Cosas de abuelos

Julieta Montero
14 abril 2026

Sonaba el timbre de la casa y mi mirada se alargaba por el largo pasillo de la entrada, al mismo tiempo que el corazón brincaba por arritmias aceleradas, deseando verlos llegar.

Los esperé todos los días de vacaciones, quizás por ser Semana Santa pensé que iban a tener un poquito de misericordia y vendrían a darnos un saludo, aunque fuera forzado a su abuelo y a mí. Los días pasaron tragándose las horas en los relojes que nunca se detuvieron a marcar una hora de visita. El teléfono sonaba con otras llamadas muy distintas a sus voces. Ni el Messenger, ni el Facebook o el Instagram tampoco recibieron fotos ni notas.

La ansiada espera no dio fruto, le faltó riego.

Llegó la fecha en que tuvieron que regresar a la universidad y marcharse.

La fría verdad se me salió por los ojos cuando una vez más nos hicieron sentir que ellos, los hijos de mi hijo no tienen esa necesidad de amabilidad y un corazón sensible que se compadezca del amor de nosotros.

-Déjalos, dijo el abuelo, algún día van a comprender todo lo que perdieron.

Más yo me sigo preguntando ¿por qué esa grosería, es desprecio o falta de educación? Si lo que sentimos por ellos y se los hemos demostrado cuando tenemos oportunidad de verlos, son los brazos abiertos y el amor extra que les tenemos.