Marta Araujo: el periodismo como servicio y resistencia

Belem Angulo
08 marzo 2026

En el marco del Día Internacional de la Mujer, la periodista sinaloense recuerda su trayectoria de más de tres décadas en el oficio, desde sus inicios en sociales hasta la cobertura de temas delicados como abusos militares o la muerte de Amado Carrillo

CULIACÁN._ Su historia refleja la experiencia de una generación de mujeres que abrieron camino en redacciones donde el periodismo se hacía en la calle, con riesgos, convicción y una fuerte vocación de servicio hacia la sociedad.

Nacida en Culiacán en 1948, la periodista Marta Araujo creció en una ciudad que, según recuerda, era mucho más pequeña que la actual.

“Yo nací aquí, en Culiacán, mucho, mucho, muy culichi”, relata al evocar su infancia cerca de donde inicia el Puente Negro, donde se encontraba la casa de sus padres.

Apenas tenía 40 días de nacida cuando su familia se trasladó a la zona de Juntas de Humaya, que en aquel tiempo era prácticamente un poblado, separado del resto de la ciudad por el río.

“Culiacán en aquellas épocas era muy chiquito, acá vivíamos como en un rancho porque el río nos separaba y cuando crecía quedábamos aislados”, explica.

Ese entorno rural marcó su infancia, pero también la curiosidad que más tarde la acercaría al periodismo. Araujo recuerda que la inquietud por escribir surgió de manera casi accidental, cuando el patrón de su padre visitaba su casa con frecuencia llevando consigo un ejemplar del periódico Excélsior.

“No sé si sería porque no tendría yo qué hacer o ya me atraía la cuestión del periodismo, pero yo hojeaba hasta los anuncios, me echaba todo el periódico”, cuenta.

Aquella lectura constante sembró una convicción temprana.

“Decía yo: un día lo que yo escriba va a salir publicado en un periódico”, se propuso.

Con ese interés, decidió estudiar el técnico en periodismo con la profesora María Teresa Zazueta, una pionera en la formación de periodistas en Sinaloa.

La escuela más tarde evolucionaría hacia una carrera de comunicación, pero en ese primer grupo se formó una generación que aprendería el oficio en un contexto donde las mujeres aún tenían una presencia limitada en las redacciones.

Sus primeros pasos en el periodismo se dieron en la sección de sociales, un espacio que tradicionalmente ocupaban las mujeres dentro de los periódicos.

Aunque era considerada una sección ligera dentro del periódico, Araujo la recuerda con afecto y con el compromiso de siempre hacer su trabajo de manera impecable.

“Las sociales son el lado amable del periodismo, el buen trato que le dan a uno, la buena atención. Era muy diferente a cuando uno estaba en primera plana”, recuerda.

Desde esa sección comenzó a abrirse camino dentro de la redacción. Trabajó en distintos medios antes de consolidarse en el periódico Noroeste, donde desarrolló gran parte de su carrera.

“Mi estancia en el Noroeste fue para mí una universidad. Aprendí mucho, mucho en la práctica con los compañeros, con la gente que me tocó tratar. Para mí fue la universidad del periódico”, afirma.

En aquella época, el trabajo periodístico era completamente distinto al actual: la información llegaba a través de máquinas que imprimían en rollos interminables de papel, y los reporteros tenían que armar las páginas prácticamente a mano.

“Yo me encargaba de formar una página nacional y una internacional y recibir toda la información”, explica.

El armado de las páginas implicaba cálculos precisos sobre espacios y líneas.

“Tenía que saber en el espacio de un renglón o de medio renglón cuántos renglones cabía, ya los contaba y ahí colocaba la noticia”.

El proceso era artesanal y demandaba una precisión que hoy ha sido sustituida por herramientas digitales.

Las fotografías también requerían una logística que hoy parece lejana. En ocasiones los reporteros debían acudir al aeropuerto para recoger imágenes enviadas desde Ciudad de México por agencias informativas.

“Era una odisea. Llegaba el avión y corríamos al aeropuerto y a veces no dábamos con la persona que traía el paquete”, relata.

A pesar de las limitaciones tecnológicas, la búsqueda de información se mantenía constante.

“Teníamos que estar en la calle. Si alguien hablaba al periódico o los fotógrafos con radio avisaban, ahí íbamos”, explica.

Con el tiempo dejó la sección de sociales para incorporarse a la redacción de primera plana y posteriormente a la cobertura regional. Esa etapa implicó recorrer comunidades como Navolato, Eldorado, Costa Rica y otros poblados cercanos.

