Sobremesa
08 noviembre 2015
""Si me detengo a reflexionar en lo que es propio decir a ésta o aquella persona, pronto dudaré que exista una que con propiedad pueda contarse.""
Gnozin Navarro
Thomas de Quincey
FEDERICO OCTAVIO DIAZ VEGA
(qepd)
Recuerdo con precisión el momento a partir del cuál nuestra amistad empezó a tornarse íntima. Recuerdo también que a partir de ahí, ambos habríamos de honrar y respetar nuestras respectivas presencias y necesidades fundamentales. El primer día de clases de ese año escolar, cuando la maestra Aurelia pasaba lista y dijo "Federico Octavio Díaz Vega", éste se paró, alzó la mano y al modo suyo cuando quería aplicar energía en su voz, frunció el ceño y plegó las comisuras de sus labios a sus dientes para gritar "presente maestra" y la maestra continuó pasando lista. Al llegar casi al final de la misma, titubeó un poco y dudosa pronunció: "Federico Octavio Vega Zazueta", presente dijo el recién nombrado, entonces el primero se puso de pie y con la mano en alto como pidiendo la palabra, no esperó a que se le indicara que podía hablar y dijo: - "si quiere maestra, para que no haya confusión, a él dígale Federico y a mi Octavio"... ja, ja, ja... el salón entero explotó en carcajadas... ese era el Octavio negro haciendo sentir bien a los suyos con sus ocurrencias, sentido del humor e inteligencia... muchas semanas después, casi al final del recreo, culposo me hice de un antojo que había deseado durante años, nunca antes había probado las donas fritas en aceite y azucaradas por todas partes; mi madre me las tenía prohibidas por gordo; el trozo de papel revolución con el que era entregada la dona quedaba ensopado en aceite al entrar en contacto en los puntos formados con el gancho del índice y pulgar. Ya en mi mano busqué el lugar idóneo para disfrutar cada bocado. Lo encontré a tres metros de ahí y dirigí hacía él. Recargué codos y antebrazos sobre un tambo de 200 litros que las monjas usaban como botes de basura. Revisé su interior y estaba vacío. Respiré fuerte buscando rastros de tufo putrefacto como calibrando si sería buena idea comerme esa dona y decidí que sí, entonces vino la primer mordida y estiré mi brazo para ver lo perfecto que había quedado el corte con los dientes parejitos sobre la harina mientras balanceaba mi cabeza como siguiendo el ritmo de la orquesta de sabor que explotaba en mi boca... en eso... pácatelas!... un fuerte pelotazo en mi cabeza por la espalda, tan fuerte que por reflejo suelto el tesoro y escupo el bocado, desconcertado observo los restos adentro del tambo y enfurecido volteo en media vuelta. ahí estaba el Octavio mirándome fijamente. Inexpresivo. No había miedo, coraje, vergüenza ni actitud de combate. Tampoco había nada que explicar. Era pleito seguro. Cuerpo a cuerpo en estatura me llegaba al pecho. Nos conocíamos desde el kínder y jamás habíamos tenido altercado alguno. Yo siempre había sido el más grande del salón y él nunca se había metido conmigo ni yo con él mas que para jugar partidos de fut y la pera (siempre fue muy bueno para la pera)... pero ya estábamos ahí, enfrentados por algo que ni él ni yo hubiéramos querido... entonces dio los pasos necesarios para acercase a mi sin mediar palabra. Sin apartarme la mirada. Me toma del hombro y voltea hacia adentro del tambo. Después de ver palmea la espalda y en silencio asiente los hechos. Eso y la tranquilidad de su rostro calmaron mis ánimos. Me encamina a la reja todavía con su palma izquierda sobre mi espalda. Llegamos hasta el señor que vendía las donas y le dice: - "oiga don!, una dona para mi amigo", y le extiende el dinero. Frente a frente seguimos viéndonos a los ojos y ahora sonríe extendiendo su mano con la dona. Al momento de yo hacer el gesto por tomarla él me hace una seña con su otra mano para que me detenga. Alterna miradas entre mis ojos y la dona, entonces le da una mordida tan pareja como la que yo le había dado a la mía, vuelve a asentir con la cabeza como diciendo "ahora sí", y me la entrega con una amplia sonrisa y masticando su bocado. Ese era el Octavio negro. Con un extraño sentido de la justicia que a veces solo él entendía pero que siempre inspiraba. Fue tan poético ese momento que partí la dona en dos y le compartí exactamente la mitad. Ahí empezó nuestra verdadera amistad. Muy parecidos en lo fundamental. Muy diferentes en las apariencias. Ambos crecimos socialmente haciéndonos valer por nosotros mismos entre los otros, expresando nuestros deseos y necesidades, resueltos y confiados en nuestras capacidades, muchas veces