Tarámaris, el pueblo que no existe

Marcos Vizcarra
14 enero 2018

"Viven en la entraña de la Sierra Madre Occidental, algunos en cuevas, otros en chozas de adobe. Son hombres y mujeres con un origen incierto y un presente en el abandono"

Los tarámari son un pueblo que no existe. Son hombres y mujeres que se distinguen por no tener una identidad definida, que viven en cuevas o casas de adobe con techo de palma en la entraña de la Sierra Madre Occidental, donde existen tres actividades económicas, una de ellas no reconocida: la agricultura protegida, la minería y la siembra y producción de drogas ilícitas.

Ellos hablan rarámuri, sus costumbres, y sus formas de interactuar son propias de ese pueblo que es originario de Chihuahua. No hay una explicación oficial de cómo llegaron a Sinaloa, más que la que suponen activistas, como Román Rubio López u Hortensia López Gaxiola, una migración normal por el incremento de población.

“Supe de ellos hace más de 40 años, por un amigo”, cuenta Rubio López, “pero desde hace cuatro años empecé a venir con ellos”.

Los tarámari son hombres y mujeres de piel morena, de baja estatura y de cuerpos fornidos. Tienen rostros ovalados o cuadrados, con ojos pequeños en su mayoría, pero con miradas profundas.

Son personas que no tienen tradiciones específicas, como sucede con el pueblo Rarámuri, en Chihuahua, donde se les reconoce como parte fundamental de la cultura autóctona de ese estado.

Acá, en Sinaloa, la situación es diferente, ellos no existen.

Los tarámari son un misterio que pocos han tratado de resolverlo, aunque los datos son pocos, como el que están ubicados en los municipios de Sinaloa y Choix, que son grupos conformados entre los 50 o 60 personas cada uno. Unos están en Cuitaboca, otros en Alisos de Olguín, hay también en Cañada Verde, Jikapory y en El Cochi.

También se sabe que hay tarámaris que emigraron a las cabeceras municipales de Choix, Sinaloa, Guasave y El Fuerte para trabajar en el campo, aunque no se tiene el número exacto de ellos.

Nadie sabe con exactitud qué tan grande es la población Tarámari. Es difícil saber de ellos como sucede con los pueblos yoremes, quienes habitan entre Sonora y Sinaloa. De estos últimos se sabe sobre su forma de organización, de sus tradiciones, sus comidas, sus necesidades y los lugares donde tienen sus centros ceremoniales y sus casas. De los tarámari no hay nada.

“Ellos no tienen credencial de elector, por eso no existen para nadie, no pueden votar y los políticos no vienen con ellos”, dice la artista y activista Hortensia López Gaxiola.

Hortensia López Gaxiola, artista y activista.

 

Un pueblo no escuchado

En septiembre de 2016, unas 60 personas del pueblo Tarámari se instaló en Culiacán. Fueron llevados por Román Rubio López como un acto de protesta para acusar negligencia gubernamental, por falta de servicios públicos, maestros y médicos.

Por la protesta hubo acuerdos con las autoridades, como la creación de un centro médico y la contratación de maestros bilingües, pero sólo se cumplió este último, y con limitaciones.

Llegaron dos maestros, pero sólo uno de ellos permanece bajo protesta en el poblado Cuitaboca, pues la Secretaría de Educación Pública sólo les ofrece 4 mil 500 pesos mensuales.

“Una maestra dijo que iba a venir, ella es de Urique, en Chihuahua. Dijo que se iba a venir para mediados de enero y la SEPyC nos dijo que ya se iba a resolver, pero no sabemos”, dice López Gaxiola.

La Secretaría de Educación Pública no les ha dado una postura para incrementar salarios a maestros, pero los activistas suponen que es porque no hay una consecuencia visible y oficial.

Los tarámari son personas inexistentes. Ellos sólo tienen un nombre, sin apellido. Normalmente son nombres diminutivos, como Toñito o Lupita, Chabelita o Prima. Son nombres simples, pero carentes de un registro oficial.

Son carentes de cualquier servicio público. Para bañarse buscan un arroyo o río. Para orinar o defecar buscan un campo, hacen un hoyo y luego lo tapan. Parra tener luz hacen fogatas por las noches. Ese fuego también les sirve para cocinar frijoles y maíz que ellos mismos siembran y cosechan, y para dormir sin frío cuando es invierno.

Para ellos no hay tiempo, sólo amaneceres y anocheceres. No hay otra distracción más que la de sembrar y cosechar, como la de caminar entre cerros y montañas, como la de ver pasar vehículos entre las veredas de terracería que se dibujan en la sierra sin saber qué es lo que llevan los “chabochis”, es decir, los hombres blancos o mestizos que dominan esas zonas.

Los hombres son los que cuidan los pueblos y llevan la comida, mientras que las mujeres preparan los alimentos y cuidan a los niños. Ellos no tienen control de natalidad ni educación sexual. Se reproducen de forma instintiva y por lo que han escuchado hablar de los “chabochis”.

 

Rumbo a tierra tarámari

Ir a los pueblos de los tarámari implica perder el contacto con la realidad, son más de seis horas de camino desde la cabecera del municipio de Sinaloa.

Desde hace cuatro años un colectivo de activistas sube a la sierra para visitarlos y tratar ocuparlos en actividades diferentes a las de cuidar los campos de drogas ilícitas en la sierra.

Hay personas en el sur de Sinaloa, y otras más en el norte, específicamente en Los Mochis, pero la mayoría se encuentra en Guasave, donde habitan familias que se encargan de hacer colectas de ropa y comida para hacer despensas.

Hay entre ellos abogados, amas de casa, maestros, artistas, scouts, herreros, médicos y artesanos.

El colectivo inició con distintas iniciativas, entre ellas la de una familia de Guasave que tras saber de sus necesidades inició con colectas de dinero para conseguir traslados a ciudades como Culiacán para ser atendidos por médicos.

El colectivo comprendió que los tarámari no son un pueblo que exija estar en los registros oficiales, sólo quieren permanecer en paz y guarecerse en la sierra. Pero también cree en que es necesario pedir por ellos para que se cumplan sus derechos civiles.

Desde que iniciaron a subir, les llevan telas, huaraches y comida para que al menos una vez al año cambien su dieta basada en frijoles y maíz.

Ellos iniciaron hace cuatro años a contar la historia del pueblo Tarámari, porque creen que es una parte esencial de Sinaloa, que son personas y que alguien debe reconocerles y platicar de ellos.