Expresiones de la ciudad
06 noviembre 2015
"'La última generación'"
Pues eso. Que la vida tiene que justificarse. No se trata de que yo pasaba por aquí, sí, mire, oiga, me trajeron al mundo y pues por aquí ando, a ver qué sale. Lo siento, pero no trago. Me cuesta trabajo aceptar al inútil, al que vive cómodo en su concha, al imbécil que no corre riesgos, al que no es capaz de abandonar el punto "A" para llegar al punto "B" ó al "C", perdiendo la oportunidad de la aventura, que es lo mismo que crecer, madurar, hacerse fuerte, alcanzar experiencia. Vivir.Creo que tenemos la obligación de soñar, pero viendo hacia el horizonte; creo que tenemos la obligación de caminar siempre, buscando constantemente caminos nuevos para recorrer; creo que no se vale la impavidez, el ser inválidos por comodidad. Soñar, claro, pero, maldita sea, no soñando de frente al televisor o de frente a la computadora. Prefiero al lúcido que disfruta con bengalas los pequeños momentos felices, o sumido en la angustia cuando le llegan las corrientes tristes, que al estúpido medianamente satisfecho toda su perra vida.
Esto que me traigo, oiga, por supuesto que no es gratuito. Y es que hace unas semanas vi en la televisión un espectáculo que denigrante se me hace poco, que más bien ilustra lo jodido que estamos y la desgracia en que se han convertido los medios de comunicación en nuestras vidas. Y es que otra vez, como hace mucho tiempo, por darme mi flashazo de frivolidad fui y me atraganté con el inicio de esa basura llamada La última generación de Televisión Azteca. Permítame un momento, voy de prisa a vomitar.
Pero le decía que hace tiempo hice lo mismo, pero aquella vez, por complacer a un propio, me tragué el final de la primera edición del Big Brother marca Televisa. Y como lo dije, fue un episodio perverso, una muestra de cerebros podridos, una muestra de lo absurdo, de lo ridículo, de lo vergonzoso, de lo tristemente degradado y degradante de la condición humana. Recuerdo que esa vez, hasta el mismo escenario, fue llevada una vaca llamada Chenta.
Y ahora lo afirmo más que nunca: la Chenta fue el único detalle lúcido en medio de aquel circo multimillonario, repleto de personas tocadas por la histeria: llorosas, gritonas, zafadas y definitivamente grotescas.
Y me acaba de pasar de nuevo, termino de ver el inicio de La última generación y presiento que andamos mal, intuyo que nada, vale, venga ya: estamos hundidos, los chavales terminaron por creer que no hay nada más allá de la televisión, que allí está la verdad, el deber ser y hacer, el deseo y la fantasía, la gloria, la cumbre a alcanzar. Vamos, la tele tiene atrapados nuestros sueños. Y eso, oiga, sí que sabe a fracaso, a pérdida de rumbo, a analfabetas, a huérfanos culturales, a bobos que justifican su vida si en algo se parece a lo de la pantalla.
Es penoso que las jovencitas quieran parecerse a las mujeres anoréxicas que Azteca y Televisa convierten en estrellas, que los chavales sean capaces de arrojar su virilidad al demonio con tal de conseguir un porte del tipo yogur como cualquier galán de telenovela, que ellos y ellas vivan en la creencia de que sí, cómo no, sus vidas se asemejan a la Mary Chuy de Cuidado con el Ángel, o a la Lorena de Mi querida enemiga. Y piensan que, uy, quizá, tal vez, es posible que la riqueza aparezca como magia junto con un familiar antes desconocido. "¡Mary Chuy, tú eres mi hija, me adorada hija!".
Me parece casi imposible que una persona permita humillaciones tales como las que vi aquel domingo, que un imbécil que se hace nombrar Director de La Academia, o como diablos se llame, tenga el permiso de destrozar la autoestima de los también imbéciles que se lo aceptan con tal de lograr los quince minutos de fama en la televisión, pagando con la pérdida de la dignidad y el respeto. Qué cuadro más deplorable.
A ver, que alguien me explique de qué están hechos los cerebros de quienes lograron, luego de ser pisoteados hasta el hartazgo, ingresar a las filas de ese espectáculo grotesco, que alguien me explique sobre la carencia de valores de los jovencitos y jovencitas, que alguien me explique por qué no hubo uno, sólo uno, Virgen santa, con la lucidez mínima para imponer la palabra basta, pinto mi raya, esto no lo permito.
Pero no, cómo. Al contrario, cada vez que uno o una de los participantes era señalado como miembro de La Academia, sin importarle el decoro, la mesura, sin honra alguna se tiraba al piso, lo golpeaba, gritaba desaforado, moqueaba, daba de lloradas, quedo o a gritos; y fue aquello como si el Cielo hubiera sido alcanzado, dando a entender que toda su vida había dependido de una oportunidad como tal; como si nada valiera, nada ni nadie; como si Dios hubiera abierto el paraíso en la tierra, sí, pásale, canta como los mismos ángeles. Y si ganas, hasta las llaves de San Pedro te regalo.
Vidas de este modo no se justifican. Esa no es la aventura, ni camino nuevo por recorrer. La única explicación que encuentro tiene que ver con lo que ya dije: se ha llegado al punto de soñar casi únicamente con lo que ofrece la televisión. Y desde allí andamos mal. A lo mejor, oiga, a usted de pasan estos asuntos de la tele. En el caso personal, yo sí pinto mi raya. Allá usted.
Por mi lado, doy la espalda a programas que no hacen más que jodernos más, a programas que nos disminuyen como seres humanos, que nos humillan en la inteligencia y nos estampan una careta de bobos e imbéciles. Así de fácil. Y punto.
Opiniones: jbernal@uas.uasnet.mx