¿Cuál es tu opinión?

María Julia Hidalgo
17 julio 2026

Sintió que la vida se le acababa y antes de eso compró el ranchito. Lo había deseado toda su vida, pero nunca fue el momento oportuno. “Es que sólo a ti se te ocurre semejante tontería”, le decía su esposa cada vez que tocaba el punto, “pero es que ¿de dónde te ha nacido esa idea de terrateniente?”, le repetía siempre, “pero es que...”, había aprendido a ignorarla. En contra de su voluntad, se compró el rancho, no el de sus sueños porque para ese no le alcanzó. Lo primero que hizo fue plantar un sauce.

Ella se enfureció: “nunca me pides opinión para nada”, le reclamó y le dijo que en su vida pondría un pie en el lugar. Parecía que ella hablaba muy en serio, así que desechó la idea de que los enterraran juntos, uno encima del otro como lo había soñado siempre y seguirse amando hasta después de la muerte... pero no valía la pena, si ya ni siquiera se hablaban.

Se fue haciendo a la idea y aceptó gustoso que al fin haría las cosas a su propia manera, siempre habían sido a la de ella: desde qué comer hasta cómo malcriar a los hijos. No quería terminar la vida como el idiota de su primo, que empezó perdiendo los lentes, los calcetines, su dinero y luego se convirtió en una carga para el mundo. Era su momento, así que, igual que el arbolito, él también fue tomando forma y empezó a sentirse distinto. Luego de plantar el sauce, hizo un tejaban y en un palo terciado puso una olla de barro.

Empezaron a visitarlo los amigos, y fue notando algunas cosas. Se dio cuenta de que el mayor de ellos ya había llegado a la etapa del primo: “escuchen, esto es serio. En el fondo uno siempre cree que está por encima de los demás y así va uno por la vida dando consejo y sintiéndose el sabio nomás por los años que ha vivido, pero quiero decirles, en verdad quiero decirles que... No me acuerdo lo que quiero decirles”. No sabía si los otros tenían desvaríos menos obvios, o si él mismo los tenía sin darse cuenta y los otros cuchicheaban apenas se iban.

Mejor ni preguntar. Los amigos lo convencieron de criar un puerco para hacer una chicharroniza el fin de año. Eso hizo. Compró el animal y se encariñó con éste desde el primer día. Le daba paletas de limón los domingos y también chicles de plátano —había intuido que ese sabor le gustaba—. El puerco era tan listo que apenas escuchaba la envoltura de plástico se acercaban por su chicle. Lo masticaba como cualquier persona.

Pasaron los meses y los amigos le dijeron que ya era bueno ponerle un nombre al ranchito. Notó cosas. Cualquiera se tomaba la libertad de decirle qué hacer, dónde poner macetas, qué tipo de árboles, qué uso darle, meter unas vaquitas, que mejor unos borregos, que por qué no un invernadero, que esa tierra era buena y que el canal a la orilla había que aprovecharlo.

“Yo criaría vacas y vendería la leche. Entregaría los quesos en el mercado de abastos”. “Aquí queda bien una cabaña, una chica, no tiene porqué ser grande. Puedes sembrar pasto y caminar descalzo en las mañanas, es una terapia bien buena que da energía; eso hizo un tío y mejoró más que los medicamentos. No tienes que hacerlo todos los días, con unas tres veces a la semana te hará bien”. Llegaban visitas sin horario, le armaban la fiesta o le contaban sus penas. Buenamente le daban consejo...

Ayer caminé por Reforma y la euforia del Mundial ya había pasado pese a que falta el juego final. Sentí nostalgia por los días de fiesta y hastío por tanta experticia futbolística. Recordé la historia de mi tío, ese que compró un ranchito y no supimos por qué un buen día, de la nada, tan feliz que era, colgó un letrero: Se vende, rancho La Opinión. Lo vendió y nunca más supimos de él.

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