Alfa y omega

07 noviembre 2015

"Lo que vale la pena ante Dios"

Padre Jorge Esteban González Lara

 1. La palabra del Señor
En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía: ¡cuidado con lo que escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Estos recibirán un castigo muy riguroso.
En una ocasión, Jesús estaba sentado frente alas alcancías del templo, mirando como la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. En esto se acercó una viuda pobre y echo dos monedas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: "yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado lo que les sobra, pero esta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenia para vivir".

2. INTRODUCCIÓN
En este Evangelio, Jesús condena algunas actitudes y alababa otras; desenmascara a los escribas, que presumen, exigen privilegios y abusan de las celebraciones religiosas en su propio beneficio, observa a los ricos que dan lo que les sobra, quizá también con la pretensión de ser vistos y aplaudidos. Por lo contrario, exaltaba a la a pobre viuda, que da muy poquito en comparación con los ricos, pero es cuanto tiene.
Esta palabra de Dios siempre es actual. Por ejemplo, nos parecemos a los escribas cuando damos demasiada importancia a la apariencia externa, a la ropa, a las joyas y al maquillaje; cuando los ministros de la Iglesia aparentamos rezar por los pobres, pero con la intención de quitarles sus pocos recursos y enriquecernos a costa de ellos. Esto merece "un castigo muy riguroso".

1) LA HONRADEZ
En relación con esta primera parte del evangelio, hay que recordar las normas de la Iglesia a los sacerdotes: "Los clérigos han de vivir con sencillez y evitar todo aquello que parezca vanidad" (Código de Derecho Canónico, Canon 276,1). El párroco debe dedicarse con particularidad diligencia a los pobres, a los afligidos, a quienes se encuentran solos, a los emigrantes o que sufren especialmente dificultades (Canon 529,1).
En cuanto al estipendio que se acostumbra pedir por los diversos servicios religiosos, en particular por la celebración de la santa Misa, se nos dice: según el uso aprobado de la Iglesia, todo sacerdote que celebra o concelebra la misa puede recibir estipendio para que la aplique por una determinada intención. Se recomienda encarecidamente a los sacerdotes que celebren la misa por las intenciones de los fieles, sobre todo de los necesitados, aunque no reciban ningún estipendio.
Los fieles que ofrecen un estipendio para que se aplique la misa por su intención contribuyen al bien de la Iglesia, y con esa ofrenda participan de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades, en materia de estipendios, evítese hasta la más pequeña apariencia de negociación o comercio (cánones 945-947).
Y cuando se trata de los funerales, se nos exige tener en cuenta las descripciones de la Iglesia sobre los estipendios, evitando sin embargo cualquier aceptación de las personas, o que los pobres queden privados de las exequias debidas (canon 1181).
Ojalá que los sacerdotes y obispos sigamos el buen ejemplo del sumo y eterno sacerdote, Jesucristo, de quien nos ha estado hablando en el escrito a los hebreos. Nosotros somos frágiles y pecadores; pero Él es perfecto y sin pecado. Si nosotros fallamos Él es fiel y nunca nos defraudará. Su ejemplo es muy claro: siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (2 Cor. 8,9).

2) LA AYUDA
En la segunda parte del Evangelio de hoy, se resalta la generosidad de la viuda pobre. Jesús descubre en lo poco que da, la grandeza de su corazón. Esto es también muy actual. En efecto, no faltan personas que tienen recursos y que apoyan a la Iglesia; pero es digna de resaltar la grandeza del alma de los pobres. Se queda uno admirado de ver con cuánta buena voluntad se desprenden de las pocas monedas que tienen y las depositan en las alcancías de los templos, o en la canasta de las ofrendas durante la misa. Este dinero es sagrado, porque el fruto de un grande sacrificio.
En nuestras parroquias rurales, es conmovedor cuando los fieles nos llevan un poco de maíz, un huevito, tamales, un puñito de frijol, una fruta, etc. A veces hasta una gallina o algo semejante. Uno quisiera devolvérselos, pues a ellos les hace más falta; sin embargo, se sentirían ofendidos y despreciados.
Su buen testimonio y amor a la Iglesia nos estimula a seguir dando la vida por ellos, no por dinero, si no para que les llegue en abundancia la vida de Dios, que Él quiere que administremos en bien de su pueblo. Si nos hicieran sacerdotes por interés económico, nos equivocamos garrafalmente, pues este ministerio no deja para hacerse rico, a nos ser que alguien sea un mal sacerdote.
Hay personas que menosprecian el trabajo sencillo que hacen los demás; pero Dios lo valora sobremanera. Algunas mujeres no valoran su trabajo en la casa, como lavar los trastes y la ropa, barrer y trapear, hacer la comida, atender a los niños. Se sienten frustradas por no tener un título universitario por no recibir un buen sueldo.
Se imaginan que valen sólo cuando están en una oficina o tienen un trabajo bien remunerado. Además hay maridos que no reconocen todo cuanto hacen sus esposas.

CONCLUSIÓN
El Evangelio nos dice que, haciendo lo que sea por pequeño e insignificante que pareciera, si se hace de todo corazón, vale más que cualquier otra cosa. Dios ve el interior, no las apariencias. Lo que da un valor a una acción es el amor que se hace, no tanto el lucimiento exterior. Y se ofrece como un sacrificio en unión con la inmolación de Jesucristo en la cruz, que se actualiza en la Eucaristía, tiene un valor infinito Dios lo recompensa de muchas maneras, incluso hasta con milagros, como vemos en la escena del profeta Elías con la viuda que lo alimentó, a pesar de su pobreza.
Así lo canta el Salmo 145:
"El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; Él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo. Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado. A la viuda al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo... Reina el Señor eternamente, reina tu Dios, oh Sión, reina por los siglos".