El beneficio de la curiosidad

06 noviembre 2015

"El beneficio de la curiosidad"

Alfredo Pallares

El ser humano, dotado de inteligencia y voluntad, tiene en su propia esencia la curiosidad por descubrir, por enterarse del por qué y del para que de todas las cosas que le rodean.
Un niño, pregunta sobre lo que aparece como algo nuevo ante él, si no puede relacionarlo con otras cosas que conoce y descubrir por sí mismo de qué se trata eso nuevo que está viendo o escuchando sencillamente lo pregunta, no se detiene, como probablemente lo haría un adulto, a considerar si es algo que ya debería conocer, y menos aún le impide preguntar el "me voy a ver como un ignorante".
Por ese prejuicio, de "qué van a pensar porque no lo sé", un adulto se queda con dudas, y se priva de muchas oportunidades a aprender y de descubrir existencias de las que no tenía ni la menor idea.
Algo que los adultos debemos conservar es la capacidad de asombro, qué quizá no ocurre con mucha frecuencia porque dejamos de ver las cosas como las ven los niños, observándolo todo; en cambio, los adultos vamos más al objetivo, ejercemos una predisposición a ver lo que nos interesa, y sólo observamos a detalle cuando lo estimamos necesario.

Un proverbio chino dice "a quien teme preguntar, le avergüenza aprender"; esto ocurre cuando alguien no acepta que no sabe y prefiere quedarse sin saber.
Obviamente ningún ser humano está obligado a "saberlo todo", sin embargo, hay conocimientos que cada uno debemos saber, porque es necesario para lo que hacemos o para lo que queremos hacer con la vida.
Los educadores tenemos el deber de ayudar a que los niños no se queden con ganas de preguntar. Generar diferentes preguntas sobre un tema (por ejemplo, durante una clase) enriquece los conocimientos porque hay más respuestas y explicaciones, lo que facilita la comprensión y permite al alumno relacionar un conocimiento en forma interdisciplinaria.
La actitud de querer conocer y aprender, es lo que va haciendo más valiosa la experiencia. Siempre podemos aprender algo de los demás. Ralph Emerson señala que todos los hombres son superiores a nosotros en algún aspecto, por lo que podemos aprender de ellos. Y Cicerón expresaba "a pesar de que ya soy mayor, sigo aprendiendo de mis discípulos".
Aprender debe ser un hábito permanente. Como padres podemos aprender de los hijos; como directores, también podemos aprender de nuestros subalternos. Esta actitud de aprendizaje requiere de la virtud de la humildad, que implica reconocer la propia necesidad y la experiencia de los demás.
Querer aprender para saber. Saber para ser mejor y servir bien.