sobre valorándonos a nosotros mismos. Siempre nos resistimos a los límites y a los controles. Siempre orientados hacia el placer. Con mucha energía y poca fuerza moderadora interior. Cualquiera que haya nacido con ese cóctel de predisposiciones sabe lo difícil que resulta llevar una vida normal. Con respecto al dolor, Federico Octavio Díaz Vega y yo sí crecimos y fuimos diferentes: yo evito el dolor y tiendo a justificarme ante las dificultades, soy fóbico y le saco la vuelta a los conflictos, para ello soy capaz de sumergirme en la gula de cualquier exceso y desde el confort o atiborramiento de mis sentidos planificar y planificar futuros óptimos. Octavio no era así, el siempre fue más protector de los suyos y aceptaba el dolor. Enfrentaba con franqueza los conflictos y abordaba las dificultades principalmente en tiempo presente. De todo esto hablamos el diciembre pasado que después de muchos años coincidimos en la casa de Katherine Karamanus y Arturo Bastidas el día que organizaron la posada de toda la generación de la Secundaria. Esa noche lloramos la reciente muerte del "Campoy". Lloramos su dolor. El dolor de haber perdido a su héroe personal de la infancia. Alcoholizados y abrazados tiritamos la profunda soledad e incomprensión que se experimenta ser "la oveja negra" de la familia. Lloramos por los dolores, las penas y vergüenzas que les hacemos pasar sin en verdad desearlo. Lloramos por el amor que les tenemos a cada uno de nuestros padres y a cada uno de nuestros hermanos, de nuestros profundos deseos de ser leales y buenos ante sus ojos y de la acérrima incapacidad de responder. Se ocuparon muy pocos detalles para establecer aquel profundo vínculo nacido el día de la dona azucarada. Le pregunté si recordaba el hecho y se le llenaron los ojos de lágrimas: - "viejo... viejo... cómo no me voy a acordar viejooon?", - y me plantó un beso en la mejilla abundante de babas con cerveza... yo también lloré de felicidad... no estaba solo en ese recuerdo y en vez de dona compartimos las babas de la misma botella. Fue una noche grande en celebración y amor. Años atrás nos habíamos encontrado en el aeropuerto de Culiacán. Yo fui recoger a mi padre, él iba por uno de los hermanos Chávez (ahí si no recuerdo si fue por Abraham o Humberto). Ese día, mientras esperábamos a que llegara el vuelo, Octavio y yo conversamos como el solía hacerlo: medio en serio medio en broma. Me dijo: - "Oye Gnozin... me dijeron que eres psicólogo"... - así es Octavio, - fíjate que hace años ocupaba un psicólogo, - de veras?, - le pregunté, - si... andaba mal con la Melissa y estábamos con que si nos divorciábamos y esas cosas, - ah... mira... que mala onda... me hubiera gustado ayudarte, - noooo, - me dice, - hace años ocupaba un psicólogo... ahorita ME URGE!!!, - y soltamos la carcajada... esa broma se sostuvo en cada encuentro ocasional que llegamos a tener: en la calle, en algún restaurante y por supuesto, esa noche grande llena de recuerdos. Toda la noche y a cara rato me decía: - "oye Gnozin... hace años ocupaba un psicólogo... ahorita me UUURRRGGEEE!!!..."
Esa noche le dije que algún día lo escribiría acerca de todo esto. De hecho, estuve tentado a hacerlo en el artículo de BULLYING que escribí en febrero de este año (http://sobremesa.gnozin.com/2009/10/26/bullying/).
Tía Aurora, esta desgracia nos despedaza a todos. Tío Marco su hijo Octavio fue un buen hombre lleno de bondad y demasiada energía que no le cabía en el pellejo. Mayola, tu hermano siempre se expresó de ti de buenos modos. Cono... el Octavio admiraba mucho tu capacidad para hacer amigos y llevarla bien con todo mundo. Enrique... esa noche platicamos mucho el Octavio y yo de ti y lo mucho que te admiraba por tu capacidad de trabajo y su dolor de que alguna vez te fueras avergonzar de él. Familia Díaz Vega. Uno de sus miembros ha partido tan prematura como inmerecidamente. Descansa en paz amigo de mi infancia y vida, Federico Octavio Díaz Vega, porque esa noche entendí que entendías lo que dijo Louis McMaster y que hasta en eso también coincidíamos: "Reputación es lo que la gente sabe de ti. Honor es lo que tu sabes de ti." Mis honores para ti hermano, que supiste ser buen amigo protector de los tuyos.
El tema de la sobremesa para el día de hoy es ¿qué tipo de amigo eres tu con los otros?. Te espero en el programa de Sobremesa Radioweb a las 14:00 horas de Culiacán por medio de tu portal www.noroeste.com y en la Sobremesa Café del Bistro Miró a las 19:00 horas. Quedo con Dios, mi padre, el Octavio y contigo: yosoy@gnozin.com