Imprimen su amor Raúl Francisco Montaño y María Guadalupe Escobosa

06 noviembre 2015

"Imprimen su amor Raúl Francisco Montaño y María Guadalupe Escobosa"

Mónica Herrera

Raúl Francisco Montaño Iruretagoyena y María Guadalupe Escobosa de Montaño sorprenden a la sociedad culiacanense al aparecer su enlace hace 35 años en la primera edición del periódico Noroeste, en la portada de la entonces sección Sociales; hoy platican la historia de su unión matrimonial 

Raúl Francisco Montaño Iruretagoyena y María Guadalupe Escobosa de Montaño sorprenden a la sociedad culiacanense al aparecer su enlace hace 35 años en la primera edición del periódico Noroeste, en la portada de la entonces sección Sociales; hoy platican la historia de su unión matrimonial

Es una tarde lluviosa. El timbre suena, alguien pregunta por el auricular, "¿quién es?" "¡De Noroeste!", en ese momento la puerta se abre a 35 años de recuerdos de la familia Montaño Escobosa.

Regresan en el tiempo
Con algunos cambios hechos hace años; los cuadros firmados por Marcela, la hija más pequeña, y un baúl que guarda la historia de su descendencia, la sala de su casa se convirtió en el escenario ideal para regresar a los inicios del núcleo familiar.
María Guadalupe Escobosa de Montaño y Raúl Francisco Montaño Iruretagoyena regresaron en el tiempo, al día de su boda, la primera publicada en Noroeste en su inicio, el 8 de septiembre de 1973.
Ella salió por fin, después de arreglarse un poquito más. Detrás de una pared, los ojos de su esposo traviesamente se asomaban para ver la belleza que lo cautivó hace tres décadas y media y con la que se unió en matrimonio en la parroquia de la Sagrada Familia.
"(El día de la celebración) me desperté a las 8 de la mañana; en mi casa no se acostumbraban antes las fiestononas, iba a haber un brindis ahí en mi casa, en la de mis papás y era una revolución", recuerda María Guadalupe.
"Ahí, con todas mis tías que fueron a ayudarme, mi papá ya no vivía, fue ese día puro arreglarme, arreglé mis maletas y terminé una blusa que me iba a llevar a la luna de miel y le hice un traje a él, blanco con azul marino".
Mientras su prometida cuidaba cada uno de los detalles de la celebración, Raúl Francisco continuaba trabajando en la tienda de muebles y decoración, tranquilo como siempre.
"Fui a trabajar a mediodía, las personas con las que trabajaba me decía que ya me fuera a arreglar para la boda, nada más era cosa de cambiarme para el evento", comenta.
"Yo me fui a cambiar después de la comida y a esperar la hora, tranquilo, no me puse nervioso; yo iba bien seguro".


Marcan la historia
Las 21:00 horas marcaba el reloj. La consagración del sueño que anhelaban se cumpliría y por sus mentes pasaban un sinfín de cosas, menos que una de las cámaras que los fotografiaba pertenecía al nuevo proyecto que iniciaron los empresarios Enrique Murillo Padilla, Manuel J. Clouthier del Rincón y Jorge del Rincón Bernal.
Al abrirse la puerta del altar, sus miradas se cruzaron como la primera vez, ahora con la ilusión de una nueva de vida, a cada paso que se acercaban, una de las coincidencias que marcaban sus destinos aparecía; el calor aumentó, quizá por los nervios, la emoción o los altos números que registraba el termómetro ese día.
"El día de la boda estaba haciendo mucho calor y él sude y sude, tanto que mojó todo el moño que traía y lo tuve que rehabilitar para entregarlo porque era de un amigo que se lo prestó y todavía no se había casado", enfatiza ella.
Al recibir la bendición nupcial, los recién casados caminaron una cuadra para llegar al lugar del brindis, donde sus seres queridos los esperaban para presenciar el enlace civil, cuando de pronto una lluvia les apagó la celebración.
"A la hora que estábamos en el brindis se soltó lloviendo un aguacero, nos acabábamos de casar por el civil... No se usaba el aire integral en ese tiempo y teníamos unos abanicos, y cuando comenzó el aguacero, se fue la luz", platica, "nuestros familiares que vinieron de afuera nunca se olvidan de eso, de hecho, hace unos días habló una tía y me dijo 'después te voy a hablar para felicitarlos porque no se olvida el aguacero que nos tocó aquella vez'".

Reciben la noticia
Al finalizar la reunión, los novios con sus velices listos emprendieron su viaje de luna de miel.
María Guadalupe dice que fueron 20 días de viaje. "21", corrige seguro Raúl Francisco, quien tenía muy presente aquel recorrido de ida y vuelta por Guadalajara, Acapulco, Mérida y Cozumel.
Al regresar de nuevo a la capital sinaloense, como esposos, sus vidas cambiaron. Él ya no era el joven tímido que se paraba afuera de la casa de su suegra intentando tocar el timbre y que, cuando por fin se armaba de valor, sólo encontraba a Mamá Licha para charlar, porque su entonces novia había salido.
Los jóvenes regresaron como una familia y, para recordárselo, Alicia Echavarría les guardó la página principal de la sección de Sociales, en la que aparecieron por primera vez .
"Nos guardó mi mamá el periódico porque nos fuimos 21 días de luna de miel, fuimos a un viaje muy padre? fue una sorpresa ver que la primera boda haya sido la nuestra, lo anduvimos enseñando a las visitas y familias", menciona María Guadalupe.
"Recuerdo que hacían el comentario: 'este periódico acaba de inaugurarse', decían, 'acaban de iniciar sus publicaciones y les tocó a ellos salir en esa publicación'; sí llamó la atención por ser el periódico de novedad", manifiesta Montaño Iruretagoyena.



Hace 35 años

En la iglesia de la Sagrada Familia, se dieron cita todos los amigos de María Guadalupe Escobosa y Francisco Montaño, para asistir al enlace religioso que los unirá hasta que la muerte los separe.
Este sacramento del amor fue impartido por el sacerdote Salvador Santana.
El templo se vistió de fiesta. A los lados del pasillo hasta el altar, se decoró con canasta de flores y lazos de listón de colores.
Fungieron como padrinos, Tadeo Iruretagoyena y la Sra. Julieta de Montaño, por parte de la novia y por parte del novio: Isidro Escobosa y Alicia Echavarría de Escobosa.
Los acompañaron como sus damas de honor: Ma. Eugenia, Lourdes, Patricia, Clarisa y Alicia, encantadoras jovencitas vestidas de amarillo con canastas de flores en las manos.
El sacerdote oficiante, a la hora del fervorín recordó cariñosamente a los padres de los novios, ya finados, Don Isidro Escobosa y Don Francisco Montaño, y elevó sus oraciones a Dios por el eterno descanso de sus almas.