Vivir y filosofar
Un antiguo principio filosófico, decía: “Primero vivir, luego filosofar”. Sin embargo, no todos los autores están convencidos de este axioma, pues se presta a equívocos y a torvos negocios. En efecto, señaló el ensayista español, Eugenio D’Ors: “Aquí no conozco ni el antes ni el después. Obedezcamos más bien la inexorable ley de una simultaneidad en este punto”.
Sin meditar demasiado, prosiguió: “Meditación de filosofía, sorda al vivir, es un desvarío. Hora de vivir, ciega a filosofía, una vileza”. En definitiva, no se puede establecer una línea divisoria entre vida y filosofía, ni entre filosofía y vida. La filosofía debe hacerse vida, y la vida debe ser iluminada por la filosofía.
Meditando profundamente, D’Ors apuntó: “Ni sé vivir sin respirar ideas inmortales, ni sé reflexionar sin que en mi reflexión entren elementos de diálogo; quiero decir, de comunión del vivir propio y ajeno”.
Yendo un poco más allá, D’Ors reiteró que las ideas que provienen del pensamiento filosófico no deben estar separadas de la realidad, por el simple hecho de que esas ideas deben convertirse en hábitos que motiven y conduzcan a la acción:
“Conviene que vivas tu vida de tal manera que tus actos se continúen en el tiempo de modo infatigable, que se repitan, que se hagan cotidianos... Pero conviene también que tu corazón renueve cada mañana la novedad, el interés, la emoción y por tanto la poesía”.
Claro, para que el pensamiento filosófico sea pródigo y congruente se requiere una gran dosis de disciplina, como precisó Jaime Nubiola: “Al trabajador de la inteligencia lo que le esteriliza es la acrasia, la debilidad de la voluntad, el ir de acá para allá de un tema a otro, de un libro a otro, de un trabajo a otro”.
¿Vivo y filosofo? ¿Filosofo y vivo?