El Cácaro
10 noviembre 2015
""Argo""
Eduardo Díaz Vidales
Planeaba, como cada año, dedicar este último espacio a compartir mi lista de películas favoritas de 2012, pero necesito volver a ver un par de ellas y ver por primera vez unas otras más, así que queda pospuesto para la próxima semana. Entre tanto, comentamos un filme que hace un mes estaba seguro de que iba a ocupar uno de esos espacios.A estas alturas no es sorpresivo que Ben Affleck se convirtiera de la nada en un buen director. Se ha ganado ser considerado un cineasta serio gracias al muscular thriller detectivesco con ensayo moralista, Desapareció una noche y el solido y tenso filme de acción Atracción peligrosa.
Para su tercera entrega, Affleck ha salido de su natal Boston, alejado de los cuentos detectivescos-noir y de sus ensayos sobre la moralidad para recordar la crisis de los rehenes en Irán a finales del cuatrienio de Jimmy Carter.
Si se tratara de otro realizador, diría que Argo es un bien montado thriller, pero como Affleck es un cineasta serio, se le debe exigir como tal. Y más que un logro o tratarse de su mejor película, como la mayoría cree, en realidad en su camino por reinventarse, se ha perdido un poco. No es que sea una mala película, de hecho es bastante sólida gracias a una historia interesante y entretenida, un maravilloso desempeño de ensamblaje actoral y una dosis de buenas decisiones que Affleck toma para ejecutar la historia.
El problema es que la historia no puede sostener el filme entero, y si es perdonable que su discurso político-social se quede corto o que carezca de ese perspicaz tono para ensayar como en sus anteriores trabajos sobre la ambigüedad moral de lo que parece ser lo correcto, lo que no se puede es lo blando y trivial de su narrativa, encapsulada en lo poco interesante que resulta el personaje central, que de ahí parten las debilidades del filme.
Affleck interpreta a Tony Mendez, un agente de la CIA que director y guionista nunca están interesados en definir, apenas si nos entregan información de que es un adicto al trabajo, alejado de su familia y alcohólico. Algo que nada aporta a la trama o siquiera deriva para crear un interesante estudio de personaje que funcione como historia paralela.
El filme abre con un resumen sobre el conflicto de la revolución iraní, el Shah, el Ayotola, y la decisión de Carter de darle asilo al Shah, y la consecuente ira iraní, que exigía su extradición para colgarlo. De ahí brincamos a la infame toma de la embajada norteamericana a manos de los miembros de la Revolución Iraní - filmada casi en estilo documentalista, con una cámara de 8 mm. Mientras 60 empleados son tomados como rehenes, seis logran escapar y refugiarse en la casa del embajador canadiense (Víctor Garber).
Mendez y su jefe (Bryan Cranston) tratan de idear una forma de rescatar a los seis diplomáticos. Para ello, Mendez recurre a su amigo, el diseñador de maquillaje de Hollywood, Justin Chambers (divertido John Goodman).
El plan es crear una compañía productora falsa, que necesite viajar a Irán con el pretexto de buscar locaciones para una película de ciencia ficción. Entra en escena el productor Lester Siegel (divertidísimo Alan Arkin), quien ha encontrado el guión ideal, Argo, una especie de refrito a La Guerra de las Galaxias.
Hasta ahí estamos ante una agradable comedia, y se revela el guión de Chris Terrio como una divertida sátira sobre Hollywood, donde todo es una necesaria farsa. Y gracias al humor, el buen oído que tiene Terrio para el diálogo y la presencia de Arkin y Goodman, el filme está bien cubierto durante su primera mitad.
Es cuando Mendez arriba a Irán que se vuelve una obra seria, y un thriller. Y es donde tropieza. Primero porque hay que ver al melancólico y carente de matices, Mendez pidiendo por 40 minutos la confianza de los rehenes, a estos temer por sus vidas y al embajador canadiense fumando un cigarro en el patio mientras los demás debaten.
Es parte de la formula del thriller, y un elemento casi obligado en este tipo de historias, pero todo resulta mecánico, lacónico y monótono.
Siempre es de destacar cómo alguien es capaz de convertir una historia basada en eventos reales que todos conocemos cómo termina, en un notorio ejercicio de suspenso en el que se nos obliga a pretender no saber qué pasara al final.
Y eso es gracias a sus cualidades como ejecutador, manejando bien los tiempos, prestando atención y acentuando los pequeños detalles, y a su destacado trabajo de post producción, enfatizando la edición y el uso de la música compuesta por Alexander Desplant.
Lastima que esos momentos, y los situados en Hollywood, nunca conecten bien con los tonos del resto de la historia. El filme en buena medida se comporta como un instructivo de hacer cine, un libreto al que le falta color y un héroe en el centro de la historia que no es capaz de provocar algo más que melancolía gracias a su seco rostro.