México es un relámpago

Animal.mx
01 julio 2026

Un pase perfecto de la Selección Mexicana jamás lo habíamos visto

Un rayo desciende de una nube a una velocidad de, entre 100 mil y 300 mil kilómetros por hora. Son peligrosos por su conductividad eléctrica. Y porque aplazan partidos del Mundial, en el Estadio Azteca.

Pero también lo son si visten de verde y ejercen de futbolistas mexicanos, en contra de Ecuador. México fue eso: un relámpago.

El sonido del trueno y del festejo viaja mucho más lento que la luz, porque hay una distancia entre el gol y la reacción. Entre el choque de la pelota en la red, el aire recogido por los pulmones y la explosión de la garganta, hay unos milisegundos de distancia.

Dos, si se suma el par de goles de la Selección Mexicana más parecida a una descarga eléctrica.

Tlaloc también alineó. Y le puso pases a Julián Quiñones y a Raúl Jiménez para darle un baño futbolístico a unos ecuatorianos tan empapados como superados, que se irán a dormir a su hotel (si pueden).

Aunque ellos lo logren, el país no. Porque aunque lleven la cabeza a las almohadas, los aficionados mexicanos soñarán despiertos. Lo harán cuando recuerden el primer gol de un Quiñones supersónico que surca los campos como propulsado por un motivo, por un anhelo, por un tercer gol en un Mundial.

Y así, como doblando una servilleta de izquierda a derecha, recortó, de afuera hacia adentro, e hizo de su pierna diestra, un trueno. Confirmado: Julián corrió y definió a la velocidad de la luz.

México también es rápido para otras cosas. Para ilusionarse, por ejemplo. Ha pasado antes, no está pasando ahora. Y no sabemos si pasará de nuevo. Pero lo que no dejará de sucedernos será ser Campeones del Mundo en resistencia y en apoyo. Si se entregaran trofeos dorados por eso, la afición mexicana tendría más que Brasil.

México los presume en las vitrinas de la fidelidad porque grita los goles de la esperanza antes de que se anoten. Porque sabe que Raúl lo anotará donde importa: en la portería rival.

No es metáfora. Es realidad. Lo consumó con un derechazo que funcionó de flecha. No se derramó sangre. Se escurrió llanto de felicidad, porque se jugará el quinto partido.

Y aunque sea equivalente a los antiguos Octavos de Final, para los mexicanos funciona de inspiración para derribar aquellas barreras construidas por los prejuicios o los pretextos de tandas de penales fallados, o golazos argentinos a los ángulos, o penales en contra anaranjados mal marcados.

No hay más pretextos. No hay más excusas para entendernos como lo que fueron once jugadores envueltos en una bandera hondeada por los aires de la ansiada superioridad.

No nos pasa seguido, pero por ahora nos basta reflejarnos en los lances imposibles del ‘Tala’ Rangel, o en las barridas del ‘Cachorro’ Montes o los kilométricos esfuerzos de Jorge Sánchez o la continuidad de Jesús Gallardo. Hoy, sencillamente, es suficiente saber que Erik Lira nunca dejará de correr por una causa, o que Gilberto Mora, a sus 17 años, será el adulto que no tiene edad para manejar un auto, pero sí para conducir a un país.

Javier Aguirre ha logrado eso: que once jugadores sean 26. Y que 26 mexicanos sean 130 millones. Por eso, Luis Romo, Alvarado, Quiñones, Raúl, y quienes jueguen después, sean una república que sabe chutar.

Lo supo el Estadio Azteca que también supo alentar. Si hay una tierra prometida son los Octavos de Final, contra Inglaterra o contra el Congo.

Si son los ingleses, el Azteca también sabrá jugar, porque los recuerdos de hace 40 años, en su pasto, todavía los hace llorar con Maradona.

Hoy, el nuestro es ‘MaraMora’. Y aunque no sea el ‘Diego’, es nuestro pibe de oro. Nuestro muchacho, nuestro niño de oro, nuestra improbabilidad vestida de gesta. Nuestro Gilberto. Nuestra luz, nuestro rayo, porque México también fue eso: un destello que sigue aturdiendo, desde su posterior trueno, y que sigue estremeciendo al planeta, en su escenario de Copa del Mundo, porque los del ‘Vasco’ han anotado ocho goles y no ha recibido ninguno.

Y eso es electrizante, como una descarga que te entra por la piel. Y que la Selección Mexicana no quiere que le salga nunca del pecho...

Y si después habrá de morir, habrá de hacerlo luminoso. Como un relámpago.