La luz y la vida
Hace milenios la sorpresa iluminó al hombre, cuando en el roce continuo de las rocas, contempló, en el dominio de sus manos, la posibilidad de producir el, hasta entonces, ente divino del fuego, temido y admirado en las manifestaciones de la naturaleza. Adentrándose en el camino del descubrimiento, por la observancia y el uso de herramientas experimentó el despertar del espíritu creador en el mundo maravilloso que le pertenecía.
El irradiar claridad, por el fulgurante resplandor de una llama, su palpitante fugacidad, fue la captación visible de la trascendencia en forma manifiesta de vitalidad. La luz natural del fuego, vino a ser la forma tangible del hálito que marca la barrera entre el dormir del hombre y su sueño definitivo; el sueño de la muerte.
El fuego mostraba tener vida, a través de las manifestaciones de su desarrollo, al iluminar se convierte en luz, marcando la contraposición luz-oscuridad, diversos razonamientos dan origen a mitos y leyendas, tratando de explicar la inquieta interrogante de su ser: Las tinieblas van a ocupar el lugar de la maldad, porque ellas mismas son maldad; la crean y la ocultan, en cambio la claridad de la luz será revelación del bien y la verdad, por la plenitud de su manifestación. En la concepción de este binomio, el ser humano fue creando sus signos interpretativos para sus futuros rituales litúrgicos.
Para los juicios, el signo de la luz junto al del agua, representan la liberación, sucedida en la manifestación del Éxodo; el paso por el agua libero, exterminando al enemigo y la luz fue su guía a través del desierto inhóspito del Sinaí.
En la liturgia cristiana, la bendición del juego el domingo de resurrección, tuvo su origen en la cultura irlandesa, de la celebración pagana de la Nueva Vida, cuando llego a Roma esta tradición fue incorporada a la liturgia cristiana, en la bendición del cirio de la pascua. Así, el rito del fuego nuevo se convierte en el rito de la vida nueva, adquirida por Cristo y transmitida por Él a nosotros.
Los cristianos hemos incorporado plenamente el sentido de la luz en nuestra celebración de fe, Jesús es la vida, lo dice repetidas veces san Juan y añade; “La vida es la luz de los hombres, quien camina en la luz no tropieza”, de esta manera se conjugan la vida y la luz, formando una unidad. Solo en Jesús se puede encontrar la vida verdadera, porque solo Él la posee y solo Él lo puede dar.
En su resurrección, Jesús franquea la puerta que separaba a este mundo de la vida verdadera y sin límites. En la luz, la vida es vista por el cristiano como el esplendor brillante de Cristo-Jesús.