Alfa y Omega

07 noviembre 2015

"El tesoro de nuestro Bautismo"

Padre Esteban González Lara

En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: Ya vienen detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera reclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.
Por estos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre Él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: Tú eres el Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias (Mc 1, 7-11).

INTRODUCCIÓN
Hoy concluimos las fiestas del Tiempo de Navidad. Tuvieron su preparación en las cuatro semanas del Adviento. Su culmen fue la Navidad y la Epifanía. Ahora, con la fiesta del Bautismo de Jesús, terminamos lo que se llama vida oculta en Nazaret y empezamos la vida pública, cuando el Bautista, en el Jordán lo presenta a los judíos.
Dios se nos ha manifestado en Jesús de muchas formas. La liturgia, en este tiempo, nos invita a celebrar cuatro: Navidad, Epifanía, Bautismo y primer milagro en las bodas de Caná. En todas ellas, aunque de manera muy distinta, Jesús se nos revela como Dios encarnado. En la fiesta de hoy, Dios Padre da testimonio de quién es Jesús: "Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias".

1. NUESTRO BAUTISMO
Jesucristo es el "único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre" (Hebr 13,8). A Él nos hemos adherido existencialmente desde nuestro Bautismo y es necesario asumir lo que ese sacramento significó en nuestra vida. Hay que redescubrir el Bautismo como fundamento de la existencia cristiana, según la palabra del Apóstol: Todos los bautizados en Cristo se han revestido de Cristo (Gól 3,27). El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, recuerda que el Bautismo constituye "el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia Católica".
Cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, debemos vivir según su estilo y sus criterios. Nada hay más preocupante que el hecho de que los cristianos vivamos como los paganos, como los que no tienen fe. Nos decía el Papa Juan Pablo II: "Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal, en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria atención al prójimo, especialmente al más necesitado". Tercer Milenio, 42.
Nos duelen las deficiencias de cualquier bautizado, porque somos de la misma familia de los hijos de Dios. Nos preocupa que muchos bautizados caigan en vicios de toda índole.
Usted, ¿cómo vive su Bautismo? ¿Qué importancia le ha dado? Es triste que muchos padres de familia dejan pasar el tiempo y no se preocupan por bautizar pronto a sus hijos. Incluso hay familias enteras sin bautizar, no tanto por carencias económicas, sino por falta de responsabilidad y de evangelización.
No han descubierto la riqueza y la profundidad del regalo tan extraordinario que nos da el bautismo al compartirnos la misma vida de Dios en Cristo, haciéndonos sus hijos y por tanto, objeto de las complacencias del Padre Celestial.

2. LO QUE NOS DA
Por el Bautismo, nos adherimos a Cristo, como la rama al tronco; somos injertados en su muerte y en su resurrección; se nos borra el pecado original, con el que todos nacemos; empezamos a formar parte de la Iglesia, que es la familia de los hijo de Dios.
Tan importante y necesario es el bautismo, que Jesús ordenó a sus apóstoles ir por todo el mundo a predicar y bautizar a los que aceptaran el mensaje de salvación (Cfr. Mc. 16,16).
Y esto vale para todos, incluso para los niños; por ello, la Iglesia, desde los primeros tiempos empezó a bautizar también a los pequeños, conforme a la palabra explícita de Jesús: "El que no renazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios", (Juan 3,5).
Cuando esos niños crezcan deberán confirmar su fe, por el sacramento de la Confirmación.
Ahora bien, no basta ser bautizado;: hay que vivir conforme al espíritu de Jesús, como dice hoy San Juan: "Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios... todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Porque ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el hijo de Dios" (Juan 5, 1-5).
Ojalá escucharan este mensaje todos los bautizados, para que se conviertan y vivan su Bautismo. Que los indiferentes y poco practicantes vuelvan a saborear lo que significa ser hijos de Dios. Que los malvados y criminales abandonen su camino y sus planes. Que los asesinos, asaltantes y defraudadores cumplan el quinto, séptimo y décimo mandamiento; que los adúlteros, infieles y violadores cumplan el sexto y el noveno; que los gobernantes y comerciantes practiquen el primero y el tercero, que los hijos rebeldes y los padres irresponsables, el cuarto.
¡De verdad, los mandamientos de la ley de Dios no son pesados, sino fuente de vida eterna!
En el Evangelio se dice que Jesús recibió una voz que los presentaba como Hijo del Padre, al tiempo que al Espíritu Santo, en figura de paloma, descendía sobre él.
Esta es una revelación del misterio de la Santísima Trinidad: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses sino un solo Dios verdadero.
¿Usted es consciente de que, identificado desde su bautismo con Cristo, se convierte en hijo de Dios Padre y que habita en usted el Espíritu Santo? Esta fe es lo que nos va a salvar en cualquier circunstancia, por más adversa que nos pareciera, como dice hoy San Juan: "¿Quién es el que vence al mundo?"

CONCLUSIÓN Y COMPROMISO
Es verdad que aceptar estas decisiones y estos caminos con frecuencia nos exigen hasta la sangre del corazón, por los sufrimientos que implica.
Así lo vivió Jesús, como dice hoy San Juan: "Jesucristo es el que se manifestó por medio del agua y de la sangre; él vino no sólo con agua, sino con agua y sangre" (1 Jn. 5,6).
Vivamos nuestro bautismo como buenos hijos de Dios, pues "sus mandamientos no son pesados" (1 Jn. 5,3)
Vivamos juntos como Iglesia los sucesos agradables y difíciles de cada día, con la confianza puesta en el amor de Dios padre: "El Señor es mi Dios y salvador: con él estoy seguro y nada temo. El Señor es mi protección y mi fuerza y ha sido mi salvación. Sacarán agua con gozo de la fuente de salvación" (Is. 12, 2-3).