Historia mundialista callejera

María Julia Hidalgo
03 julio 2026

El fútbol no nos une, nos reúne, dijo él; no nos reúne, nos requetereúne, dijo el otro. Son unos héroes numerados, dijo ella; héroe es alguien que te salva de una tragedia, dijo la otra. Indigna que un pato reciba tantos reflectores ¿?, dijo la una; en eso estoy de acuerdo, los perritos tienen más tiempo acompañándonos, dijo la otra. Seguro la mitad de los que fueron no saben nada de fútbol, dijo él; y quién dijo que había que ser analistas, dijo el otro. La responsabilidad es individual, el cuidado es colectivo. La afición al Mundial es distinta a la afición del fútbol en general. Las voces y opiniones van y vienen (a propósito, los invito a leer mi próxima entrega con una historia llamada La Opinión) ‘expertises’ de todo tipo en los grupos de chat y en las redes, PERO salir a la calle es vivir otra cosa. Es como verlo desde el palco exigiendo goles, o en una cantina viviendo el drama y la tragedia. Mensajitos de: cero fútbol, puro negocio, pura chiripa, de ésta no pasan, que una dosis de pasión... pero te subes al Metro, entras al café, te sientas en la banqueta, te acercas a la bici de los tacos y la vibra es otra. No se puede explicar, se tiene que sentir, es igual que los abrazos. Así salimos a la calle, en la alegría y en la desgracia, así es como surge la conversación y se cuentan las historias...

Caminando por Reforma, entre personal de limpieza, jardineros y electricistas preparando el cableado para la siguiente trasmisión del Mundial, vi el moderno edificio de semiesfera donde trabaja mi amiga, Reforma 255, y recordé el día que llegamos a la ciudad de México (extraño al DF) tal y como llegó la Zulianita a Caracas en busca de mejores oportunidades. Ambas con maleta provinciana, cartón huevero donde, literal, traíamos hasta Mejoralitos.

Llegamos a la terminal del Norte y un taxi nos llevó hasta el Sur. Volteábamos a todos lados, entre nerviosas y sonrientes, deslumbradas por la belleza y el caos de la ciudad que nos cambiaría la vida. Ella venía a cursar relaciones internacionales al Instituto Matías Romero, y estuvo a ‘tres recomendaciones’ de distancia de pasar a la fase final; así de cándidas las dos pensando que sólo bastaba aprobar el examen con 10. Con esa primera lección nos fuimos enterando poco a poco de cómo funcionaba el mundo. La tristeza fue mucha —todas sus aspiraciones estaban puestas en la diplomacia, se había preparado de pe a pa, cumplía con todo, hasta con las formas y los modales recatados— pero nada que nos quitara el ánimo ni el espíritu festivo. Mi amiga no aprobó, pero lo intentó con el alma en la mano y eso había que celebrarlo.

Nos fuimos a una cantina —¡qué va!, un barecillo bien fresa— a pedir cerveza como se debe, al fin y al cabo ya estábamos en edad y ya habíamos quemado las naves —eso también lo aprendimos llegando—. De ese día a la fecha han pasado casi 30 años que incluyen: fallidos intentos académicos, múltiples cambios de domicilio, barrios y más barrios, vivienda con jaulas o zotehuelas, cuartos compartidos, zapatos mojados, quesadillas con queso, chicharrón aguado, empleos de medio tiempo, ropa de paca, mochilazos, novios, arrejuntes, divorcios respectivos, alcoholes de todo tipo, mil chambitas, historias y más historias...

Hoy, mi amiga es una exitosa agente de bolsa; una bróker, me corrige con toda su diplomática propiedad. “El dinero no es malo, sirve para conseguir bienes y servicios, es la mala relación que hacemos con éste lo que lo pervierte”, me dijo una vez. Ella ha cumplido de múltiples maneras su sueño juvenil, esta ciudad no nos ha decepcionado. Más bien nos ha enseñado a relacionarnos de diversas formas... Y así, desde la calle, por la glamorosa Reforma, con toda la vibra, vamos por el México-Inglaterra.

PD, es difícil caminar esta ciudad y no imaginar la tragedia por la que atraviesan los hermanos venezolanos. Aquí sabemos lo que es sentir el miedo y el dolor al ver desmoronarse el concreto. Un abrazo solidario a los venezolanos, el corazón mexicano los acompaña.

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