecosistema que cambia constantemente. Esto altera nuestro cerebro.

Uno de los sistemas más sensibles a los cambios ambientales es el sistema circadiano. Nuestro organismo posee un reloj biológico que organiza el sueño, la vigilia, la secreción hormonal, la temperatura corporal, el metabolismo y numerosas funciones inmunológicas. La luz es uno de sus principales sincronizadores. Durante el día, la exposición a la luz ayuda a mantener el reloj biológico alineado con el ambiente; durante la noche, la oscuridad favorece la producción de melatonina y la preparación fisiológica para el sueño.

Aquí aparece una característica peculiar de vivir en una ciudad como Culiacán, la noche también está cambiando.

La inseguridad puede modificar el momento en que las personas salen de casa, realizan actividad física, conviven, trabajan o regresan del trabajo. Puede reducir la exposición a la luz natural y aumentar el tiempo que permanecemos dentro de espacios cerrados. Puede hacer que algunas personas eviten caminar de noche o que modifiquen sus horarios cotidianos. El problema es que esos cambios conductuales pueden convertirse en cambios biológicos.

La investigación reciente sobre violencia comunitaria en Culiacán (coordinado por su servidor) aporta una evidencia importante. En un estudio longitudinal realizado con residentes de la ciudad, las modificaciones conductuales asociadas con la inseguridad permanecieron extraordinariamente altas durante el seguimiento, aunque algunos indicadores de estrés psicológico y presión económica disminuyeron, las modificaciones de las rutinas cotidianas persistieron en la gran mayoría de los participantes. En otras palabras, la gente parece adaptarse a la violencia, pero no necesariamente vuelve a comportarse como antes. Esta observación es fundamental. Adaptarse no significa necesariamente estar bien.

El cuerpo puede acostumbrarse a una situación adversa sin dejar de pagar un precio biológico por ella. Un ejemplo es el estrés crónico. Cuando una persona percibe una amenaza, el organismo activa sistemas destinados a mantenerla alerta y preparada para responder. El eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal participa en esta respuesta y modifica la secreción de cortisol (la hormona del estrés). El problema aparece cuando una respuesta diseñada para ser temporal se mantiene durante semanas, meses o años.

En Culiacán, la violencia puede convertirse así en algo más que un acontecimiento social. Puede convertirse en un estímulo fisiológico repetitivo.

Esto resulta particularmente interesante cuando lo relacionamos con el sueño. El sueño no es simplemente un periodo en el que dejamos de estar despiertos. Durante el sueño ocurren procesos fundamentales de regulación metabólica, inmunológica y cerebral. La actividad de las células gliales cambia, se modifican las interacciones entre neuronas y sistema inmunológico y se favorecen procesos relacionados con la eliminación de determinados productos metabólicos del cerebro.

Cuando una ciudad modifica de manera persistente los horarios, la exposición a la luz, el nivel de estrés, la actividad física y la temperatura nocturna, está modificando indirectamente la fisiología con la que su población duerme.

Aquí aparece la melatonina. Este compuesto no es simplemente la “hormona del sueño”. Es una señal temporal que ayuda al organismo a saber cuándo es de noche. Su producción depende de la sincronización entre el reloj biológico y el ambiente. Investigaciones recientes de un grupo de la Facultad de Medicina de la UAS (coordinado por su servidor) han estudiado incluso cómo el momento de administración de melatonina puede influir sobre la retención de memoria durante la restricción del sueño.

Esto permite pensar en algo que normalmente pasa desapercibido, dos personas que viven en la misma ciudad pueden estar viviendo biológicamente en ciudades diferentes. Una puede caminar al aire libre durante la mañana, exponerse a la luz natural, realizar actividad física y dormir en un ambiente oscuro y fresco. Otra puede pasar gran parte del día en espacios cerrados, exponerse a pantallas durante la noche, dormir con calor, mantener horarios irregulares y permanecer en casa por miedo a salir.

Ambas viven en Culiacán. Pero sus relojes biológicos probablemente no están recibiendo la misma información.

