Expresiones de la Ciudad: Pinceladas de un trágico suceso

Julio Bernal
20 abril 2021

Fue el viernes 2 de abril de 1948 cuando el entonces Presidente de la República, Miguel Alemán Valdés, estuvo al frente de aquel extenso remanso acuoso, aquella lámina espejeante de varios metros de profundidad, producto de las equipatas de invierno, lluvias torrenciales que inundaron, como se quería, las 6 mil hectáreas destinadas a recoger las aguas arrastradas por el río Tamazula, que, bajo estrictos controles, vendrían a enriquecer el vasto valle agrícola de la capital sinaloense.

Más de 30 mil almas habían recibido al Presidente, quien arribó a la ciudad de Culiacán y de allí salió rumbo a Sanalona, para inaugurar la presa construida por el ingeniero Juan Guerrero Alcocer.

Allá, justo en Sanalona, donde un año atrás, el sábado 5 de abril de 1947, había estado Guillermo Ibáñez (que los de mi generación conocimos como ‘”el viejo” Ibáñez y quien solía tomar café todas las mañanas en el Restaurante El Tabachín del Hotel Executivo, rememorando viejas glorias), como esa vez en el Cine Colonial de Sanalona, donde se despidió de Sinaloa, según para incorporarse a los teatros del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, evento en el que, de acuerdo a crónicas de entonces, estuvo presente Enrique Alonso, conocido como “Cachirulo” en el ambiente artístico.

“Alegría”. Así se llamaba el grupo de teatro guiñol comandado por el viejo Ibáñez, lo que significa que fue uno de los pioneros de esta manifestación cultural, muy anterior a don Pedro Carreón.

Quién sabe si don Guillermo Ibáñez había estado entre el tumulto que tiempo atrás, en diciembre de 1945, había vitoreado a Miguel Alemán Valdés, quien en campaña presidencial se presentó desde el barandal de la Universidad de Sinaloa, que tenía poco de haber dejado el nombre de Universidad Socialista del Noroeste, hoy Universidad Autónoma de Sinaloa, y que aquella vez, para agasajar al candidato, fue artísticamente adornada por el pintor y caricaturista Carlos Mateo Sánchez.

Dicen que ese día Miguel Alemán vestía un traje de casimir color gris, a rayas finas, flanqueado por guapas señoritas vestidas de chinas poblanas, mientras, entre la comitiva, el gobernador del estado, Pablo Macías Valenzuela, fumaba copiosamente, enfundado en un traje color café a rayas y cuadros, lo que ya hablaba del desplazamiento de los generales para ceder el poder a los señores licenciados.

Y quién sabe si entre el tumulto también estuvo el doctor Mariano Romero Ochoa, quien 2 años después se convertiría en el presidente municipal de Culiacán y quien perdería la vida en las aguas de la presa que el propio Alemán, siendo ya Presidente de México, inauguró el 2 de abril de 1948.

Y es que 136 días después de haber sido formalmente abierta, hacia la tarde del miércoles 18 de agosto de 1948, el doctor Mariano Romero Ochoa, su hermano Manuel Romero Ochoa y el profesor Antonio Lechuga, murieron ahogados en sus aguas, las de aquella nueva flamante presa; el cuerpo del presidente municipal aparecería flotando, allá mismo, tres días después. Dicen que, en señal de duelo, repiquetearon las campanas de Catedral y que millares de dolientes siguieron la carroza fúnebre del acaecido primer edil, cuyo cadáver fue sepultado en el panteón municipal de Culiacán.

En el número 10 de la Revista Letras de Sinaloa, enero de 1949 (archivo digital del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa), Manuel M. Dozal, al final de un sensible texto en su honor, escribió: “Descansa en paz Mariano, que tus amigos se encargarán de perpetuar tu memoria”. Y punto.