El Octavo Día
"Escritores y mecánicos"
La comunidad artística e intelectual se pregunta por qué tantas rachas de fallecidos. Cuando Juan Rulfo murió, el 7 de enero de 1986, había pasado un largo rato sin que se fuera ninguna celebridad. Sería hasta pocos meses después cuando, en plena locura del mundial México 86, fallecería Jorge Luis Borges en Suiza.
Antes, los mayores lutos previos en las letras latinoamericanas fueron el avionazo de Ibargüengoita en 1983 y Pablo Neruda en 1973.
Desde hacía tiempo se sabía que García Márquez había padecido cáncer. Muchos memes de internet con falsas notas del, a veces cursis, avivaban ese rumor.
Las muertes de Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes nos tomaron a muchos por sorpresa, aunque dentro de su círculo inmediato ya se hablaba de un estado de salud delicado.
A pesar de los avances de la medicina, hay quien dice que las redes sociales y los celulares provocan más depresión y daño que los caminos viejos de la información.
Antes, uno se enteraba de los fallecimientos de grandes figuras vía el periódico o la llamada de un amigo; ahora hay personas mayores, con problemas de salud serios, que abren su correo o su Face para ver fotos de sus nietos y se enteran, de golpe, sin confirmación y diplomacia, que han muerto autores que conocían o admiraban y que incluso eran de su misma edad.
Con las personas mayores o enfermas se recomienda tener ese tipo conversaciones por las mañanas, cuando están más serenos y han descansado suficiente.
No eso no es lo mismo enterarse de una mala noticia al levantarse relajado que hacerlo por la noche.
Hace poco aquí en Sinaloa fallecieron un escritor reconocido (César López Cuadras) y otro amigo muy cercano, un maestro de letras admirado por ex alumnos y escritores. Álvaro Rendón era conocido como "El Feroz" por su ferocidad a la hora de leer y criticar literatura. (A pesar de su apodo, tenía un carácter apacible y bastante dulce).
Cuando esas dos muertes se dieron, un amigo común de los tres me hizo una broma macabra que no entendí. Él me dijo que tuviéramos cuidado, que repente en Sinaloa se morían mecánicos, luego morían doctores y ahora estábamos los escritores.
Yo pensé que jugaba con la fatalidad, por la cercanía entre los fallecimientos. No imaginé que en la ciudad en la que me había contado el chascarrillo Culiacán-, las muertes encadenadas de profesionistas eran ya lo común.
Así era: todo lector de nota roja podía leer que repente moría asesinado un mecánico, y 15 días después, algún taller mecánico en otro punto de la ciudad era incendiado. Más adelante podía suceder que uno iba reparar su coche y al llegar al sitio de costumbre, topaba con las puertas cerradas y un moño de luto.
Semanas o meses antes, el turno había sido de comerciantes. De puntos equidistantes de la ciudad, o en un mismo rumbo, habían muerto ejecutadas diferentes personas que se dedicaban al comercio y se habían negado a la extorsión.
¿Qué tiene que ver esto con los fallecimientos de Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Federico Campbell y Gabriel García Márquez? ¿Por qué revuelvo a estas eximías personalidades con los sucesos soterrados de una oscura ciudad de provincia, donde damos por hecho que la sociedad y las autoridades son cómplices del mismo crimen?
Porque esa sensación de desánimo, abandono y melancolía que está sucediendo a nivel nacional entre amantes de la literatura, no pocas personas la han sentido dentro de sus grupos sociales en las diversas regiones más apartadas del país. Hay ciudades en las que durante los últimos ocho años el tejido social ha sido fuertemente vulnerado por la violencia.
Así como nos sentimos de tristes y desamparados con las partidas de muerte natural de estos grandes señores, más terrible ha sido el sentimiento en otras personas que llevan una vida más común que la nuestra, cercana a esa realidad terrible: ellos no le hallan explicación, finalidad o conclusión, a la infinita cadena de fallecimientos con los que conviven.
Esto es solo una reflexión solidaria.