Expresiones de la Ciudad: Huevos Rancheros

Julio Bernal
28 junio 2016

"El autor habla de cómo se extrañan aquellos sabores del mercado en estos tiempos de dietas desnatadas, descafeinadas y desvinculadas del sabor de la vida."

Incluso no hizo falta ni cremita para llegar al punto. Iba el que escribe ahíto de ejercicio, tururú, luego de andar con cuidado por los caminos y veredas del parque Culiacán 87, donde justamente hace una semana hubo borlote con alcohol y escándalo incluidos, sin que hasta ahorita ninguna autoridad haya dicho esta boca es mía para aclarar qué sucedió y quién le dio ese mal uso al espacio público que le digo.

Era temprano y dije domingo para qué me gustas, concluyendo que órale, hace días que no te enrolas por los pasillos del mercando Garmendia, careces del olor fresco de las frutas, de las carnes y las verduras; no puedes permitir que se te olviden a qué huelen las taquizas ricas y grasosas de los hermanos Moreno, los taquitos dorados de El Pipirín y el guisado de puerco de doña Esperanza. Y tampoco la birria de enfrente, a un lado donde estaba La Ballena, esa sabrosura que aún sirven con tortillas del comal y que tantas veces te espantó la cruda.

Hacía yo el recuento de lo que quería ver, cuando en esto, fíjese, que ni mandado hacer -pensé- salió del estéreo la voz amariconada de Joan Sebastian, tarareando algo que hablaba de huevos rancheros; y digo que “amariconada” porque en nada se parece al estilo tequilero de José Alfredo Jiménez, que tanto mi gusta. Lo aclaro, porque no vaya ser que la familia de la Diversidad se me eche encima, y que hasta el mismo Tiago Ventura me arme un mitin afuera de la casa. Mínimo.

Enlisté lo de los tacos y la birria, sin olvidar los huevos rancheros de Joan Sebastian, pues concluí que desde hace mucho ya no nos comemos la chuleta como Dios manda, porque, para empezar, le exigimos al carnicero que por ningún motivo -so pena de arañazos y bofetadas-, se pase de los 100 gramos, y que lo que mande a la báscula no lleve ni un ápice de grasa ni la madre que la parió, porque la afrenta podría valerle una demanda ante la FEPADE, o a donde se tenga que demandar a quien se interponga en nuestra dieta donde lo más chic significa comer rebanadas de aire con aderezo de ácido estomacal.

Es más: caí en cuenta que la moda es no morir y que los nutriólogos están atacados de la risa y con los bolsillos a tope, cada vez que nos dicen que estamos un punto arriba de lo permitido en cuanto a grasa corporal; y que si no le rezamos a Santa Pancha la Bola mientras nos vamos trotando de Culiacán a la bahía de Altata, y viceversa, se nos va armar la grande con un ataque promiscuo de soldaditos con bolsas de colesterol y triglicéridos, pumba, zum, dándonos en la cara y después en los resultados estrafalarios de los exámenes del bioquímico: que yo estaba en el índice de “riesgo aterogénico”, ¡me dijo el último!

Ah, pero si la cosa rebasa la línea decretada por la Divina Providencia en cuanto a hemoglobina glucosilada, nos la ponen con tanto espanto que corremos hacia el primer agente para que nos venda el mismo plan funerario que a mi tía la arpía, pero con el más estricto sentido de la discreción, oiga, pues es políticamente incorrecto morir de ese modo en tiempos de gente guapa, en tiempos de hombrecitos y de mujercitas y de la diversidad que son un encanto con sus cuerpos de yogur, pero natural ¿eh? ¡No me vaya a salir con que el yogur tenía fresas!

Y pues le damos un véngase para adentro al café sin cafeína, al alcohol sin cerveza, al cigarro sin nicotina, al arroz sin gluten, a la carne sin grasa, al chilorio sin cerdo, a la leche sin nata, al azúcar sin sacarosa; y por resultado: una sociedad desnatada, descafeinada y casi desvinculada del sabor que tiene la vida.

Por supuesto que acá también, por mi lado, cero tortas, súper coqueto y a la moda, harto de amaranto, almendras orgánicas, puños de espinacas, claras de huevo, stevia y chía; y no sé qué tan turulato y con el ojo desorbitado ande yo por unas semillitas que me recomendó la colega Azucena Manjarrez, resumidas en semillas de mariguana, aunque otros digan que son de cáñamo.

 

Pues por eso la nostalgia por el mercado y el agrado por aquella canción que me hablaba de huevos rancheros, pero que sin embargo me dejó de a cuatro al descubrir que el cantante más bien se refería a otras protuberancias del cuerpo, incluido algo de unos aguacates con “sabor excelso”. Y con lo caros que están. ¿Quién me invita una birria para mi consolación? Y punto. Comentarios: contacto@al100xsinaloa.com