Cuál es tu código

María Julia Hidalgo
28 agosto 2026

Por muchos años, el código más escuchado fue el postal, ese que da la ubicación y revela quién eres, ese que habla por ti sin haber dicho nada, ese que el otro ya tiene en su mapa mental y valora tus posibilidades y qué idea alienante revolotea por tu cabeza... pero el que ahora anda en boca de todos es, sin duda, el código ético. Nunca habías escuchado tanto como ahora el deber de anunciarlo y hacerlo público para que el otro, los otros, puedan desmentir lo dicho. El derecho de las audiencias al derecho de réplica, el derecho a reclamar que lo que dices no corresponde a lo que dijiste en tu código ético. No basta con que lo dejes entrever, debe quedar por escrito. No basta con decir que tergiversan, que te censuran, que tú tienes el derecho a decir lo que quieras porque por eso vives en un país libre para dar tu opinión, tu creencia, tu verdad. ¿Qué verdad? Por fortuna esto no es nada personal y sólo aplica para un ente moral: la empresa de medios, la empresa con responsabilidad informativa.

Aunque, escuchas lo anterior y ese tema público te despierta inquietudes más personales. Cuestionamientos sobre la propia vida privada. La discusión sigue y te preguntas cuál es tu propio código ético. Alguna vez, cuando juraste nunca volver injuriar, no volver a hacer esa terrible cosa que hiciste, no hacer esto sin hacer aquello... al paso del tiempo -apenas pasado un día- estabas en las mismas. No le diste la importancia necesaria hasta que te viste agobiada por situaciones que tú misma provocaste. Luego de varios intentos terminaste con el loquero y tu amiga te dijo que era la última vez que te respondía el teléfono a esas horas de la noche para escuchar tu lloriqueo. “Lo siento si te ofende, pero es la verdad” -vuelves a criticar airosa- ¿De qué verdad hablas?, de la que te conviene, porqué mejor no dices las veces que te masturbas o lo quebrada que estás, digo, también esa es una verdad y no la andas proclamando a diestra y siniestra. Por tu salud mental -y física- no te queda otra que tomártelo en serio. Te vuelves a decir que es mejor dejar de lastimar y aventar verdades que a nadie le importan.

Haces lo propio, y vislumbras tu código ético: no importa qué, no volveré a alzar la voz para dar mi opinión, no volveré a hablar mal de alguien cuando ese alguien no esté presente, si tengo algo que sentir de alguien se lo diré con palabras no hirientes, no exigiré exclusividad, ni siquiera nada en absoluto... la lista se volvió interminable. Terminas y te preguntas si serás capaz de cumplirla. Te comprometes con la primera de la lista y luego irías por otra y por otra y así hasta que cada una forme parte de tu verdadero código ético. Cuántas veces has escuchado que las luchas difíciles, esas proclamas, empiezan con uno, una misma. Una verdadera batalla. Esa era la tuya y debías escribirla, no enseñarla a nadie más, esa batalla es la íntima, la que a nadie más le importa.

Los días pasaron y seguiste escuchando sobre el necesario código ético por el derecho a las audiencias. Sonreíste y una vez más te quedó claro lo difícil que es cumplir aún lo escrito.