“Un día iba a un lugar, otro día iba a otro, me trasladaba yo aunque fuera al día siguiente para cubrir el evento”, recuerda.

En muchos casos viajaba sola, algo poco común para una mujer periodista en aquellos años.

“Sí, yo sola, a veces iba un fotógrafo, a veces no”, dice.

Sin embargo, Araujo subraya que el contexto social era muy distinto al actual.

“En aquellos tiempos eran paz y tranquilidad, no había problemas”, explica, aunque reconoce que sí enfrentó situaciones de riesgo vinculadas a su trabajo.

Uno de los episodios que más la marcaron ocurrió cuando denunció un presunto abuso militar en una comunidad cercana a Tepuche. Dos mujeres humildes llegaron al periódico para pedir ayuda.

“Me dijeron: ‘los soldados me mataron a mi hijo’”. Araujo decidió acompañarlas hasta el lugar para investigar.

El recorrido fue largo y complicado, por caminos de terracería. Al llegar, encontraron al joven velado y a su padre detenido por soldados en una camioneta militar.

“Todo ese abuso que cometieron los soldados en esa época lo publicamos y le dieron muy buena cobertura”, relata.

La publicación provocó reacciones en contra dentro de algunos círculos.

“Los columnistas me tundieron, me dijeron de todo, qué amarillismo, qué exagerada”, recuerda.

Poco después recibió una advertencia indirecta de un general de la Novena Zona Militar.

“Me mandó decir que tuviera cuidado, porque sus muchachos estaban muy molestos por lo que la señora escribe y que de la ira de sus muchachos él no era responsable”, recuerda.

La amenaza le generó una etapa de ansiedad: “Sí viví días de zozobra”.

Otro episodio ocurrió tras publicar una fotografía tomada por el fotógrafo Moisés Juárez durante un incidente en el aeropuerto, donde un agente armado sometía a un pasajero. Al día siguiente recibió una llamada telefónica intimidatoria.

“Me dijo que me cuidara también por teléfono”, relata.

Ese día, al salir del periódico, creyó ver a la mujer involucrada en el incidente y corrió varias calles para evitar un posible enfrentamiento.

Además de estas experiencias, Araujo también cubrió acontecimientos que marcaron la historia reciente de Sinaloa, como la muerte de Amado Carrillo Fuentes. La noticia comenzó a circular por teléfono y ella decidió trasladarse hasta Guamuchilito para confirmar la información.

“Nadie quería decir nada”, recuerda. Logró ingresar a la finca donde se realizaba el velorio haciéndose pasar por doliente. Fue allí donde escuchó a la madre del capo confirmar su muerte durante una conversación con un sacerdote. Con esa escena construyó la nota que confirmaría el hecho en el periódico.

“Fue una nota chiquita, de 10 renglones, pero para que amaneciera ya a ocho columnas: ‘ya murió Amado Carrillo’”, recuerda.

A lo largo de más de tres décadas en el periodismo, Araujo también enfrentó el reto de equilibrar su vida personal con una profesión demandante. Fue madre soltera y contó con el apoyo de su familia para criar a su hijo.

“Lo dejaba con mi madre, ella fue quien lo navegó”, dice.

Su hijo, Adán Shinagawa Araujo creció rodeado del cariño de sus tías y abuela, mientras ella cumplía con largas jornadas en la redacción y en la calle.

Adán llegó a convertirse en un destacado comandante en Bomberos de Culiacán, que concretó un legado en el sector.

Después de 32 años de trabajo, Araujo decidió retirarse en 2007. La transición no fue sencilla, pues pasó de una vida completamente activa a una etapa más tranquila.

“Duele dejar la empresa, pero se acaba el ciclo”, reflexiona.

Desde entonces ha dedicado tiempo a la lectura, una pasión que conserva desde joven. Entre sus autores favoritos menciona a Isabel Allende, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

La trayectoria de Marta Araujo refleja la experiencia de una generación de periodistas que ejercieron el oficio cuando el trabajo se hacía con menos tecnología y más presencia en la calle, pero también cuando las mujeres debían abrirse paso en redacciones llenas de retos.

A pesar de los riesgos y dificultades, mantiene la convicción que la llevó a elegir el oficio desde joven: el periodismo como una forma de servicio social.

“Fue un puente maravilloso que yo desarrollé: servir a la gente, en sus problemas, desde vivienda, calles, vigilancia o fallas de electricidad”, concluye.

En ese compromiso cotidiano con la comunidad, Araujo encontró el sentido de una carrera que, como muchas otras mujeres periodistas de su generación, ayudó a abrir camino para las que vinieron después.