La violencia también puede producir otro fenómeno, la hipervigilancia (estado constante de alerta). Cuando una persona percibe que el entorno puede ser peligroso, aprende a prestar mayor atención a señales potencialmente amenazantes. En términos evolutivos, esto tiene sentido. El cerebro está diseñado para detectar peligros y aumentar la probabilidad de supervivencia. El problema es que un sistema de alarma que permanece encendido demasiado tiempo puede tener consecuencias.

La adaptación conductual observada recientemente en Culiacán sugiere precisamente que algunas respuestas protectoras pueden persistir incluso cuando disminuyen otras manifestaciones de angustia. La persona puede dejar de sentirse permanentemente aterrorizada, pero continuar evitando determinados lugares, modificar sus horarios, reducir actividades nocturnas o permanecer más tiempo dentro de casa. Es decir, la violencia puede terminar incorporándose a la arquitectura de la vida cotidiana.

Y cuando una conducta se mantiene durante años, puede terminar afectando la biología. Menos movilidad significa menos actividad física. Menos actividad física puede favorecer alteraciones metabólicas. Permanecer más tiempo dentro de casa puede disminuir la exposición a la luz natural. Dormir con temperaturas elevadas puede deteriorar la calidad del sueño. El estrés puede modificar el eje hormonal. El sueño insuficiente puede favorecer alteraciones inmunológicas y metabólicas. Y la inflamación crónica puede convertirse en un puente entre muchos de estos procesos.

Por eso resulta insuficiente estudiar cada problema por separado. No deberíamos estudiar únicamente el calor (ni solamente la violencia, el sueño, la obesidad, o la salud mental). Quizá lo que estamos observando sea un síndrome urbano de adaptación, una serie de modificaciones conductuales y fisiológicas producidas por la exposición simultánea y prolongada a múltiples estresores ambientales.

Esto no significa que vivir en Culiacán vaya a producir necesariamente una enfermedad. Sería científicamente incorrecto afirmarlo. Significa algo más interesante, que las condiciones ambientales y sociales de una ciudad pueden modificar algunos de los sistemas biológicos que participan en la salud cerebral.

Y esto nos obliga a cambiar la forma de hablar de salud pública. Durante mucho tiempo hemos pensado que una ciudad saludable es aquella que tiene hospitales suficientes, medicamentos disponibles y médicos capacitados. Todo eso es indispensable, pero no es suficiente. Una ciudad también puede enfermar a sus habitantes antes de que éstos lleguen al hospital.

Por eso, quizá la pregunta correcta para Culiacán no sea solamente cuántas personas padecen hipertensión, diabetes, obesidad, depresión o deterioro cognitivo. La pregunta más profunda sería: ¿qué características de la ciudad están contribuyendo a producir esas enfermedades?

Responderla requeriría combinar epidemiología, neurociencia, arquitectura, climatología, psicología, nutrición, inmunología y ciencias sociales. Tal vez dentro de algunos años miremos hacia atrás y comprendamos que el gran problema no era únicamente que Culiacán se estuviera haciendo más caliente, más grande, o más inseguro. El verdadero fenómeno era que sus habitantes estaban aprendiendo biológicamente a vivir bajo esas condiciones.

La pregunta entonces dejará de ser cuánto ha cambiado la ciudad, será otra mucho más inquietante: ¿en qué tipo de seres humanos nos estamos convirtiendo para poder vivir en ella?

Gaxiola, C. B., Gallardo, M. G. O., & Medina, L. R. Z. (2024). Caracterización de las islas de calor urbanas superficiales en una agrociudad. El fenómeno de isla de frío urbano en Culiacán, México. Quivera Revista De Estudios Territoriales, 26(2), 73. https://doi.org/10.36677/qret.v26i2.22970

Alemán-Villa, K. M., Sosa-Arámbula, H. J., Armienta-Rojas, D. A., ... & De La Herrán-Arita, A. K. (2025). The role of melatonin timing on short-term memory retention during sleep restriction. Psychopharmacology, 243(4), 851–860. https://doi.org/10.1007/s00213-025-06887-8

Rábago-Monzón, Á. R., Alemán-Villa, K. M., Terán, E., ... & De La Herrán-Arita, A. K. (2026). A longitudinal study of psychosocial and behavioral adaptations to continuous community violence in Culiacán, Sinaloa, México. International Journal of Environmental Research and Public Health, 23(8), 1029. https://doi.org/10.3390/ijerph23081029