Expresiones de la ciudad

Julio Bernal
10 noviembre 2015

"Válgame Dios, señor Gobernador"

Pues eso. Que las ganas de pasar una noche apacible al calor de la literatura, se me fueron corriendo por el Malecón. Y tras las ganas yo también salí huyendo, encabritado, luego de suponer que aquello no fue más que un burdo montaje, cuya construcción, imagino, dio principio durante la administración gubernamental de Juan Millán, en aquellos días en que Arturo Pérez-Reverte bosquejaba las escenas para su novela La Reina del Sur.
Existen situaciones que no se cuentan hasta que llega su momento. Y hoy quiero decir, y digo, que una noche con botellas de algo en Culiacán, Pérez-Reverte me confesó que estando en España, su tierra, hubo llamadas desde el gobierno de aquí para que, ándele, oiga, regrese de nuevo a Sinaloa, nosotros le pagamos el avión, las tostadas de jaiba, una cama confortable y lo que guste y mande, pero venga a conocer los tomatitos rojos y redonditos, el verde de las milpas, el pez dorado y la madre que lo parió.
La invitación tenía tintes de no la friegue, Arturo, cómo va a ser eso de que la tía Teresa Mendoza nació en Culiacán, mire que eso de los narcos, los muertitos y los políticos corruptos, pues como que no, oiga, si nomás la puntita, aquí no pasa nada, cosa de que usted en lugar de mirar a la izquierda, vire a la derecha y, santo Dios, que lindo es todo por aquí, precioso, divi, divi, divi. Por supuesto que el escritor dijo que no. Y todo indica que desde allí empezó otra historia.
Una historia que debía contrarrestar la literatura contenida en La Reina del Sur. Y pues sí. Me parece muy sintomático que justo haya sido el entonces Gobernador Millán quien se haya traído a Sinaloa al periodista español Alberto Peláez, y que lo haya paseado por aquí, por allá y por todo Cristo a la redonda. Y en aquel recorrido turístico le presentó a Mario López Valdez, quien por esas fechas tenía a su cargo la presidencia municipal de Ahome. Y qué curioso. Mira, qué coincidencia: como por arte de magia, tatatachán, luego de los tacos de camarón estilo Gobernador, del pescado zarandeado y del aguachile, emerge Peláez el escritor. Y trácatela, recontra divi, divi, divi, contando pasajes gloriosos de Sinaloa.
Por todo esto, digo yo, la presentación de la novela El olvido de la memoria (Efecto violeta, 2011) de Peláez, si convirtió en mírame, tú la traes, en un club del elogio mutuo, en agradecimientos y en, para quien esto escribe, revelaciones tardías. Si la cosa es de este modo, pues cada cual con su cipote. Pasa que los periodistas, al final de cuentas, somos mercenarios. Pero los hay del tipo honrado y los del otro lado de la barda. Pero de esto a que Peláez diga, como se lo confesó a Graciela Gaxiola, que la obligación de toda persona que quiere a su tierra es hablar bien de ella, pues no. A otro perro meneando la cola.
Sería absurdo siquiera imaginar que Peláez quiera más a Sinaloa que yo. Amo a esta tierra tanto como desprecio su cara amarga. Yo no puedo cegarme a la realidad, a la hora de ver, pensar, leer, dormir, caminar. De vivir. Que lo que hay aquí también es una sucursal de la muerte, que lo que ha reinado por mucho es el imperio de la barbarie, que tan grave puede llegar a ser la cosa, que en ocasiones nos tropezamos con los difuntos en la calle. Y sin embargo la sigo queriendo. Por eso la defiendo pero también expongo su crudeza.
En cuanto a Mario López Valdez, pues válgame Dios, señor Gobernador, ¿desde cuándo es usted crítico literario? Dijo que lamenta la existencia de la novela La Reina del Sur y que prefiere el libro de Peláez porque habla bien Sinaloa, de su comida. Y yo que suelto la carcajada, juas, juas, juas. Lo que sigue no se lo quiero decir yo. Son expresiones de Pérez-Reverte: Los libros son la materia que confirman el alma y la inteligencia del hombre. Un libro no es papel impreso, sino una puerta al mundo. Y que no hay libro inútil. Hasta el más deleznable en apariencia, hasta el libro más estúpido, tiene en algún rincón, en media línea, algo útil para alguien. Y el veredicto: cualquier libro es objetivamente noble.
Claro que esto lo saben quienes aman la literatura. A mí, oiga, leer me ayuda a vivir. No sé si usted, Gobernador, sepa lo que eso significa. En cuanto a lo otro, parafraseando al poeta Jaime Sabines: pues no lo sé de cierto. Pero lo supongo. Y punto. Comentarios: jbernal@uas.edu.mx