Historia de la gotita de agua

07 noviembre 2015

"Aceptar siempre la voluntad divina"

Pbro. José Martínez Colín

Un carmelita descalzo, anónimo, compuso la siguiente bella historia.
"Pues, he aquí que una vez, una gotita de agua en lo profundo del mar vivía con sus hermanas. Era feliz la gotita... ¡Qué contenta se sentía, pobre gotita de agua, de ser humilde y pequeña, sin que nadie lo notara!
Era feliz la gotita... ni envidiosa ni envidiada, sólo un deseo tenía... En la calma de la noche, su voz hecha murmullo al Buen Dios así rezaba: "Señor, que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa; yo quiero lo que Tú quieras, haz de mi cuanto te plazca...", y escuchando esta oración, Dios sonreía... y callaba.
Una tarde veraniega durmióse la mar, y el Sol de fuego lanzaba sus besos más ardorosos. Era feliz la gotita al sentirse así besada... el Sol, con tiernas caricias, la atraía y elevaba hacia él y, en un momento, transformóla en nube blanda. Se reía la gotita al ver cuan alto volaba, y, dichosa, repetía su oración acostumbrada: "Cúmplase, Señor, en mí siempre tu voluntad santa...", al escucharla el Señor se sonreía... y callaba.
Mas, llegado el crudo invierno la humilde gota de agua, estremecida de frío, notó que se congelaba y, dejando de ser nube, fue copo de nieve blanca. Era feliz la gotita cuando, volando, tornaba a la tierra. Al verse tan pura y bella llena de gozo rezaba: "Señor, que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa...", y allá, en lo alto del cielo Dios sonreía... y callaba.
Llegó la primavera, y al beso dulce del sol fundióse la nieve blanca que, en arroyo convertida, saltando alegre cantaba al descender de la altura cual hilo de fina plata. Era feliz la gotita... ¡cuánto reía y gozaba! y a su Dios esta oración murmuraba: "En el cielo y en el mar, sólo deseo, Señor, cumplir tu voluntad santa...", y Dios, al verla tan fiel, se sonreía... y callaba.
Pero un día la gotita contempló, aterrorizada, la oscura boca de un túnel que engullirla amenazaba, trató de huir, mas en vano, allí quedó encarcelada musitando en su desgracia aquella misma oración que antes, dichosa, rezaba: "Señor, en esta noche tan larga en que me encuentro perdida Tú sabes lo que me aguarda, yo quiero lo Tú quieras, haz de mí cuanto te plazca...", mirándola complacido Dios sonreía... y callaba.
Pasaron lentos días y noches, y... fue feliz la gotita, porque cuando a Dios oraba, sentía una paz muy honda y de sí misma olvidada, vivía para cumplir de Dios la voluntad santa.
Mas, he aquí que, de pronto, quedó como deslumbrada al volver la luz y se encontró en una linda jarrita que una monjita descalza depositó con amor sobre el ara consagrada. Con dulce emoción la pobre gota temblaba diciendo: "Yo no soy digna de vivir en la casa de mi Dios y de sus esposas castas". El Señor que la vio humilde sonreía... y se acercaba.
Empezó la Eucaristía, la gotita sintió que la trasladaban desde la bella jarrita hasta la copa del cáliz de salvación y, con el vino mezclada, en puro arrobo de amor repetía: "Señor que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa...", y sonreía el Señor, sonreía... y se acercaba.
Llegado ya el gran momento, resonaron las palabras más sublimes que pudieron ser pronunciadas, y el altar se hizo Belén en el vino y la Hostia santa. Y... ¿qué fue de la gotita...? ¡Feliz gotita de agua! Sintió el abrazo divino que hacia sí la arrebataba mientras, por última vez mansamente suspiraba: "Señor, que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa...", y, al escucharla su Dios sonreía... y la besaba, con un beso tan ardiente que el "Todo" absorbió a la "nada" y en la sangre de Jesús la dejó transubstanciada.
Esta es la pequeña historia de una gotita de agua que quiso siempre cumplir de Dios la voluntad santa.

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