Vocación patética

Rodolfo Díaz Fonseca
02 marzo 2026

“Sufrir me tocó a mí en esta vida”, dice la estrofa inicial de la canción “Sufrir”, que interpretaba el grupo “Los Solitarios”. De manera análoga, el rezo de la oración “La Salve”, afirma que vivimos “desterrados en este valle de lágrimas”.

Sin embargo, la vida no se reduce al dolor y sufrimiento, aunque contenga abundantes dosis de este acerbo elemento. El optimismo y la alegría son también parte sustancial del periplo vital de nuestra existencia.

En la música, Beethoven y Tchaikovsky nos legaron dos obras con una carga profundamente emocional y sublime: la sonata y la sinfonía patética, respectivamente. La palabra patética proviene del griego “pathos”, que significa emoción, sentimiento o enfermedad (de ahí deriva patológico).

La Sonata Patética, también conocida como Sonata para Piano no. 8, la compuso Beethoven cuando tenía 27 o 29 años. La sonata es innovadora y arrebatadamente pasional, pues combina momentos agitados y serenos interpretados con maestría dramática y emocional virtuosismo.

La Sinfonía no. 6, Patética, recibió este nombre sugerido por Modest Tchaikovsky, hermano de Piotr, quien reconoció que sus ojos se llenaron de lágrimas mientras la componía.

El primer movimiento comienza con un adagio y con un solo de fagot demasiado lúgubre. Sin embargo, con un allegro ma non troppo parece que el amor florece con gran intimidad y dulzura.

El segundo movimiento presenta un elegante vals con maravillosos sentimientos, que parece eclipsar al final con algunas dudas.

El tercer movimiento es una impresionante y ascendente marcha del triunfo del amor; sin embargo, el cuarto movimiento es un andante lamentoso, en el que las notas descienden paulatinamente prefigurando la inevitable sombra de la muerte.

El 4, 5 y 6 de marzo refrendan mi vocación patética, con el recuerdo del fallecimiento de tres familiares: hija, madre y hermano.

¿Sublimo mi patetismo?