Autobiografía

Julieta Montero
26 mayo 2026

Crecí en una casa de dos patios grandes, con ventanales anchos y largos como ojos desorbitados mirando a la plaza.

Su silencio era antiguo como mi familia, sus paredes de adobes gruesos encerraban historias y secretos de mis antepasados.

Un pasillo grande dividía sus dos alas, en el patio de la derecha un robusto mango sembrado por mi hermano mayor arrullaba con su sombra a quien deseara descansar bajo de él. El frondoso tamarindo ocupaba el mayor espacio en el patio izquierdo. En los dos corrales cantaban gallos y dormían vacunos que se ordeñaban muy temprano por la mañana para la venta de leche. El agua provenía de una noria cuyo fondo era azul oscuro y en él se ahogaban los baldes de zinc y en donde duerme por siempre mi muñeca de trapo preferida.

Una piedra que abrió mi cabeza cayó del mango, cuando un niño quiso cortar la fruta; fue mi primer accidente en mi vida, lloré tanto, tanto porque sentí que se me habían muerto mis pensamientos al ver la sangre derramada en mi cara, herida me refugié en los brazos de mi padre, quien me hizo justicia y a la mañana siguiente mandó desenraizar el árbol.

Por las noches no me gustaba ir al baño que estaba en medio de los dos patios porque tenía miedo a los sapos y culebras y pavor a los fantasmagóricos ojos de la oscuridad.

Crecí entre el jardín de mi madre y el arte de mi abuela, tejí muñecos y con listones de colores hice payasos, estudié solfeo y mezclé colores en la paleta, se despejaron mis ansias en la lectura y en las letras y fui devota en la procesión del mes de septiembre en honor a la Virgen de Loreto.

Crecí asustada con las historias de espantos cuando la luna estaba llena y alumbraba callejones, jugué a las escondidas salté la cuerda y reté a mis amigas en la matatena. Yo no conocí los ojos hundidos de la pena, mi vida era feliz y la sonrisa su bandera.

Crecí creyendo en Santa y en Cuaresma hacía penitencia y no me bañaba en los días santos en el mar para no convertirme en sirena.

Crecí llevando al río en mi sangre. Mis venas eran pequeños arroyos que fluían hasta hacerlo. Hoy ese río, muy mío, se me escurre entre mis dedos y salpica a mis palabras. Brinqué charcos, hice barcos de papel, troné sanguijuelas en las piedras, adorné mi cuello con flores de San Juan y brillé con el sol todas las mañanas dando gracias a Dios por lo que me regalaba.

Desde los siete años viajé con mi abuela, recorrimos lejanos países juntas y a través de sus ojos pude mirar al mundo con serenidad y grandeza. A los quince dejé mi pueblo para hacerme cosmopolita. Ya grande supe que había destino y me salieron alas, desde entonces vuelo en la grandiosa palabra.