‘Haberme formado sola me hizo fuerte’: Guillermina, la mujer que se hizo a sí misma en el Centro de Culiacán

Daniela Flores
08 marzo 2026

Desde Pachuca, llegó a la capital de Sinaloa siendo una niña, donde creció prácticamente sola y más tarde sacó adelante a 10 hijos mientras levantaba su propio puesto ambulante

CULIACÁN._ Antes de convertirse en madre, comerciante y sostén de una familia numerosa, Guillermina fue una niña que aprendió a arreglárselas sola.

Llegó a Culiacán cuando tenía apenas 12 años y desde entonces su vida estuvo marcada por la ausencia de familia, el trabajo temprano y la necesidad de aprender a sobrevivir sin nadie que la cuidara.

Guillermina dice que desde muy pequeña entendió que nadie iba a cuidar de ella.

No conoció a sus padres. Creció con su abuela en Pachuca, una mujer que recuerda como “muy dura”.

En esa época, los golpes, los regaños y la disciplina estricta eran parte de la vida cotidiana, y aunque hoy intenta justificarlo por los tiempos en que vivían, su infancia estuvo marcada por esa distancia.

Cuando tenía 12 años llegó a Culiacán con sus padrinos, después de que su padrino, militar, fuera trasladado a la ciudad a finales de los años 60.

El cambio fue también una ruptura. Aquí comenzó a trabajar como niñera cuidando a los hijos de la pareja. No era una etapa de juegos ni de escuela: era trabajo, responsabilidades y aprender a sostenerse desde muy joven.

Con el tiempo dejó atrás a la familia que había tenido en Pachuca.

Dice que la decisión fue sencilla, como si desde entonces hubiera entendido que su vida dependía únicamente de ella misma.

“Haberme formado sola me hizo fuerte”, dice mientras intenta explicar lo que significó crecer sin una red familiar.

La adolescencia tampoco fue sencilla. A los 15 años tuvo a su primer hijo. Después vendrían más, hasta llegar a 10.

No recuerda si los planeó. Lo que sí recuerda es que no había alternativa: tenía que sacarlos adelante.

Su esposo también trabajaba en la calle vendiendo mangos y donas, pero tenía problemas con el alcohol. Con el tiempo, gran parte de la responsabilidad recayó en ella.

Hubo años especialmente difíciles. Periodos en los que no tenían casa y vivían de prestado, sin camas y sin un lugar fijo donde quedarse.

Guillermina tenía que resolver todos los días cómo alimentarlos, vestirlos y llevarlos a la escuela mientras buscaba la forma de ganar dinero.

“Lo más duro era no tener dónde meterlos”, recuerda.

Poco a poco empezó a comprar lo que podía. Con el tiempo logró hacerse de un terreno y levantar un espacio que pudiera llamar hogar.

Cuando finalmente pudo estabilizar un poco su vida, tomó otra decisión difícil: sacó a su esposo de la casa. A partir de entonces siguió sola, criando a sus 10 hijos sin apoyo.

Su historia como comerciante ambulante comenzó a finales de los años 70. Al principio vendía desde una caja de madera en las banquetas angostas de la calle Miguel Hidalgo.

Con los años consiguió un lugar más grande a un lado del Mercado de las Flores, en el Centro de la ciudad. Ahí ha trabajado durante más de 35 años, vendiendo frutas, dulces y pequeñas mercancías.

Guillermina nunca estudió. Y aunque no todos sus hijos pudieron terminar la escuela, ella los vio crecer, encontrar trabajo y construir su propio camino.

Cuando habla de su pasado, no menciona resentimiento.

“No tengo dolor de mamá ni de papá. No me hizo falta”, dice con naturalidad. Nunca los conoció.

Hoy, a sus 66 años, sigue atendiendo su puesto todos los días: acomoda frutas, organiza la mercancía, habla con los clientes y cuida lo que ha logrado levantar con décadas de trabajo.

“Cuando te formas sola no te da miedo nada, porque desde chica te acostumbras a llevar una vida, a valerte por ti misma y a saber quién eres”, afirma.