Las letras del pueblo

María Julia Hidalgo
06 noviembre 2026

Un día 28 de octubre... como recuerdo esa fecha. Si cambiamos octubre por enero, y ‘recuerdo’ por ‘me hiere’ más de alguno recordará un corrido en particular; un tema en el que ha quedado encerrada la historia de un pueblo a 40 kilómetros de la capital sinaloense. Una cabecera municipal que encierra bellísimas historias desde su fundación —paso obligado de diligencias, hechura de durmientes de madera, cría de ganado mayor— y que el transcurrir del tiempo parece haberle endilgado quedarse con una sola, con la más triste, la que hiere... Mas quienes crecimos ahí queremos, y creemos, que la memoria y todas las expresiones del arte son formas de mantener la unión.

Así que, el jueves 29 de octubre, en una mañana bajo la lluvia y con el corte de listón correspondiente, se develaron las coloridas letras de El Salado. Nombre que nace por el cruce de dos arroyos —de agua dulce y de agua salada—, un lugar que, de entrada, te recibe con una de sus mayores virtudes: los brazos abiertos. Ese día, su síndica María Dolores Navarro Yáñez, quien, acompañada de su equipo, ha tenido la iniciativa de embellecer el lugar y de convocarnos a retomar sus tradiciones y a destacar su historia. He de mencionar que hace más de 40 años este pueblo tuvo su primera síndica, Rosalbina Martínez; hecho que habla de carácter y de igualdad. Ahora, María Dolores ha tomado las riendas y da la bienvenida a todos los paseantes.

En este pueblo hay gastronomía y tradición: tamales, elotes, pan, churros, pinturitas, quesos y lácteos de todo tipo, mariscos... cenadurías de fines de semana, taquerías, restaurantes... También recuerdos: la venta de juguetes navideños con la Ninfa —apartados que hacíamos los niños de la primaria y que íbamos abonando hasta llegada la fecha—, las posadas, las nieves del Yaqui, el cine Margarita, las gestiones de Ramón Beltrán, las fiestas de la Virgen del Rosario, la discoteca de Rodolfo —con su sonido La Montaña—, las manualidades con la Ramoncita, las Misiones Culturales —donde se formó el carpintero del lugar—, las crecidas del arroyo, las huertas de mango, el olor de las carboneras... También educación: las enseñanzas de la profe Esther, el profe Guadalupe, la profe Silvia, la profe Irma. Los estudiantes casi de madrugada esperando al camión... los juegos en El Capule, la tradición del béisbol —un hecho memorable fue cuando, en 1993, ‘Los Tomateros’ vinieron a este campo a un juego de entrenamiento; un acontecimiento inolvidable.

No se ama lo que no se conoce, y aquí hay amor y tristezas compartidas. Va una anécdota muy añosa. Una joven fue a renovar su licencia de conducir. La empleada que registraba sus datos le pidió el domicilio y la joven mencionó el poblado, la oficinista dijo desconocerlo. —¿Conoces Mazatlán? —Sí. —¿Cuántas veces has ido? —Muchas. —Todas esas veces has pasado por ahí. Un burócrata frente a un mostrador debería conocer, al menos, las sindicaturas de su municipio. Es un deber cívico de todo servidor público. Necesita conocer la historia de su estado para amarlo desde las entrañas de sus pueblos. De no ser así, corremos el riesgo de ser indiferentes. Y cobijar dichos como el que dice: “fuera de México todo es Cuautitlán”; un exceso de localismo que nos hace despreciar lo que consideramos ajeno.

Como en los cuentos, las historias siempre tienen un cambio de tuerca. Un buen día la escena cambia. Cambia el tono y los significados. Cada palabra con un fondo y múltiples acepciones. Un ánimo viste cada letra y... ésta que escribe ha sido honrada con una que agradece profundamente; la L, de: leer letras lindas, labor limpia, logros lentos, libros libres. Ligera luciérnaga lugareña.

Felicidades y mi reconocimiento a todo el personal de la sindicatura de El Salado, Culiacán, Sinaloa. A su síndica Dolores Navarro, quien se ha empeñado en enchular el lugar, quien ha involucrado a los lugareños para mantener la estética, apenas un primer paso para luego continuar con lo esencial, el rescate y la apropiación de todo aquello que construya y dé orgullo. Porque uno no es pese a un lugar, sino gracias a eso... y esta que escribe agradece cada lugar vivido. ¡Enhorabuena!, Lolita