La razón divina de la dualidad
Como círculos concéntricos nacen las utopías edificadas unas en la base de otras en una retroalimentación, según aquella premisa de Parménides de Elea; “Lo mismo permanece en sí mismo y descansa en sí mismo”,
Nacen nuevas ideologías, antagónicas las unas con las otras anteriores, pero en realidad aquella anterior ha dado vida a la nueva, de tal manera que esta no se existiría si no hubiera engendrada por aquella, sintetizado en la frase de Zenón, también de Elea; “Si llegara a explicar lo que es lo uno, sería capaz de explicar las cosas existentes”, en lo cual se inserta el misterio del hombre.
El protestantismo solo cobró existencia al expresarse como una protesta en contra del Catolicismo como base de su argumentación; La utopía del socialismo, predicado por Carlos Marx, solo pudo existir como consecuencia del capitalismo en su sustrato materialista que lo alimento y le dio vida, como un reparto de riquezas producidas por el capital; La Masonería se origina a consecuencia del ideal de fraternidad, predicado por el Maestro Divino y ante la paradoja de la lucha contra las ambiciones operantes, permeando las estructuras humanas de la iglesia católica, invadiendo así el dominio del espíritu con el deseo de poder.
El ser humano, un misterio profundo que lleva la impronta divina en una naturaleza compuesta por materia y espíritu, llamados a vivir en plena armonía sin las tendencias de la dicotomía, la cual los orillan a la división
El binario compuesto de la humanidad, expresado en el Ometéotl divino de nuestras raíces prehispanas, se yergue como una realidad complementaria en nuestro ser, en oposición a supuestas luchas binarias; el blanco y el negro el bueno y el malo, lo masculino y lo femenino y otras más, ocultando la tangible realidad de que lo uno no existiría sin lo otro.
Materia y espíritu, dos realidades de la estructura humana, una complementariedad en la esencia humana con dimensiones diferentes, pero unidas para conformas el supremo y maravilloso culmen de toda la creación.
¿Qué es el hombre? La pregunta surge, transcendiendo los tiempos y las épocas, en espera de una respuesta, la cual no puede ser obtenida tan solo desde el mundo visible, es necesario penetrar la transcendencia para encontrar esta respuesta a la dualidad de la naturaleza humana.
Una dualidad en continua lucha busca encontrar su completa integración; un espíritu luchando contra la materia y materia contra el espíritu, tratando de encontrar un reacomodo a través de los siglos y los milenios.
Filósofos, sociólogos y místicos buscan y aportan respuestas para la reintegración el completo esquema de la experiencia humana, la cual conforma al hombre como una prolongación de la divinidad.
El ser humano como impronta divina, está destinado a dominar el cosmos, con un dominio no basado en la contradicción del egoísmo, sino en una apertura a la generosidad dentro del misterio de una dualidad injertada en el misterio de la Divina Trinidad.