El sendero de la cruz
Desde sus albores la humanidad ha marcado un sendero por el cual avanza, sus huellas testifican su progresivo paso, hasta convertirse en el dueño del mundo creado.
Desarrollando un potencial intelectivo ha marcado dominio hegemónico, a la vez que ha desarrollado una refinada percepción, en su sensibilidad para penetrar en la belleza y el misterio de la creación, percibiendo el recóndito origen de su génesis. No obstante, el hombre no siempre ha seguido el camino correcto.
En algún momento de su desarrollo el hombre toma conciencia de su ser pensante, y le viene la tentación de explorar nuevos caminos, aun trasgrediendo el orden establecido, abordando otros caminos como opción de libre albedrio, aunque esta opción agrediera al entorno en el cual se mueve, con las consecuencias derivadas de ello.
Entre la disyuntiva de seguir los dictámenes emanados de esta nueva toma de conciencia, la de poseer una inteligencia superior y la libertad de decidir, el ser humano opta por incursionar en sederos desconocidos y esto no siempre fue afortunado, opacando una sensibilidad superior desarrollada en el hombre y llegando incluso a convertirse en fratricida. Una sensibilidad contraria dio paso a malsanas pasiones, engendradas en el interior de la naturaleza humana.
En este panorama que conduciría al hombre a su degradación y a una latente posibilidad de llegar a su propia autodestrucción, cada vez más se diluía la posibilidad de volver al punto de origen, solo en el cual es entendible el sentido de la presencia del hombre en este mundo.
El libro sagrado, la Biblia, nos narra las llamadas de atención y los intentos, con diferentes métodos y modalidades, para el regreso al camino recto, pero el ser humano de torna renuente, invocando, para su justificación, conceptos como el de progreso, dominación y aún el de avance científico.
La grandeza del hombre pareciera condenarlo a su propia autodestrucción, al rechazar volver al camino de su plena manifestación. Se han desatado en su interior las pasiones del orgullo, de la vanidad y de la soberbia.
La posibilidad, como en los orígenes, de contemplar el maravilloso mundo, el cual es nuestro lugar de habitación, cada vez se torna más lejana, hasta llegar la nefasta posibilidad de poder destruirlo todo, en un arranque de demencia pasional. Solo un cambio radical será capaz de volverá al hombre a su punto original.
Salido, el ser humano, desde un impulso de infinito amor, deberá volver a la impronta del amor que late en las profundidades de su naturaleza, entonces entenderá el goce de vivir y compartir las maravillas de la creación, en un acto de mutua donación impulsada por la generosidad.
Detonar esta conciencia de amor, en un grado capaz de rescatar al ser humano hace necesario un ejemplo de sacrificio heroico, en absoluta radicalidad, esto marcara la nueva vuelta de la humanidad.
El Creador, origen de la humanidad, tomo la decisión de refundarla en el amor, dejando un ejemplo para marcar el camino en la búsqueda de la auténtica felicidad. En un acto de máxima heroicidad, el mismo se hace sacrificio y enseñanza en la nueva senda de la humanidad.
El símbolo de la cruz será el sendero de una nueva humanidad, una senda emanada del infinito amor hacia los hombres, porque: “Habiendo amado a los hombres que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.