EXPRESIONES DE LA CIUDAD: Un brindis por los que ya se fueron
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También las letras se extinguen de muerte natural, en forma de olvido. O mientras nadie las lea. Y heme aquí dando aliento a oraciones con ese aroma dulzón y almendrado que desprenden las hojas viejas, fragancia que hace huir nubosidades para mirar el pasado -aquel ayer de hace 30 años-, por la época en que reinaba David Moreno Lizárraga en la administración central de la UAS, el hombre que ganó la Rectoría bailando, frente a los estudiantes, aquello de No te metas con mi cucu.
Era cuando, en Cultura UAS, despachaba el señor Melchor Cabrera, quien dejó el puesto sin haber efectuado el festival de bailado de trompos, que anunció a sus subalternos. ¿Habría frustración?
Era 1991 y Culiacán tenía como presidente al ingeniero Lauro Díaz Castro, quien ya falleció. Y aquel año se expuso un renglón nostálgico por la ausencia de los Viernes Culturales en el palacio municipal, recordando que allí se había aplaudido a Mercedes Sosa (ahora muerta), Óscar Chávez (ahora muerto), Amparo Ochoa (ahora muerta), Tania Libertad y Eugenia León, a Sanampay y a Los Folkloristas. Todavía vivía el edil que dio luz a ese magnífico programa, Ernesto Millán Escalante, el hombre que también hizo posible el parque Culiacán 87, y a quien Jesús Vizcarra rindió honores.
Era 1991 y ya había dudas sobre la continuidad del Festival Cultural Sinaloa. Y el latido fue verdad, porque después sería sepultado por Renato Vega Alvarado, él ya muerto también.
Era domingo 6 de enero cuando se escribió, justo un día después del primer aniversario de la partida del dramaturgo sinaloense Óscar Liera, y se atestigua que este columnista fue a rendir honores a su tumba -en la fecha precisa- del brazo de la actriz Martha Salazar, donde saludamos a personajes que lastimosamente ya también nos dejaron: Rosa María Peraza, Miguel Tamayo y Luz López Meza.
Luz López Meza, la dama que moraba en la ya añeja residencia de Obregón y Buelna, que hoy se distingue como un viejo cascarón corroído. Solíamos tomar el café, junto con Martha Salazar, en el Restaurante Woolworth, que ya tampoco existe, donde antes se erigió una refresquería bajo el nombre Las Paraguas, y donde siendo un juvenil bachiller, en la Preparatoria Cervantes, una vieja gitana leyó mi mano a cambio de un aperitivo, y prometió “dinero como arroz” en la vida por venir.
1991 -como quedó asentado en la columna-, año en que Ramón Mimiaga estaba adscrito a la oficina de Cultura de la Universidad de Occidente, recordando que había escrito y dirigido la magnífica obra El valle de los sueños perdidos, elogiada por la prensa nacional, en el IV Festival Cultural Sinaloa.
Ramón Mimiaga, quien dirigía el Grupo Yori, donde actuaba Gilberto Rousse, puntualizando que era un joven talento que podía dar mucho en el arte histriónico. Y en torno a este giro artístico, en 1991 la Compañía de Teatro de Difocur (hoy Isic) estaba a cargo de Francisco Salgado (ya fallecido), a quién se le preguntó cómo fue que había montado la obra Cada quien su vida, de Luis G. Basurto, con un tono absolutamente chilango y absolutamente fallido, sugiriendo -el columnista- que no era mala idea que la obra se situara en aquella actualidad, acaso en el bar El Rincón del Cachi Anaya.

Martín Amaral
Era 1991 y Martín Amaral, el de los foros juveniles (él también ya nos dejó), había decidido no colaborar más en Cultura UAS, por la incertidumbre que allí reinaba. En ese entonces yo escribía para El Diario de Sinaloa, que ya es historia. Y punto. Escríbame: contacto@al100xsinaloa.com