‘Yo viví la bomba atómica’, un libro (2)
El Padre Pedro Arrupe, autor del libro “Yo viví la bomba atómica”, publicado por vez primera en 1952, vivió el brutal acontecimiento cuando se desempeñaba como maestro de novicios de la Compañía de Jesús en Japón. El noviciado de Nagatsuka estaba a seis kilómetros del sitio donde cayó la bomba, en Hiroshima.
Antes de entrar de jesuita había estudiado Medicina, y convierte el noviciado en un hospital de campaña, para atender a las víctimas de la bomba atómica.
Su testimonio da cuenta de las carencias y las enormes dificultades para atender a los heridos inmediatamente después de la explosión. No había suficientes médicos, medicinas, alimentos ni instalaciones sanitarias. Las heridas producto de la radiación atómica se presentaban como algo desconocido. ¿Cómo atenderlas?
Su relato, es el de un sacerdote que, de manera directa cura, acompaña, consuela y comparte el sufrimiento.
Y subraya que detrás de las cuantiosas cifras de muertos y heridos existen personas concretas. Los sobrevivientes aparecen marcados por quemaduras, heridas y una situación de desconcierto absoluto. Su testimonio, combina la experiencia del testigo, la del sacerdote y la del médico que participa directamente en las labores de auxilio a las víctimas y sus familias.
La experiencia de Hiroshima representa una ruptura fundamental en la historia contemporánea. Hasta entonces, las guerras habían conocido armas de enorme poder destructivo, pero la bomba atómica introdujo una capacidad de destrucción radicalmente nueva. El testimonio de Arrupe muestra esa ruptura desde el terreno mismo. La ciudad y sus habitantes desaparecen en cuestión de segundos.
Su lectura de los hechos es una reflexión sobre los límites de la civilización moderna. La ciencia había conseguido producir una nueva fuente de energía y, al mismo tiempo, había hecho posible un instrumento capaz de provocar una destrucción masiva. Su preocupación fundamental es: ¿qué sucede con el ser humano cuando la capacidad técnica de destrucción supera todos los límites conocidos?
El testimonio de Arrupe da cuenta de que, ante el dolor y el sufrimiento de otros, la única respuesta es estar junto a quienes sufren, que ante la catástrofe humana solo queda la solidaridad. El ser humano y el jesuita responde con acciones concretas. No puede detener la guerra ni modificar las decisiones de los gobiernos, pero puede atender a las personas heridas, que lo necesitan.
Más de ocho décadas después de lo que ocurrió en Hiroshima, Yo viví la bomba atómica conserva una notable actualidad. Su mensaje fundamental no es político ni militar. Es humano. La guerra puede analizarse desde los intereses de los Estados, pero sus consecuencias recaen finalmente sobre personas concretas, que son las que padecen las consecuencias de las decisiones políticas y militares. Su testimonio es una defensa de la dignidad humana frente a toda forma de violencia. Arrupe nos obliga a mirar la guerra desde el lado de las víctimas.
El libro es, simultáneamente un documento histórico, un testimonio personal y una reflexión espiritual. Su importancia no se limita a describir lo ocurrido aquel día. La experiencia de Hiroshima marcó profundamente la vida de Arrupe y contribuyó a formar su concepción de la misión cristiana: estar junto al ser humano, especialmente cuando se encuentra en situaciones de sufrimiento extremo.
El libro tiene dos apéndices: La Iglesia católica en el Japón, y Alocución del Emperador de Japón, el 1 de enero de 1946.
En 1965, el Padre Pedro Arrupe es elegido superior general de la Compañía de Jesús y deja Japón, después de haber vivido 27 años, para trasladarse a Roma. Tuve el privilegio de conocerlo y en dos ocasiones platiqué con él, una de ellas, en una reunión que duró tres horas, en Puebla, México.
Yo viví la bomba atómica
Pedro Arrupe, S. J.
Ediciones Mensajero
Bilbao, España, 2025.
95 páginas.